David Casado Aguilera

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Relato: Un asesino por San Valentín

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Relato terror: Un asesino por San Valentín

“Te falta un año para odiar San Valentín”. Esa es la escueta nota escrita en la tarjeta que acompaña a la única rosa de la que consta el detalle floral.

Durante los últimos quince años, Maite ha recibido cada catorce de febrero el mismo ramo de rosas rojas y la misma nota, con la única variación en el número de rosas y de años que indicaba la nota. Era una cuenta atrás.

El primer año que recibió el ramo de flores tenía dieciséis años, el ramo constaba de quince rosas rojas y la nota rezaba: “Te faltan quince años para odiar San Valentín”.

Ese primer año se lo tomó como una broma, lo había comentado entre sus amigas del colegio, pero nadie dijo nada. Maite pensó que era lógico que nadie lo admitiera. No le dio mayor importancia.

Al año siguiente, cuando recibió el ramo con catorce rosas rojas y la nota indicándole que le quedaban catorce años para odiar San Valentín, ya no le hizo gracia y las tiró a la basura.

Maite está muy nerviosa. Aún le tiembla todo el cuerpo desde que esa mañana ha sonado el timbre y antes de abrir la puerta ya sabía quién era y lo que le iban a entregar. Contempla la rosa que ha dejado junto a la nota encima de la barra americana de la cocina. No sabe si llamar a su marido al trabajo o esperar a que llegue. Le contó la historia de San Valentín hace tres años, cuando recibió las cuatro rosas y al llegar él del trabajo la encontró en la cama, llorando y temblando de miedo.

Se lo comunicaron a la policía, pero no pudieron hacer nada. No había ni una sola huella en la nota ni en el plástico que envolvía las flores. Cada año utilizaba un servicio diferente de envío de flores y por supuesto no dejaba ningún nombre. Pagaba al contado, pero nadie podía indicar cómo era ese hombre o mujer. Sin duda, se tomaba muchas molestias, le dijo la policía a Carlos, el marido de Maite, eso precisamente era lo más preocupante, pensaba Maite.

Le había rogado a Carlos que ese catorce de febrero se quedara en casa, pero le fue imposible, tenía un juicio muy importante y no podía faltar. Maite se sintió traicionada, hacía ya mucho tiempo que pensaba que para su marido el trabajo era más importante que ella o sus dos hijos.

Este era el último año, pensó Maite, el próximo catorce de febrero se cumpliría la amenaza de su acosador. No pensaba quedarse en la ciudad para comprobar si iba en serio o todo formaba parte de un macabro juego. Además, pensó, no puede ser una simple broma, esto es idea de alguien que está lo suficientemente loco para enviar año a año el tétrico presente, “nadie se toma tantas molestias”, recordó lo que les dijo el agente de policía.

Maite salió de casa para ir a buscar a sus dos hijos, no sin antes mirar a ambos lados de la calle. Necesitaba la sonrisa y los juegos de Gabriel y Muriel para distraerse y olvidar por unos instantes las rosas y el maldito San Valentín. Desde luego no hacía falta que pasara un año para odiar a San Valentín, lo odiaba desde hacía ya muchos años.

Cuando llegó a casa con sus dos hijos, de cinco y tres años, les dio de merendar y más tarde  jugó un rato con ellos. Fue el único momento del día en el que no pensó en el envío que le había llegado esa mañana, a las diez, como siempre, durante los últimos quince años.

Un año después, el catorce de febrero, muy temprano, Maite, su marido y sus dos hijos hicieron las maletas y se fueron a la cabaña del bosque, dada la inoperancia de la policía ante la inminencia de la fecha límite. “No tenemos más pruebas”, “es cosa de un perturbado, seguro que sólo quiere asustarte”, “no le des demasiada importancia” dijeron los policías. Maite sintió impotencia y rabia, ella sabía que todo eso iba en serio, no lo podía explicar, pero lo sabía.

Cuando llegaron a la cabaña del bosque Maite aún notaba como su corazón palpitaba agitadamente. Limpiaron la cabaña, que estaba sucia debido a su desuso. La cabaña había pertenecido a su abuelo, era toda de madera, austera y cálida. La última vez que estuvo en esa cabaña era una niña y tan sólo guarda algunos recuerdos, como cuando su hermana Violeta y ella jugaban en el jardín o cuando nadaban en el lago. Hace tanto tiempo que no hablamos, que ya ni recuerdo cuál fue el motivo de ese distanciamiento, piensa Maite. Pero entonces era verano, lucía el sol y el cielo estaba azul y limpio de nubes, la luz era dorada al atardecer y cantaban los pajarillos.

Maite mira desde el porche hacia el lago y ve como el cielo rojizo se abre paso entre las ramas de los árboles, y piensa que la luz en febrero es distinta. Hace frío, siente un estremecimiento, se mete en casa y cierra la puerta con llave.

Carlos ha encendido la chimenea después de limpiarla, estaba llena de polvo, como toda la casa. Quizás he traído pocos leños, dice Carlos. Maite no le contesta.

Después de dos horas más, al fin pueden sentarse al abrigo del fuego y tomarse una copa de vino mientras los niños están durmiendo en la habitación de la planta de arriba. Maite no está tranquila del todo, por eso no deja de mirar el transmisor que hay encima de la mesita que tienen enfrente. No los utilizaba desde que los niños eran bebés. El otro está en la habitación de los niños. Sólo se escucha sus respiraciones. Están profundamente dormidos.

Carlos está muy cariñoso, le besa el cuello, él sabe lo que eso excita a su mujer. Están estirados en el sofá. Lentamente comienzan a quitarse la ropa, ya han entrado en calor, sobre todo Carlos, piensa Maite al notar la dura erección de su marido. Se besan con pasión, hace mucho que no hacen el amor con pausa, sin prisas, sin agobios. Maite comienza a excitarse, cierra los ojos y trata de disfrutar del momento, del cosquilleo placentero que Carlos le provoca al pasar la punta de su lengua por sus pezones endurecidos.

         -¿Has oído eso?- Maite se ha incorporado apartando a Carlos que la mira sorprendido.

         -Yo no he oído nada- dice Carlos en tono molesto tratando de seguir por donde lo habían dejado. Pero Maite no quita el ojo de encima del transmisor, ha oído un ruido extraño, como un susurro.

Carlos vuelve a estar encima de ella, besándole el lóbulo de la oreja derecha, pero Maite ya no cierra los ojos, está tensa y el placer la ha abandonado. La mirada fija en el transmisor, los ojos bien abiertos, como si de esa manera pudiera captar mejor cualquier sonido. Es increíble como un hombre puede ignorar todo lo que sucede a su alrededor cuando va caliente, piensa Maite.

Algo parecido a un murmullo se escucha en el transmisor. Maite aparta con todas sus fuerzas el pesado cuerpo de Carlos y coge el trasmisor pegándoselo a la oreja. Sube el volumen. Carlos se sienta a su lado exhalando un suspiro de fastidio. Sólo se escucha la respiración pausada y regular de los pequeños. Cuando Maite está a punto de volver a dejar el trasmisor sobre la mesa se escucha un susurro, como si alguien hablara desde muy lejos. Maite abre ostensible los ojos, y escucha claramente la risa de una persona adulta, una risa corta, arrastrada y aterradora.

Maite lanza el trasmisor donde está Carlos y chilla, ¡los niños!, ¡los niños!, mientras sube corriendo las escaleras de madera hasta el piso de arriba, la puerta de los niños está entreabierta, así la había dejado Maite, a Muriel no le gusta dormir con la puerta completamente cerrada. La madre irrumpe de forma abrupta en la habitación, enciende la luz cuando siente que el corazón se le va a salir de la boca. Los niños duermen de forma plácida, uno en cada cama, tal y como los había dejado Maite. Mira debajo de las camas, en el momento que llega Carlos respirando con dificultad.

-¿Qué coño pasa?- dice, tratando de recuperar el aliento y mientras mira fijamente a su mujer, que está abriendo el armario y buscando en su interior como si hubiera perdido el juicio.

– He escuchado una risa, había alguien en esta habitación- dice Maite, mirando entre las mantas que hay dentro del armario. Ha abierto todos los cajones y mirado en cada rincón de la habitación cuando Gabriel comienza a llorar. Carlos va hacia él y le habla con ternura para que se vuelva a dormir sin dejar de mirar a Maite, ésta esquiva su mirada y niega con la cabeza. Yo lo he escuchado, murmulla, lo he escuchado.

Se dejan caer en el sofá, el fuego está aún crepitante. Carlos intenta abrazar a su mujer pero Maite lo evita, no puede olvidar la mirada de Carlos, le miró como si fuera una loca. Carlos se levanta fastidiado y va a la cocina, suena una puerta al cerrarse. Maite se está pensando si dormir con los niños, su habitación también está en el piso de arriba pero quiere estar junto a ellos, tiene un mal pálpito, sabe que algo terrible va a ocurrir.

La madera del salón cruje, se gira, no hay nadie. Al ser la casa toda de madera y al soplar fuera un fuerte viento, los crujidos son constantes, eso le está volviendo loca. Otro crujido, este mucho más cerca, al lado del sofá, se gira veloz, no hay nadie.

Llama a su marido, no contesta. Se levanta del sofá y mira a su alrededor. Sólo silencio, un silencio que le provoca un gran escalofrió que recorre toda su espalda. No hay ni un sólo ruido, ahora ni siquiera se escucha el viento del exterior. Vuelve a llamar a su marido, no hay respuesta. Va hasta la cocina y enciende la luz. No hay nadie, habría jurado que Carlos había ido a la cocina, piensa Maite. Un nuevo crujido seguido de unos pasos pesados hacen que Maite se gire de golpe hacia el salón, no hay nadie, siente la desesperación subir por su garganta. Llama de nuevo a su marido, está vez con voz temblorosa, con el miedo pegado a sus labios.

Cuando está atravesando el umbral de la cocina escucha como alguien sube las escaleras corriendo. ¡Dios mío, los niños!, exclama Maite. Corre hacia las escaleras y vuelve a subir al piso de arriba, abre la puerta de la habitación de los niños y se le hiela la sangre al ver las camas revueltas y vacías. Los niños no están. Maite da una vuelta sobre sí misma, no sabe por dónde empezar a mirar. Suena una puerta cerrarse con violencia en el mismo momento que la casa queda totalmente a oscuras. Maite grita desesperada.

Intenta caminar pero no sabe hacia dónde, tiene las manos extendidas pero tropieza con todo lo que se le pone por delante. Llama a su marido y a sus hijos, pero la única respuesta que obtiene es el ulular del viento que se cuela por las rendijas de la vieja cabaña. Opta por dejarse caer y caminar a gatas, palpando el vacio.

Una claridad temblorosa aparece en uno de los rincones del piso de arriba. Maite va hacia esa pálida luz. Le tiembla todo el cuerpo, pero es más fuerte la decisión de no darse por vencida. La luz procede de la habitación que iban a utilizar ella y su marido, concretamente de una solitaria vela colocada en una mesita de noche, al lado de la cama. Al entrar a gatas en la habitación, Maite da un vistazo y ve la vela. Se incorpora despacio, nota que le tiemblan las piernas, le cuesta ponerse en pie. Mira hacia todos los lados, no hay nadie, no hay nada, pero un detalle en medio de la cama llama su atención: es un ramo de rosas rojas, quince exactamente. Maite nota como dos enormes lágrimas se escapan de sus ojos y recorren sus mejillas hasta perderse por los pliegues de su cuello. Su mano tiembla rebuscando entre el ramo de rosas hasta extraer una tarjeta. Su corazón está a muy pocos latidos de estallar. Nota como miles de agujas se entrecruzan en el interior de su estómago. Mira la nota. “Feliz San Valentín”. Nada más. Maite se limpia el resto de lágrimas y vuelve a mirar a su alrededor. La madera cruje como si la casa se perdiera en un viejo lamento.

Maite baja muy despacio las escaleras y se encamina al pequeño baño que hay al final del pasillo, en la parte trasera de la casa. Lleva la vela en la mano derecha, su sombra temblorosa oscila en el suelo de madera que cruje a cada paso que da.

La puerta del baño está cerrada, la abre poco a poco, presintiendo que al otro lado de esa puerta encontrará algo horrible. Acerca la vela a la oscuridad pero el baño está vacío. Entonces se fija en la bañera, tiene la cortina corrida y ella recuerda que cuando la limpió esa tarde la dejó descorrida, en un lado, atada a una fijación. Las palpitaciones son cada vez más fuertes, las nota en la nuca, en las sienes, en las muñecas.

No se ha dado cuenta pero vuelve a derramar lágrimas de desesperación. La mano temblorosa se acerca a la cortina de hule blanco, poco a poco la va descorriendo, el tintineo de las anillas al correr la barra de aluminio da paso a una visión espeluznante: sus dos hijos yacen muertos en el fondo de la bañera, degollados. Su palidez es heladora.

Maite no reacciona, tiene los ojos abiertos pero apenas ha notado que ha dejado de respirar. La boca abierta, casi desencajada, pero no puede emitir un solo sonido, ni siquiera un lamento. La mirada fija e incrédula en esos dos cuerpos inertes que tan sólo hace unas horas estaban llenos de vida.

Tras unos segundos balbucea sus nombres.

Cae de rodillas, como si todo ocurriera a cámara lenta. Pasa la yema de sus nerviosos dedos por la frialdad de sus rostros. Los ojos cerrados, como si aún durmieran plácidamente en sus camas.

Maite quiere llorar, quiere gritar, pero no puede. Apenas exhala un quejido ahogado. La madera cruje de nuevo pero Maite no se gira. A sus espaldas, su marido mira atónito la escena y deja caer los leños que había salido a buscar al cobertizo que hay fuera de la cabaña.

 

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