David Casado Aguilera

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Relato: El payaso triste

Maquillando el dolor, relato, David Casado Aguilera

 

 

 

 

 

 

 

El payaso triste. Maquillando el dolor

Benito deja sus dos pequeñas maletas de cartón sobre la vieja e inestable mesa que le han dispuesto frente al espejo agrietado y ennegrecido por el paso de innumerables rostros, todos anónimos y sin voz y en el que apenas puede ver su reflejo. Eres espejo porque existo piensa malhumorado. Observando su rostro frente a él no logra reconocerse, sus ojos apagados albergan toda la tristeza de la que es capaz de contener una mirada. Las bolsas moradas que cuelgan de sus ojos opacos indican que lleva varias noches sin poder dormir, es el peso de la vida suspira. ¿Cuántas cicatrices es capaz de soportar un ser humano? De las que dejan rastro sobre la piel todas las que hagan falta, pero las que dejan su huella en el alma no muchas, porque el dolor que producen es insoportable.

Benito piensa sí el dolor es lo único que le mantiene vivo, el único hilo que le une a eso que llaman vida, pero Benito apenas siente ya el dolor, son mucho más perceptibles los recuerdos, esos destellos del pasado que aparecen fugaces y a la vez continuos, como el relámpago que apenas dura un segundo, sin embargo su reflejo es capaz de permanecer en la retina durante más tiempo.

Se sigue buscando en ese rostro despeinado, serio, enjuto y triste y lleno de arrugas, esas marcas que indican el paso del tiempo y la escasez de una sonrisa que suavice una cara que hace tiempo olvidó lo que es sonreír. No recordaba en qué momento dejó de sonreír, probablemente en el momento en el que dejó de amar, en el momento en el que murió su amor, Soledad. Qué ironías tenía la vida, su amada, su mujer, se llamaba soledad y ahora que no estaba, comprendía toda la profundidad de su significado.

Es cruel ese contraste entre el silencio casi litúrgico que conlleva su preparación y su propia tristeza con la algarabía procedente del exterior. Al otro lado del pequeño camerino que le han dispuesto, discurre el griterío acostumbrado. Risas, aplausos, patadas contra la madera que indican expectativa, inquietud, sorpresa, alegría…todas esas emociones que ya no es capaz de sentir, sin embargo su obligación es crearlas, producirlas, provocarlas en toda esa gente que le está esperando y que piensa que nunca ha conocido el dolor, que nunca ha estado triste, que su vida debe ser una alegría continua, un chiste sin fin, una fiesta en la que él es el principal invitado. No conocen su rostro al apagarse las luces, al bajarse el telón. Es una mentira, una ilusión, pero ¿de qué sino de ilusiones se compone su vida?

Abre despacio la maleta más pequeña, como si tuviera miedo de encontrar en su interior todos sus pecados no redimidos. Poco a poco extrae los tubos, las cajitas, los polvos que necesita para crear su otro yo, su alter ego, su disfraz para olvidar durante un pequeño espacio de tiempo quién es. Nota su piel áspera, es viejo y está cansado.

Se pregunta ¿Cómo se puede maquillar el dolor? ¿Cómo disimula la tristeza? ¿Qué colores son capaces de tapar el blanco y negro de la melancolía?

Al otro lado de la lona le esperan un ejército de niños que buscan en él un momento de alegría, una carcajada por un gesto, por un tropezón o simplemente no haciendo nada pero haciéndolo todo. Desde que Benito tiene uso de razón, ha sido un payaso, nació y creció en el circo de su abuelo. Su padre quería que fuera domador de leones como él mismo y el abuelo, pero Benito quería ser payaso. Para él ser payaso era el mejor trabajo del mundo, poder ser capaz de hacer reír, de hacer soñar, de formar parte de algo mágico… ¿Qué podía haber con más poder que eso? Su corazón se alimentaba de sonrisas, pero ahora su corazón está vacío y en sus rincones solo es capaz de escuchar silencio, un silencio vacuo, sin eco y frío como una aguja. ¿Cómo sería capaz de provocar sonrisas si apenas recuerda cómo era una?

Antes de empezar a maquillarse Benito deja escurrir por su rostro seco por el polvo y amaneceres en soledad las últimas lágrimas que es capaz de derramar. Esa es la última noche, su última actuación, nadie quiere contratarle y el está cansado de fingir, de engañar. Se maquilla con toda la parsimonia de la que es capaz, recordando cada momento de su vida, cuando era feliz, cuando hacer reír no era tan duro, cuando ser payaso tenía un sentido, cuando tenía que maquillar un rostro y no el dolor. Le avisan que faltan cinco minutos para su actuación, asiente en silencio, como todo lo que ha hecho en los últimos años. Se mira una vez más en ese espejo que parece burlarse de él, baja la mirada ante el peso de la culpa, pero enseguida levanta la cabeza, ya no es Benito, es un payaso y debe dejar su pena atrás, en un cajón de su camerino. Camina con paso firme, con sus enormes zapatos rojos, sus ropas de holgadas y de colores vivos, su peluca de color verde y en su rostro la más grande de las sonrisas. Ve la luz tras la lona, imagina todo esos rostros pendiente de él, casi es capaz de escuchar como todos esos niños aguantan la respiración para romper en aplausos en cuanto salga al recinto. Sale con la intención de recolectar en su memoria todos esos aplausos, de guardar cada una de las últimas risas que escuchará, de ser por última vez un payaso.

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