David Casado Aguilera

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Relato: el motel

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El motel

No piensa regresar a la ciudad, lo tiene decidido, esa vida se acabó. No quiere saber nada más de Vanessa ni de su puta familia, los últimos tres años han sido una auténtica pesadilla, un infierno.

Por primera vez en mucho tiempo Víctor se siente libre, pero sobre todo puede experimentar algo parecido a la felicidad mientras mira hacia adelante y puede contemplar la carretera que se pierde en el infinito, a la vez que cruza un paisaje abierto, agreste y amplio.

Víctor lleva conduciendo más de cinco horas, las últimas tres por carreteras secundarias, el sol se está poniendo más allá del horizonte. No sabe exactamente en qué punto de Teruel se encuentra, lleva un mapa en la guantera pero no piensa mirarlo, para qué, piensa, da igual donde vaya, lo importante es no regresar.

El futuro se le presenta como una ventana abierta. Una oportunidad de comenzar una nueva vida. Tal vez podría empezar a escribir, esta vez en serio, sin los gritos de Vanessa salpicándole la nuca. No puede entender por qué ha tardado tanto en dar ese paso. Eran como dos animales, condenados a devorarse uno al otro. Sólo les unía el sexo, quizás porque es lo más animal que tienen los humanos.

En el maletero lleva su vieja máquina de escribir Olivetti. Una nueva vida ¿Por qué no? Víctor sonríe satisfecho mientras expulsa el humo de su cigarro que se escapa a toda velocidad por la abertura de la ventana.

Cuando oscurece Víctor nota como el cansancio comienza a hacer mella en él, se le cierran los ojos, tiene que descansar si no quiere sufrir un accidente y acabar su nueva vida tan sólo unas horas después de haberla iniciado, efímera nueva vida, piensa.

Después de unos minutos ve un cartel donde lee que a escasos cinco kilómetros hay un motel. Perfecto, piensa Víctor. Cuando se aproxima al desvío enciende los intermitentes y sale de la carretera por la que había circulado las últimas dos horas.

Está muy oscuro, apenas logra ver unos metros hacia delante gracias a los focos del coche, no hay ninguna luz más. La carretera parece de lo más lúgubre. Seguro hace años que nadie pasa por aquí, piensa Víctor. Quién sería el estúpido que monta un motel en un paraje así, se pregunta, quizás el cartel que vio es de hace muchos años y el motel ni siquiera existe pero justo cuando está pensando en esa posibilidad ve a un lado de la carretera otro cartel anunciando el motel y una flecha indicando hacia la derecha. Víctor aminora aun más la velocidad, no quiere pasarse el desvío, a saber cuándo encontrará otro sitio para dormir, si no siempre puedo dormir en el coche.

A unos pocos metros ve un camino en el lado derecho, deja el asfalto para tomar el camino de tierra, las piedrecillas se estrellan contra los bajos del coche, siente un especial placer por pensar en lo que diría Vanessa al ver por donde lleva su coche.

Después de circular unos quince minutos y cuando ya piensa que ese maldito camino ya no lleva a ninguna parte Víctor ve unas luces procedentes de un gran caserón, exactamente dos luces, una en la puerta de la casa y otra procedente de una ventana del segundo piso. Ese es el motel, supone Víctor, parece una granja, o una casa de una familia de jodidos campesinos de La Almunia piensa Víctor mientras sonríe entre dientes.

Baja del coche y se enciende otro cigarro, se sube el cuello de la chaqueta de cuero, ha refrescado, está por soplar el temido cierzo. Abre el maletero y agarra la vieja Olivetti y la maleta que le había dado tiempo coger, apenas unas camisas, dos pantalones, un jersey, una chaqueta y ropa interior. No había cogido calcetines, sólo los que llevaba puestos, se había olvidado, putas prisas.

No hay ningún cartel que indique que eso es un motel. Víctor mira con curiosidad a su alrededor y nada parece indicar que está delante de una casa de huéspedes. Es una casa grande, vieja, un tanto descuidada. No hay ningún coche más, una casa de huéspedes sin huéspedes. Lanza un soplido al aire de la noche, exhala la última calada de su cigarro y lo apaga aplastándolo en uno de los escalones, antes de llamar a la puerta.

No hay respuesta. Vuelve a llamar. Nada.

Iba a darse la vuelta cuando se le ocurre girar él mismo el pomo y la puerta de madera cruje antes de abrirse.

Entra con cierto reparo, está oscuro. Tan sólo hay rastro de luz en la parte de arriba de unas escaleras. Huele fuerte, como a piel de animal, a rancio. Víctor dice con voz entrecortada, buenas noches, no hay respuesta, alza un poco más la voz, ¡buenas noches! El silencio es sobrecogedor. Está por darse la media vuelta y largarse de aquella casa cuando se escucha un sonoro portazo, tal vez procedente del piso de arriba, Víctor se gira ante el ruido, mira a su alrededor y vuelve a escuchar ese silencio que le provoca gran intranquilidad. Hay algo que no le gusta de esa casa, se acabó, piensa, me largo de aquí, ya dormiré en el coche.

Buenas noches, señor, exclama una voz grave cuando su mano está girando el pomo de la puerta. Víctor se gira sobresaltado, no escuchó una sola pisada, no sabe cómo ha llegado hasta allí la mujer que ahora tiene delante. Es una mujer mayor, de unos sesenta años, o tal vez una centuria más, bastante castigada por el paso del tiempo y el trabajo, en su rostro hay señales de fatiga y hastío.

Buenas noches, necesitaba una habitación para pasar la noche, no sé si es esto un motel, en la carretera vi un cartel. La señora lo mira sin musitar una sola palabra, el cartel indicaba que aquí, bueno que esto era un motel. La señora sigue con la mirada fija clavada en Víctor, apenas parpadea. Sus ojos son grandes, negros, pero con los párpados caídos, lo que le da un aspecto de estupidez con lo que Víctor cree que tiene algún tipo de retraso mental.

La observa de arriba abajo, sus ropas están pasadas de moda varías décadas, parece de los años treinta. Le van grandes, como si hubieran pertenecido a una persona mucho más corpulenta que ella, quizás a un hombre.

Siento haberla molestado señora, dice Víctor, me he confundido, pensé que esto era un motel, ya me marcho, buenas noches. La mujer sonríe en una mueca que a Víctor le da escalofríos. Le faltan la mitad de los dientes, y los que tiene están amarillentos, pero lo que más ha sobrecogido a Víctor ha sido esa sonrisa que lentamente ha aparecido en el rostro arrugado de la señora, que combinado con su cabellera despeinada, como si se hubiera acabado de levantar, le da un aspecto tétrico.

Tenemos una habitación, ha tenido usted mucha suerte, señor. La anciana no deja de sonreír. ¿Suerte?, Víctor piensa por un instante en darle las gracias e irse de allí, pero está muy cansado, sólo quiere dormir y al día siguiente levantarse temprano para reanudar el camino hasta la costa andaluza, quizás Cádiz, o tal vez Málaga, antes tenía que atravesar Castilla la Mancha y Andalucía, aunque quizás optaba por ir por Valencia, ahora nadie le diría por donde ir y por donde no. Muchas gracias señora, me quedaré esa habitación. A Víctor le extraña sobremanera que la anciana haya dicho que tenía una habitación, como dando a entender que el resto estaban ocupadas.

Víctor sigue a la señora hasta una pequeña sala en la que formalizan el registro. No hay ninguna llave con el número de habitación, ni siquiera le da una a él. Firma en un libro de registros que parece aún más antiguo que las ropas de la anciana. Se fija en un nombre que hay unas líneas por encima del suyo, exactamente tres nombres arriba,  Juan Zamora, pero lo que llama la atención no es el nombre sino la fecha, es del treinta de junio de mil novecientos cincuenta y cinco. Hace diez años.

Benigno le acompañará a su habitación, dice la señora. Cuando Víctor está a punto de preguntar quién coño es Benigno, nota una pesada mano sobre su hombro, se gira sobresaltado y ante él ve un tipo que mide casi metro noventa, fuerte y con la mirada más inquietante que ha visto en toda su vida. Al igual que la anciana también lleva ropas de otro tiempo. El hombre que está frente a él tiene unos cuarenta años, deduce Víctor, su cara es pálida, casi amarillenta, su expresión es prácticamente nula. Es como estar mirando una escultura de mármol.

Benigno, acompaña a este caballero a su habitación, le dice la señora, que parece ser su madre, piensa Víctor, al hombretón que apenas hace un ademan de asentimiento y coge la maleta que Víctor ha llevado con una mano y se dispone a coger su máquina de escribir, cuando Víctor se da cuenta, aparta su gran manaza y él mismo coge la Olivetti.

Ah y no olvides que la habitación tres está ocupada, dice la señora cuando ya se dirigían hacia la escalera. Benigno se detiene un segundo para dar a entender que ha escuchado a la mujer y sigue adelante. Que gente tan extraña, piensa Víctor cuando están delante de la puerta y el hombretón la abre y se coloca a un lado, ¿no hay llave?, pregunta Víctor, el hombre ni lo mira. Víctor niega con la cabeza y se introduce en la habitación. Enciende la luz y lo que ve hace que expulse un gran soplido de disgusto. La habitación huele a viejo, como toda la casa, y parece extraída de un decorado de una película de bajo presupuesto de los años cuarenta. Coge la maleta que Benigno ha dejado en el suelo y la sube encima de la cama. Benigno continúa en el umbral de la puerta, su cabeza casi roza el marco de la puerta. Gracias Benigno, dice Víctor ofreciéndole una peseta, pero el hombre no se mueve del umbral, no hace ni un solo gesto ni musita una sola palabra, efectivamente es como contemplar una estatua, piensa Víctor. Eso es todo Benigno, dice Víctor en un tono más apremiante y guardándose la peseta en el bolsillo derecho. Al fin el hombre asiente ligeramente y se va, con un caminar cansino, como si llevara encima de los hombros un gran peso.

Víctor cierra la puerta, toma un trago de agua de la jarra que hay sobre la mesita de noche y se deja caer sobre la cama, sobreviniéndole todo el cansancio acumulado en las últimas horas. Vanessa ya es un recuerdo del pasado, no piensa perder ni un solo segundo de su nueva vida pensando en ella, pero la verdad es que la despedida ha sido de película, piensa Víctor mientras el sueño le va alcanzando y el rostro lloroso de Vanessa se va perdiendo entre los vértices del tiempo.

Un fuerte golpe en la pared despierta a Víctor que sobresaltado se sienta sobre la cama. Durante unos segundos no logra ubicar donde se encuentra, al fin reconoce la habitación del motel. No sabe si el golpe que le ha despertado ha sido real o producto de una pesadilla. Víctor agudiza sus oídos. Otro fuerte golpe en la pared contigua a la suya hace que salte de la cama y encienda la luz. Mira su reloj de pulsera que tiene en la mesita junto a la cama. Son las tres y media de la madrugada. El golpe ha sido seco, directamente contra la pared, lo que ha provocado que temblara toda la habitación.

Víctor no sabe qué hacer, quizás es una pareja muy fogosa, piensa, esboza una sonrisa maliciosa mientras se dispone a acostarse de nuevo cuando un prolongado alarido hace que todos los pelos del cuerpo se le pongan de punta. Ha sido un grito de mujer, un grito desesperado. El corazón de Víctor se le ha acelerado. El grito le ha provocado escalofríos, ha sido desgarrador. Se levanta y abre la puerta asomando de forma tímida la cabeza.

El pasillo está en la más absoluta oscuridad. No se oye el mínimo ruido, el silencio es de nuevo sobrecogedor. Regresa a la habitación y coge el encendedor que hay en el interior de sus pantalones y sale al pasillo. El ruido de la piedra al girar del encendedor rompe el silencio de la casa, la débil llama del encendedor otorga a la escena un cariz tétrico que no hace sino acelerar más el corazón de Víctor. Sus pasos son silenciados por la alfombra que recorre todo lo largo el pasillo cuyo final no puede ver.

Apenas logra ver más allá de sus pies desnudos. Se dirige a la puerta que hay al lado de la suya. No sabe si llamar o simplemente escuchar. El silencio es tan abrumador que siente miedo de romperlo. Inclina la cabeza y pone la oreja sobre la superficie fría de la madera de la puerta. En medio de la oscuridad se ve un reflejo de luz por debajo de la puerta, como un flash, seguidamente otro igual. Se escuchan unos gemidos ahogados, una respiración interrumpida, como si alguien muy obeso estuviera haciendo un gran esfuerzo. Cuando el oído de Víctor se ha acostumbrado a esa cadencia respiratoria y jadeante logra aislar un nuevo sonido, parece un sollozo, piensa. No son los ruidos típicos de una pareja follando. Durante unos segundos permanece indeciso. No es mi problema.

Víctor da la media vuelta y se dispone a regresar a su habitación cuando de nuevo un grito espantoso procedente de la habitación número tres le hiela la sangre y se le clava en lo más profundo de su sistema nervioso. Se detiene, no sabe qué hacer. Tiene claro que una mujer está en peligro, quizás la están torturando. Cuando Víctor tiene a su alcance el picaporte de la puerta escucha como la madera cruje ante unos pesados pasos procedentes del interior de la habitación que se acercan decididos a la puerta. Víctor palidece, no sabe cómo reaccionar y justo cuando el picaporte se inclina y comienza un chirrido corre hacia un extremo del pasillo, afortunadamente la alfombra amortigua sus pasos. Está descalzo con el pantalón del pijama y una camiseta interior. Se siente ridículo. Por qué no habré corrido hacia la habitación, estaba mucho más cerca, piensa. Por suerte está bajo el amparo de la oscuridad.

La puerta desde donde procedían esos espantosos alaridos se ha abierto despacio, dejando ver un triángulo de débil luz que se apoya en la pared de enfrente y eclipsado por una sombra que permanece en el umbral de la puerta. Víctor aguanta la respiración mientras no deja de mirar hacia esa puerta abierta. Casi puede escuchar los latidos de su propio corazón. El silencio de nuevo lo cubre todo, ese silencio angustioso que puede ser mucho más aterrador que cualquier sonido, piensa Víctor. El tiempo parece detenerse en una angustiosa espera.

Al fin la sombra que permanecía quieta en el umbral de la puerta se mueve ligeramente, parece la sombra de un hombre bastante corpulento. El hombre sale al pasillo y lentamente se gira y mira hacia donde está Víctor, éste aprieta la mandíbula, intentando no emitir el más mínimo ruido, ni tan siquiera el de su respiración. Benigno, el hombre inexpresivo que llevó la maleta de Víctor, se encamina en dirección opuesta a la que se encuentra Víctor, después de cerrar la puerta. Sus pasos son lentos, pesados. Por unos segundos se detiene ante la puerta de Víctor, no hace ningún gesto, sigue caminando, hasta que el sonido de sus pasos desaparece escalera abajo.

Víctor suelta despacio el aire acumulado en sus pulmones. Está decidido a recoger las cosas e irse ahora mismo de ese lugar pero cuando pasa delante de la puerta de la habitación de la que ha salido Benigno se detiene. Desde que ese hombretón emergió del umbral un pestilente olor ha recorrido todo el pasillo y es mucho más acuciante en el punto en el que ahora se encuentra Víctor. Un impulso irrefrenable le hace dirigir la mano hacia el picaporte, hacer la fuerza suficiente para empujarlo hacia abajo y escuchar el chirrido de la puerta al girar los goznes.

Lo primero que siente Víctor al abrir la puerta es un olor nauseabundo que le golpea hasta casi hacerle caer, y junto a esa fétida pestilencia también nota la subida de temperatura, en esa habitación hace bastante más calor que en el pasillo, o que en su propia habitación.

El cuarto está en la más absoluta oscuridad. El olor a carne podrida hace que se ponga una mano sobre la nariz, el olor es insoportable, pero Víctor avanza con la otra mano puesta hacia delante ya que no ve nada. Tampoco puede guiarse por el oído ya que en esa habitación el silencio es sepulcral. Nota como su garganta se va secando. Al poco de caminar unos pasos, su pierna entra en contacto con algo, se inclina y toca lo que parece ser una cama. La distribución de esa habitación es diferente a la suya. Recuerda entonces su encendedor, se lo saca del bolsillo del pantalón del pijama y hace girar la piedra.

La llama le ciega por unos segundos pero enseguida puede ver lo que hay en esa habitación, o en parte de ella, y lo que ve le dan ganas de vomitar.

Encadenado en una pared hay un hombre, o lo que queda de él. Víctor acerca la llama del encendedor al rostro del hombre, le han arrancado los ojos y sus cuencas vacías le dan un aspecto macabro, pero no es lo único que le falta. No tiene dientes, se los han arrancado todos, probablemente uno a uno, observa horrorizado Víctor. Está desnudo, y bajando la vista observa como las tripas le cuelgan de una obertura a la altura del ombligo. Tiene profundos cortes por todas las partes de su cuerpo, así como morados y más signos evidentes de tortura. Lleva muerto bastantes días, deduce Víctor. Su cuerpo ha entrado en descomposición, como lo demuestran las pequeñas larvas blanquecinas que sobresalen de la boca del cadáver, cosa que provoca que Víctor no aguante más y vomite a los pies ennegrecidos del cuerpo.

Está mareado, no puede mantenerse erguido, por lo que camina hacia atrás y cae sobre la cama que se encuentra a sus espaldas. Los muelles de la cama chirrían. Víctor quiere apoyarse sobre la cama para tomar impulso y poder levantarse pero lo que toca su mano le hace incorporarse mucho más rápido de lo que pensaba, a la vez que emite un sonoro grito. Le ha parecido tocar un brazo humano. Enciende de nuevo el encendedor y acerca la llama hacia la cama, esperando ver algo horrible, pero lo que ve es mucho peor de lo que había imaginado.

Encadenada a la barras de hierro de la parte superior de la cama se encuentra el cuerpo de una mujer. Sobre el rostro inclinado cae una amalgama de pelo enmarañado y ensangrentado. Tiene el torso denudo, lleno de sangre y cortes, más superficiales que los que presenta su compañero de cuarto y de suplicio. Pero a medida que Víctor va bajando el encendedor la llama temblorosa va recorriendo el cuerpo de la pobre muchacha que termina abruptamente a la altura de  la pelvis. Su sexo brilla a causa de la sangre reseca y los borbotones del rojo líquido que aún resbala por su entrepierna. Y nada más. Le han seccionado ambas piernas. El hueco que antes ocupaban sus extremidades inferiores ahora lo ocupaba un enorme charco de sangre oscura y viscosa.

Una nueva arcada sobreviene a Víctor que evita el vómito. Esa muchacha hace unos minutos estaba viva, piensa Víctor al recordar los desgarradores gritos, le ha cortado las piernas estando viva. Víctor se estremece sólo de imaginar la tortura que han tenido que sufrir esos dos muchachos. Su verdugo ha sido sádico, metódico y tremendamente cruel. Mucho odio ha de albergar alguien para hacer algo así, o quizás no es odio sino placer ante el dolor ajeno, puro y duro sadismo.

Víctor se acerca con sigilo hacia el rostro de la muchacha. Se quema el dedo con la piedra del encendedor, entre ese olor nauseabundo que hay en la habitación le llega el olor de su propia piel quemada. Vuelve a girar la piedra del encendedor y lo acerca a la cabeza de la muchacha. Con la otra mano le aparta el cabello de la cara y deja su rostro al descubierto. Las huellas de la tortura no consiguen ensombrecer lo que había sido una joven muy atractiva, piensa Víctor. Se acerca más a su rostro, hasta casi rozar la punta de su nariz con la frente de la muchacha, casi es capaz de oler el sufrimiento cuando aspira fuertemente por la nariz y experimenta el placer que ya conocía. De repente la chica abre los ojos que lo observan con todo el miedo que son capaces de albergar, al mismo tiempo que abre la boca, intentando gritar pero la lengua ha desaparecido y tan sólo logra emitir un gemido de angustia o de solicitud de ayuda que no logra llegar a ningún lado, Víctor se aparta despacio de la cama sin dejar de observar a la muchacha mutilada y corroída por el dolor.

Esos son los ojos de la muerte, piensa Víctor, de la angustia, del dolor, esos son los ojos. Da una vuelta por la habitación y bajo el débil amparo de la llama azul del encendedor puede ver herramientas como sierras, hachas, cuchillos con restos de sangre y cabello, una pierna a la que da una patada para apartarla y unos papeles, que fijándose un poco más observa que no son papeles sino fotografías polaroid. Coge unas cuantas y ve con cierto estremecimiento que el torturador ha fotografiado a la muchacha en diferentes fases de su suplicio, especialmente de su rostro, esos son los ojos, piensa de nuevo Víctor, los ojos que vio en el rostro de Vanessa cuando la estrangulaba y notaba como la vida se le escapaba entre sus labios temblorosos. Vuelve a tener una erección, como cuando la estrangulaba.

Se guarda alguna de las fotografías. Se da media vuelta para irse a su habitación, recoger sus cosas y largarse de allí, cuando una figura corpulenta le observa desde el umbral de la puerta y con lo que parece un cuchillo de carnicero en la mano derecha. El gigante cierra la puerta. Víctor traga saliva y sonríe cansinamente entre dientes ante las burlas que tiene el jodido destino.

 

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