David Casado Aguilera

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Relato: Un traje negro

Un traje negro

Voces, gritos e imploraciones, lágrimas de desolación resbalan por una mejilla fría como un témpano de hielo. La noche se va extinguiendo como la luz temblorosa de una vela al amanecer. Me siento sobre el borde de la cama, el suelo está frío y poso mi vista perdida en la silla que tengo frente de mí, sobre su respaldo hay un traje que parece recién planchado. No recuerdo haberlo puesto en ese lugar la noche anterior, tampoco lo reconozco, no creo que sea mío. En el interior de mi cabeza un zumbido que me aturde, que se aleja y que se acerca a un ritmo constante, como el latido de un bebé.

Giro la cabeza y veo por la ventana que hace poco que ha amanecido un día gris, cielo plomizo, como si se hubiera derramado sobre el cielo una alfombra de ceniza.

Todo está en silencio, un silencio que lo cubre todo, como un manto tenue y sutil. Escucho el lamento lejano de una mujer, parece desesperada, grita quejidos que no logro comprender, unos hombres intentan calmarla, pero todo su esfuerzo resulta infructuoso, nadie parece tranquilizar a la mujer que imagino caer de rodillas e intentar rasgar el suelo con sus uñas para  suavizar el dolor que siente que está taladrando su pecho.

Poso mis manos sobre las rodillas, siento mi cuerpo frio y entumecido, sin embargo estamos a finales de junio y el calor debería ser sofocante aún tratándose de esas horas tempranas de la mañana. Me pregunto quién habrá dejado ese traje negro sobre la silla de mi habitación. Intento indagar en la profundidad de mi memoria para tratar de averiguar quién lo puede haber dejado ahí pero esa memoria que estoy forzando se me presenta como una laguna seca de recuerdos y el paraje es desolador. Empieza a llover, escucho como las gotas repetiquean sobre el tejado y observo cómo se deslizan en trazos irregulares por el vidrio de la ventana. De repente todo se cubre de una negritud inquietante, no puedo ver nada, he perdido la vista.

Me levanto tentando en el aire, recordando en qué lugar está cada cosa para no tropezarme, arrastrándome por la pared logro alcanzar el picaporte de la puerta, la abro, sé que al salir de mi habitación están las escaleras que bajan al primer piso. El lamento de la mujer es ahora mucho más cercano. Soy capaz de escuchar como sus lágrimas estallan en el suelo como si fueran una bomba atómica. Sus lamentos se hacen cada vez más audibles, voy bajando cada escalón con sigilo y precaución.

Un murmullo proveniente del salón hace que me detenga, parece haber una reunión o algún tipo de fiesta, porque escucho el ruido de platos y de botellas al posarse sobre el fino cristal de las copas. No recuerdo haber invitado a nadie a casa, mis padres hace tiempo que no vienen, tampoco mi hermano, y mis amigos no irrumpirían en mi casa sin previo aviso. Quizás todo esto tenga alguna relación con el traje negro que hay sobre el respaldo de la silla de mi habitación. Había una fiesta y no lo he recordado. No sería la primera vez.

Alcanzo el último escalón y me siento en él. Escucho como la gente pasa delante de mí sin que nadie me dirija la palabra, sin que nadie parezca preguntarse qué hago en ropa interior sentado sobre el primer escalón. Se escuchan algunas risas aisladas, pero no parece ser una fiesta, ya que el silencio únicamente es violado por el ruido de los platos, por pasos inquietos y por murmullos de voces anónimas que parecen revelar secretos inconfesables al oído de orejas extrañas. Me incorporo lentamente y camino hacia el salón, me sorprende no tropezarme con nadie, ya que la casa parece estar muy concurrida, imagino que la gente se aparta al verme y también puedo imaginarme sus caras de extrañeza al observarme deambular en calzoncillos y con las manos por delante como si fueran mi santo y seña de invidente ocasional.

La voz de mujer lamentándose es ahora reconocible, se pregunta una y otra vez por qué, por qué hizo eso, por qué no habló con ella. No sé a quién se refiere pero parece haberle hecho un daño irreparable, Dios mío, Dios mío, por qué, por qué me lo has arrebatado.

De repente con la misma rapidez que había desaparecido aparece la luz, recupero la vista y un sudor frío recorre toda mi espalda, pongo rostro al lamento plañidero de la mujer que parecía que me había estado persiguiendo: es mi madre y a su lado, el hombre que trata de tranquilizarla es mi padre. Puedo ver algunos amigos de la infancia, mi hermano en un rincón con la mirada baja y los ojos enrojecidos.

 En medio del salón, como si fuera el centro de un círculo en el que todos pasan levemente la mirada, de soslayo, como no queriendo mirar demasiado, hay un ataúd y en él estoy yo vestido con el traje negro.

 

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