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Relato: Los ojos de cuervo

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Sus ojos vuelven a mirarme fijamente, siguiéndome por toda la habitación, como si fuera una condena. Incluso estando de espaldas puedo sentir su mirada clavada en mi nuca. Unos ojos que se mueven hostigando cada uno de mis movimientos, como una sombra implacable, como un presagio de algo terrible. Entrar en esa habitación me da escalofríos.

Ya llevaba dos semanas en casa, tras dejar el hospital.

-¿Cómo está mi mujer?- sudaba y el corazón trataba de salirse del pecho.
-Tranquilícese, pase a esta sala y ahora vendrá el doctor a informarle.
-¿Pero cómo está?- mi nerviosismo apenas dejaba que puediera articular una palabra con sentido.
-Yo no puedo decirle nada, ahora vendrá el doctor y le informará-. La enfermera me empujó de forma suave pero firme hacia una pequeña sala de espera en la que permanecí sin sentarme durante una eternidad.
-¿Señor Roca?
-Sí, soy yo-contesté al hombre alto y delgado ataviado con una bata blanca que apareció de repente, como si fuera un fantasma, casi sin hacer ruido, al abrir la puerta de la sala de espera.
-Siéntese por favor-su tono era serio, seco, casi fiel reflejo de su rosto enjuto, cuyo único detalle que podía llamar la atención era un bigote fino y blanco como su cabello que le dotaba aun de mayor severidad.
-¿Cómo está mi esposa?-pregunté antes de sentarme en una de las sillas de plástico. Leer más

El Dictador Perfecto

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El Dictador Perfecto

El Dictador Perfecto

Contaba tan sólo dos años de edad cuando dio inició su ardua enseñanza, el objetivo era inculcarle como tendría que comportarse, a partir de entonces, el resto de su vida. Todo comenzó como un juego para él, todo era una novedad para sus ojos infantiles, pero esos ojos de niño pronto dejaron de ver el mundo como un inmenso lugar para jugar. Los rostros serios y enjutos que le acompañaban le hicieron ver que aquello no era un juego. Lo primero que sus viejos maestros le enseñaron fue a inclinarse ante su propio padre, al que apenas veía unas cuantas horas a la semana y que debía denominar Dictador Perfecto, ni siquiera sabía su nombre, es más, no conocía ni su propio nombre, allí en Palacio nadie lo tenía.

La primera y la única vez que su padre lo sostuvo entre sus brazos fue cuando nació y se cercioró de que era un niño, el primero que tenía después de dos niñas a las que ya nunca volvió a ver después de su nacimiento y que permanecían encerradas en uno de los palacios de la familia, junto a su madre, a la cual nunca nuestro Dictador Perfecto conoció.

Lo que comenzó siendo un juego se convirtió en una tediosa rutina. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año se le fue cincelando para ser un Dictador Perfecto, era para lo que había nacido, al igual que su padre, su abuelo, su bisabuelo… A los seis años ya no recordaba la última vez que había sonreído, de hecho lo tenía terminantemente prohibido. En el Palacio principal no estaban permitidas las risas, ni siquiera una tenue sonrisa, ya que eso era un síntoma de debilidad, y tal y como le habían enseñado sus maestros, lo último que podía mostrar era debilidad. Su esperanza de vida como Dictador Perfecto estaba ligada a la total ausencia de sentimientos. Poco a poco le fueron extirpados, uno a uno. Comenzaron con el de la compasión, el más peligroso de todos ellos. Jamás podía mostrar compasión porque ese sentimiento tan horrible le haría empequeñecer, y no ocurriría de un modo metafórico, sino literal. Le enseñaron a que si mostraba compasión su figura iría menguando hasta convertirse en una hormiga fácil de aplastar. Esa era una de sus más recurrentes y temibles pesadillas cuando era un niño, ser una hormiga que se extravía y sale de Palacio para atravesar la ciudad hasta acabar en medio del mercado, esquivando suelas de zapato malolientes para concluir muriendo aplastada. La compasión le fue extirpada con éxito. Leer más