relatos david casado aguilera

Relatos varios

Imaginando tu nombre

Recuerdo con el endeble tintineo de una aparición el día que te vi por primera vez, incluso los momentos previos como antesala de lo que estaba por venir. Aquella había sido una gélida tarde, diciembre estaba agonizando y yo caminaba perdido por las calles de una ciudad que pedía a gritos un momento de silencio. En medio de tanta gente que deambulaba a paso ligero, con bolsas y regalos, nadie reparaba en mi, como tampoco yo logro hoy recordar un solo rostro de los cientos con los que me crucé. Pasear por esas calles era paradójicamente ser consciente de mi propia soledad aun estando rodeado de gente, una marabunta anónima y pálida, como las luces mortecinas que se reflejaban en los charcos que la lluvia de primera hora de la tarde había creado, como por arte de magia, complacida de aportar su dosis de melancolía, porque la lluvia huele a melancolía, tras su paso el ambiente se llena de un gran vacío, como si todo lo que hubiéramos sido se hubiera ido tras ella, igual que el verano va tras la primavera. Read More


Cristóbal y Lorenzo

Cristóbal cierra la puerta de su casa, no sin antes haberse despedido de su madre, que, como siempre, le persigue hasta casi el descansillo de la entrada diciéndole “ten cuidado”, “no me gusta tu amigo Lorenzo” “a ver qué hacéis en la calle” “y no bebas, que ya sabes que te sienta muy mal”. Cristóbal es ciego desde que era un niño. El silencio que hay después de cerrar la puerta es para Cristóbal un alivio. Siempre dice que un día de estos cogerá la puerta y se ira, pero una hora después entra en la cocina con carita de cordero que va a ser degollado y le pregunta qué hay de cenar.

Mientras aprieta el botón del ascensor asiente, sabiendo que lo que va a hacer es lo correcto. Necesita el dinero. Ya no puede vivir bajo las faldas de su madre. Se autoconvence que es lo correcto, que ya es hora que vuele del nido, pero después de estar treinta y seis años con su madre… la decisión no es fácil. Cuando llega a la calle aún no ha encontrado una respuesta que le convenza del todo. Lorenzo está esperándolo. Sigue leyendo


Los amantes

Caminaban con el paso que marcaban los latidos de sus corazones, al unísono, como si fuera uno solo, un corazón ajado por el paso de recuerdos y olvidos, de la mano, como siempre, calle abajo, mientras las primeras hojas del otoño caían balanceándose con el movimiento irregular del viento. Ella los observa curiosa, intrigada, siente atracción por esa pareja de ancianos que camina a paso lento, como si tuvieran miedo que el suelo fuera a desaparecer de un momento a otro y los engullera para siempre. Siente algo parecido a la admiración, a la envidia por ver un recuerdo palpitante de todo lo que ella nunca fue, sin embargo siente cierto regocijo infantil al observar lo prohibido, de sentirse segura tras esa esquina, y no se cansa de fijarse en los gestos de amabilidad de él, la mirada cansada pero aún con cierto destello de tiempos pasados de ella. Decide seguirlos, una vez más, y recordar cuando los vio por primera vez, hace ya muchos años. Sigue leyendo →


Mirada azul

Subo por los escalones de madera que me llevan a la tarima, ésta cruje como si llevara años en el mundo, corroída por las termitas o por el simple e ineludible paso del tiempo, pero sin embargo fue construida en apenas dos días. La plaza está como siempre, su perfil circular y rodeada de los edificios más importantes del pueblo, pero con más gente de la acostumbrada, es normal, el acontecimiento se lo merece. Podría sentir los nervios atenazándome, como aquel día que di el discurso para dar comienzo a las fiestas de carnaval, cuanta alegría y algarabía o cuando el pueblo confió en mí para ser su alcalde, ese día si fue grande, a partir de ese momento he dado cientos de discursos, pero sin duda, ninguno será como este, sin embargo ahora no siento ninguna intranquilidad, observo el cielo y respiro profundamente el aire de septiembre procedente de las montañas. Pronto llegará el frío. Sigue leyendo →


Conversaciones

El anciano camina por la calle con cierto aire distraído, como si no tuviera ningún lugar al que ir y simplemente deambulara por el mundo, sin ningún propósito. Ha comprado el periódico en un quiosco que ha pagado con la chatarra que llevaba en los bolsillos, ni siquiera ha leído por encima los titulares, como si ya supiera lo que éstos dicen. Se acomoda el periódico doblado bajo el brazo y gira en la siguiente esquina, abandonando la calle principal para entrar en un callejón que se va estrechando y oscureciendo a medida que avanza. La noche está cayendo sobre la ciudad, el anciano parece sentirse mucho más incómodo bajo las luces artificiales de las farolas que en el discurrir diurno. Al final del callejón hay un bar bajo un letrero luminoso que ha dejado de ser luminoso para ser un recuerdo de lo que fue. El anciano abre la puerta y traspasa el umbral del local. En el interior no hay mucha actividad, está prácticamente en la oscuridad, el camarero limpiando unos vasos con pose de aburrimiento, dos hombres en la barra, uno en cada punta, interesados en mantenerse desinteresados y en una de las mesas, al final del local un hombre sentado, fumando y mirando distraídamente una revista de telefonía móvil.Sigue leyendo →


Palabras en blanco y negro

El tiempo como testigo mudo de la desolación de unos recuerdos ajados y añejos. Un atávico respirar que nos confunde entre trémulas sombras que aparecen y desaparecen entre el parpadeo de un instante.

Parajes en silencio, imágenes en blanco y negro como testimonio de nuestro cansino deambular por la cornisa del abismo y la mirada incesante ante una caída irremediable. Un reflejo de nuestro paso por el mundo con aires de desvencijada derrota. Sigue leyendo →


 

El descubrimiento del siglo


 

-¡Eureka! El cuerpo se encuentra en perfecto estado de conservación-exclamó Smith, al ser consciente de lo que estaban viendo sus incrédulos ojos. Sabía que con ese descubrimiento sorprenderían a toda la comunidad internacional, y por fin recibirían el reconocimiento que merecían desde hacía mucho tiempo.Sigue leyendo →


Enemigo del silencio

Apenas sopla el viento, alzo la mirada y veo un cielo limpio de nubes, azul claro. El sol está en lo más alto, me ciega y calienta mi rostro áspero y seco.  Hace calor, el sudor resbala por mi frente. No se escucha el menor ruido, el único sonido viene de lejos, un pajarillo canta, acompañado por el ladrido de un perro seguramente abandonado. El resto del mundo ha desaparecido.

Me gusta el silencio. Respiro profundamente el olor a tierra húmeda, a campo, a espliego y sabinas. No falta mucho para la cosecha, pero después de un invierno tan duro y largo no será muy buena. La gente tiene hambre, está cansada de subsistir y ya no tiene fuerzas ni siquiera para respirar. Son tiempos duros, de esos que sacan lo peor de cada ser humano, donde no hay amigos, donde no hay familia, donde no hay nada, tan sólo el poso del rencor y el reflejo de la tristeza en la mirada. Sigue leyendo →


El payaso triste

Benito deja sus dos pequeñas maletas de cartón sobre la vieja e inestable mesa que le han dispuesto frente al espejo agrietado y ennegrecido por el paso de innumerables rostros, todos anónimos y sin voz y en el que apenas puede ver su reflejo. Eres espejo porque existo piensa malhumorado. Observando su rostro frente a él no logra reconocerse, sus ojos apagados albergan toda la tristeza de la que es capaz de contener una mirada. Las bolsas moradas que cuelgan de sus ojos opacos indican que lleva varias noches sin poder dormir, es el peso de la vida suspira. ¿Cuántas cicatrices es capaz de soportar un ser humano? De las que dejan rastro sobre la piel todas las que hagan falta, pero las que dejan su huella en el alma no muchas, porque el dolor que producen es insoportable.Sigue leyendo →


 

El hombre que viajaba en el tiempo

 

El otro día conocí a un hombre que viajaba en el tiempo. Era un hombre enjuto, de pelo largo y blanco como la nieve, vestido como si fuera un lord inglés, menudo, delgado y con una mirada capaz de albergar más de una vida. Era un hombre que, según me dijo, tenia la habilidad, el don, o la desgracia, eso lo dejo a la valoración del lector, de desplazarse por el tiempo a su antojo. Cuando se me presentó, de una forma casual, pero dotado de una gran magnificencia, no supe qué decirle o qué preguntarle, precisamente por su porte y su escueta presentación: Soy un hombre que viaja en el tiempo, pregúnteme lo que quiera. Estoy seguro que si hubiera pensado al respecto, hubiera podido preparar toda una lista de cuestiones por las que preguntar, pero cuando un hombre de esa índole se presenta ante ti, te mira con unos ojos profundos, de esos que han contemplado mil amaneceres en épocas diferentes, te abruma, pero tras un primer instante de cierta conmoción, logré esquivar su sonrisa escrutadora y alcancé  a preguntar, cómo era el futuro, por qué me pregunta sobre el futuro joven, inquirió con sus ojos grandes e intimidadores, porque…no sé, supongo que siempre es más atractivo saber lo que está por venir que lo que ya ha pasado. Sigue leyendo →