David Casado Aguilera

Home / Relato / Relato: La cruz de San Antonio

Relato: La cruz de San Antonio

Relato, David Casado Aguilera

LA CRUZ DE SAN ANTONIO

El grupo de amigos llega hasta la cruz, un lugar al que se le llama así por su enorme cruz de madera que fue instalada allí, a las afueras del pueblo, para bendecir los campos y también para ser el lugar hasta el cual se llega cuando sacan al santo, durante las fiestas patronales.

El grupo de amigos lo componen cinco chicos y cuatro chicas, de entre quince y dieciocho años. Se conocen de toda la vida. Cada año han veraneado en ese lugar, un pequeñito pueblo al sur de la provincia de León. Les gusta, cuando llega la noche, ir hasta la cruz para beber alguna cerveza y fumarse un cigarro fuera de las miradas de los adultos. Es un lugar muy cerca de la carretera, a medio kilómetro del pueblo y situado en un pequeño montículo, cuyo punto más alto está encumbrado por la cruz.

Esa noche no tiene nada de especial, salvo que el cielo está encapotado y no es posible ver una sola estrella, y la pálida luz de la luna apenas es un reflejo muy lejano. La oscuridad es total, por eso colocan en la base de la cruz cuatro pequeñas velas que pudieron extraer de la iglesia.

No corre el viento, es una calurosa noche de inicios del verano, los nueve muchachos están animados, en poco más de dos meses llegarán las fiestas del pueblo y entre risa y risa comentan que harán este año. Quieren comprar bebidas, pero como siempre tendrán que agudizar el ingenio para saltarse la vigilancia de sus padres, que afortunadamente en verano, siempre tienden a bajar la guardia. Alfredo, uno de los más mayores del grupo, cuando ya han acabado algunas botellas de cerveza, comenta que podrían contar historias de miedo, a nadie se le escapa que es para atemorizar a las chicas y que éstas se vayan acercando a la protección de los chicos, con la escusa de esas viejas historias que prácticamente ya no asustan a nadie, ya que siempre son las mismas, pero esa noche será diferente, ya que Javier, propone explicar una historia que le contó su abuelo, hace algunas semanas. Nadie dice que no, incluso hay algunas burlas hacia Javier, que muy serio comenta que esa es una historia real y que sucedió cuando su abuelo era apenas un niño. David intenta silenciar a todos, y pide que se escuche a Javier. David mira atentamente donde está sentada Marga, ya que desde siempre le ha gustado y está decidido a decírselo este verano.

Javier, cuando todos se han callado, inicia la historia que le contó su abuelo y se la contó así:

Hace muchos años, cuando apenas éramos unos mocosos sucedió un acontecimiento que hizo temblar los cimientos más profundos de este pueblo y que en estos días han quedado en el olvido, acordándose tan solo viejos como yo, a quien de momento la memoria no les falla y lo recuerdo como lo más horrible de mi vida. Era un día de junio, exactamente el día de San Antonio, cuando veníamos de cargar la cebada en unas mulas escuché un grito desgarrador, era un grito de mujer. Al acercarnos pudimos ver el motivo por el cual aquella mujer estaba siendo sacudida por un ataque de histeria: su hijo había sido devorado por las alimañas. Encontramos restos ensangrentados, apenas se podía distinguir que eso que estábamos mirando, antes había formado parte de un cuerpo. Era un amasijo de ropa ensangrentada y pedazos de carne, no había duda, ese niño había sido pasto de animales salvajes, tal vez lobos. Se le enterró cristianamente y al cabo de los días la normalidad regresó al pueblo.

Un año más tarde, en la misma festividad de San Antonio, dos hermanos desaparecieron, tenían diez y once años, eran mayores que yo. Los buscamos por todo el pueblo, por los alrededores, por el monte, hasta que al padre Tomás se le ocurrió ir a buscarlo donde se habían encontrado los restos de aquel niño, justo un año antes. El hallazgo fue espantoso, el padre Tomás regresó al pueblo con el rostro impávido, blanco como el papel de fumar, que contrastaba con la negrura de su sotana. Se introdujo en la iglesia y salió con un recipiente, todos le seguimos hasta donde estaban los dos cuerpos, o más bien lo poco que quedaba de ellos. Recuerdo las nauseas que sentí al ver aquellos cadáveres despedazados. Los adultos hicieron un círculo del que me alejaron, pero pude ver como el padre Tomás rezaba y echaba sobre los restos lo que había en el interior del recipiente metálico, era agua bendita.

Todo el pueblo se reunió en la casa del alcalde, yo no pude entrar, así como el resto de niños, pero estábamos fuera, arrimados a una ventana y pudimos escuchar todo lo que allí se dijo. Se hablaba de maldiciones, del diablo, de bestias, de viejas leyendas, de malos augurios. Se decidió quemar ese pedazo de monte y construir una gran cruz en el punto donde se encontraron los cuerpos. Se dijo que nadie hablaría de ello jamás y que se diría que el motivo de la construcción de esa cruz era para bendecir los campos y en honor a San Antonio. Desde entonces ya nunca jamás se celebró esa festividad, trasladándose las fiestas del pueblo, al mes de agosto.

Todos permanecen en silencio, la historia les ha resultado mucho más terrorífica de lo que habían imaginado. Tras esos segundos de acongojo, surgen las primeras risas nerviosas y los primeros comentarios tratando de esconder un nerviosismo evidente. Alfredo dice que nunca había escuchado esa historia, que sin duda se la acababa de inventar, Javier dice que no, que se la ha contado su abuelo, pues seguro que tu abuelo se la ha inventado, responde Alfredo. Un momento, dice una de las chicas, que día es San Antonio, el trece de junio responde otra de las muchachas. Todos callan, nadie quiere decirlo, hoy es la noche del trece de junio.

Un escalofrió recorre la espalda de cada uno de ellos. En ese silencio pueden apreciar nítidamente los sonidos de la noche: el viento, que se ha levantado, ululando por las copas de las sabinas, los grillos y el crujir de las piedrecillas bajo los zapatos de alguno de ellos, por lo demás silencio, un silencio que asusta. De repente las velas se apagan, debido, probablemente, a la acción del viento, que de forma súbita ha hecho acto de presencia, las chicas gritan y alguno de los chicos también. Uno de ellos se levanta, todos le siguen, y en pocos segundos, caminan a rápidos pasos por la carretera que les ha de llevar bajo el refugio de las luces del pueblo.

Llegan resoplando debido al esfuerzo, los rostros pálidos como la débil luz de la luna. Ninguno habla del tema, todos se miran cuando llegan a la casa de Alfredo. Permanecen sentados, en el banco de piedra que hay junto a la puerta, sin musitar palabra, tan sólo con los propios pensamientos de cada uno,  le están dando vueltas a la historia que ha contado Javier.

Julián es el primero en romper el hielo, es el más bromista, el más jovial y con sus comentarios jocosos intenta recuperar el buen humor, que no tarda en regresar. Deciden jugar a un juego, uno de esos que intentan mezclar verdades y pruebas. Cada uno de ellos tiene la disyuntiva de elegir entre decir la verdad a una pregunta, generalmente muy indiscreta, o hacer una prueba. Es el típico juego para acabar besando a una chica.

A medida que avanza el juego, las risas y la camaradería recuperan su lugar entre los jóvenes. Hasta que le llega el turno a David, ante el miedo que le pregunten por sus sentimientos hacía Marga, se decanta por la prueba, y precisamente es Marga quien debe decidirla. La chica mira a David pícaramente, ella sabe de sus sentimientos del chico hacia ella, lo que David no conoce es que Marga no siente lo mismo y tan sólo quiere burlarse de él. Le dice de forma gélida que la prueba a realizar consiste en ir solo a la cruz y estar allí durante media hora. Todos expresan su sorpresa ante lo que acaba de decir Marga, ella simplemente sonríe impávida y sin dejar de mirar a David.

Javier dice que no es necesario, que puede escoger verdad, que Marga se ha excedido, lo mismo comenta María, la prima de David. Todos dan por hecho que Marga se va a retractar, pero ella continua en silencio y mirando de forma desafiante a David. El silencio puede cortarse con un cuchillo, alguien insinúa que ya es tarde, que den por finalizado el juego, pero nadie se levanta. David siente la presión de la mirada de Marga, piensa que está pidiéndole una prueba de amor, sin sospechar que está riéndose de él y esperando a que se acobarde delante de todos, pero David no se amedranta, se levanta y dice que va a ir a la cruz. Nadie dice nada, no creen que realmente se atreva.

Cuando ya está en la carretera, Marga se levanta y le da el pañuelo que llevaba atado al cuello, toma átalo en uno de los extremos de la cruz, así mañana sabremos si has llegado hasta allí. David da un suspiro y coge el pañuelo. Camina sin echar la vista atrás y desaparece en medio de la oscuridad de la noche, que lo engulle sin dejar rastro de él.

Marga regresa junto a los demás sonriendo, piensa que en cinco minutos David aparecerá con la cabeza baja y muerto de miedo, sin haberse atrevido siquiera a llegar a las afueras del pueblo. Pero el tiempo pasa y David no regresa. Cuando ya ha pasado media hora María dice que va a ir a buscarlo, todos se levantan menos Marga, que dice que ya es tarde y que se va  a dormir. Todos la miran con desprecio, no imaginaban las sombras que albergaba su corazón. Ante esas miradas Marga decide ir con ellos a regañadientes. Cogen linternas para poder alumbrarse durante el camino, ya que la noche es muy oscura.

Durante el paseo nadie dice nada, tan sólo se escuchan los pasos arrastrarse por el asfalto caliente de la carretera. Cuando llegan a la cruz las manos temblorosas de quienes sujetan las linternas enfocan hacia ella. No hay nada. Tampoco el pañuelo de Marga. Gritan el nombre de David, pero nadie responde.

Marga dice, lo sabía, seguro que ahora está en su casa riéndose de nosotros. Pero tendría que haber pasado por delante de casa de Alfredo, no, no necesariamente, puede haber dado la vuelta por la fuente y llegar a su casa sin pasar por donde estábamos. Es cierto, podía haber hecho eso. Nadie lo discute, deciden marcharse a casa, pensando que David les ha jugado un mala pasada, haciendo que fueran ellos, los que finalmente habían ido a la cruz.

A la mañana siguiente, María ha ido casa por casa de cada unos de ellos, con los ojos llorosos y muerta de preocupación, sus tíos han ido hasta su casa preguntando por David, ya que no ha dormido en casa. Todos se miran, nadie quiere decir lo que están pensando. Marga mira al suelo, para no recibir las miradas incriminatorias que le están lanzando.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

To get the latest update of me and my works

>> <<