David Casado Aguilera

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Relato: Ojos de Mensajero

Relato, ojos de mensajero, David Casado Aguilera

Ojos de Mensajero

Es una tranquila tarde de octubre, con la llegada del otoño todo parece ir a un paso más lento, se deja atrás el ritmo acelerado veraniego y se entra en un letargo con cierto poso de melancolía que parece adormecer los sentidos, mientras los campos se tornan amarillentos y las hojas se desprenden de los árboles y se posan en el suelo en silencio. Los cristales se empañan, se escucha el sonido del viento y los suspiros se vuelven más sonoros. Los rayos solares se van debilitando y los días se acortan.

Observo como mi gato se desliza atravesando el salón y se encamina de forma elegante hacia la cocina. No sabe que está siendo observado, ¿o sí? Porque en su andar se me antoja un carácter presumido y altanero, como queriendo ser observado continuamente, pero dando la impresión de ser del todo autosuficiente. Sonrió y sin más regreso al programa anodino que está en la televisión, de esos que tienen la capacidad de sustraerte de la realidad pero que a los pocos segundos de dejar de verlo lo has olvidado. Prefiero mirar al gato que ya ha penetrado en la cocina y observo con cierta sorpresa como mira fijamente algo, su mirada está puesta en un armario, concretamente en la parte de arriba de un armario, cerca del techo. No se mueve, esta absorto, como si hubiera visto algo que le llamara mucho su atención, pero en el lugar donde tiene puesta su mirada felina no hay nada. Incluso me levanto, llamado por la curiosidad, por si se hubiera colado alguna mosca, pero todas las ventanas están cerradas y su reacción no sería esa. Si hubiera visto algún insecto interrumpiendo sus paseos por la casa lo hubiera perseguido sin descanso hasta cazarlo o ver con cierto enojo como se escapa. Pero no hay nada, sólo mira hacia un punto indeterminado que no soy capaz de identificar. Lo dejo estar, regreso al sofá y a la letanía cansina del discurso televisivo, olvidándome del gato y de sus neuras extrañas, pero de repente, como si alguien le hubiera clavado una aguja en el trasero sale disparado de la cocina aullando y rasguñando el suelo. Este gato está loco pienso, mientras vuelvo a tener la mirada clavada en la caja tonta y al instante olvido hasta como se llama el gato.

La tarde siguiente, al abandonar mi estudio, después de una larga jornada escribiendo, y al dejarme caer como un cuerpo sin vida sobre el sofá, y antes de coger el mando para encender la televisión, observo como Dorian, mi gato, está de nuevo mirando de forma persistente al mismo punto donde miraba ayer. ¿Qué será lo que ha llamado su atención? Recuerdo entonces un comentario que hizo mi abuela cuando yo era un niño “Los gatos tienen la capacidad de ver a los muertos” un escalofrío recorre mi espalda al recordar las palabras de mi abuela. En ese mismo instante un trueno parece romper el cielo en mil pedazos y hace que me incorpore angustiado. Un instante después sonrío al darme cuenta de que me había asustado por un comentario que había escuchado hace muchos años y por un trueno. Mejor voy a hacerme algo de cenar, pienso.

Enciendo la luz de la cocina y Dorian ni se inmuta, sigue anonadado y con sus ojos verdes clavados en el mismo punto. Le llamo, no mueve un solo pelo, le vuelvo a llamar y gira su cabeza en un movimiento ágil y rápido, al verme abre ostensiblemente los ojos expresando sorpresa y sale raudo y veloz de la cocina, tal y como hizo ayer. No sé que le pasará al gato, últimamente está un poco tonto.

Suenan las llaves en la puerta, mi mujer acaba de entrar, no sé que voy a hacer de cenar, tampoco tengo hambre, desde hace unos días me duele el estómago, un dolor punzante que olvido cuando Marta entra y me besa.

Una tos seca y repetitiva hace que me incorpore de la cama, me he quedado dormido, son más de las diez de la mañana, he dormido fatal, pesadillas. Me levanto como si tuviera un gran peso sobre mis hombros y un gran sentimiento de vacío llenara mi alma, es uno de esos días de otoño en que todo se torna gris y uno está triste sin saber muy bien por qué.

Al llegar a la cocina arrastrando las zapatillas veo de nuevo al gato mirando hacía lo que se ha convertido en una costumbre, ya estoy intrigado, no entiendo su comportamiento y decido navegar por internet tratando de encontrar una respuesta. Me detengo en una página sobre gatos en la que hay un foro, y donde uno de los comentarios llama mi atención, es de una tal Rosa y dice así: “Estoy preocupada porque mi gato, Bros, lleva una semana con la mirada fija en el techo de la habitación de invitados, justo después que la dejara Jose Antonio, un amigo de mi novio que vino a Vigo a pasar unos días. No deja de mirar al techo y cuando le llamo sale corriendo, como si algo le hubiera asustado ¿Alguien sabe qué puede tener?”

Hay una respuesta dos días después, de una tal Soledad que dice que los gatos tienen la capacidad visual mucho más fina que los humanos y son capaces de captar sutiles movimientos que nuestros ojos no pueden ver. Habla también que los egipcios creían que los gatos tenían la capacidad de hablar con los muertos y eran transmisores de sus últimas voluntades. Leo con atención que Rosa escribió un comentario un día después y lo que leo me deja helado: “No creía lo que decías Soledad, pero hoy mi novio me ha dicho que Jose Antonio está muerto, se ahogó hacía una semana y hoy lo han encontrado”.

Vuelve la tos seca, me alejo del ordenador aún impresionado por lo que acabo de leer. Me siento en el sofá y miro hacia la cocina, la puerta está entreabierta, en un ángulo en que se ve reflejada la parte superior del armario, el punto donde Dorian lleva mirando hace días y mi corazón parece pararse al darme cuenta que lo que se refleja en la puerta es un cuerpo que flota casi pegado al techo de la cocina, no tardo en identificarlo: soy yo.

One thought on “Relato: Ojos de Mensajero”
  1. […] Observo como mi gato se desliza silenciosamente atravesando el salón y se encamina de forma elegante hacia la cocina. No sabe que está siendo observado ¿o sí? Porque en su andar se me antoja un carácter presumido y altanero, como queriendo ser observado continuamente, pero dando la impresión de ser del todo autosuficiente. Sonrió y descuidadamente regreso al programa anodino que está en la televisión, de esos que tienen la capacidad de sustraerte de la realidad pero que a los pocos segundos de dejar de verlo lo has olvidado, dada su escasa transcendencia en tu pulso vital. Prefiero mirar al gato que ya ha penetrado en la cocina y observo con cierta sorpresa como mira fijamente algo, su mirada está puesta en un armario, más exactamente en la parte de arriba de un armario, cerca del techo. No se mueve, esta absorto, como si hubiera visto algo que llamara poderosamente su atención, pero en el lugar donde tiene puesta su mirada felina no hay nada. Sigue leyendo → […]

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