David Casado Aguilera

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Relato: La muchacha que trabajaba en la tienda de ataúdes

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La muchacha que trabajaba en una tienda de ataúdes

Ese chico hace días, incluso semanas, que pasa por la calle y se queda mirando hacia el interior, como si quisiera traspasar el cristal del escaparate, pensó  Clara al observar el rostro impávido del chico al otro lado del cristal. Clara se extrañó, porque no era muy común que la gente se detuviera a mirar el escaparate, más bien miraban hacia otro lado, incluso los había que aceleraban el paso, como si una terrible maldición los persiguiera. A Clara no le gustaba estar en la tienda, pero desde que cumplió los dieciséis años, su padre le insistió en que debía ayudar en el negocio familiar, especialmente desde que murió su madre. Desde entonces su padre parecía un alma en pena, casi no hablaba, permanecía en la trastienda, puliendo la madera, con la mirada perdida y sus pensamientos flotando en el aire como si fueran mariposas que hubieran perdido todo su esplendor. Clara agradecía que la dejara sola, le turbaba tanta tristeza, se sentía agobiada por los suspiros agónicos que a cada minuto exhalaba su padre. Pero lo peor eran los silencios, eternos como la soledad del condenado. Clara intentaba para contrarrestar esa tristeza que flotaba en el ambiente, viajar a otros lugares, imaginaba que estaba al lado del mar, debajo de una palmera y sobre la fina y blanca arena de una playa tropical, de esas que podía leer en sus novelas de aventuras y piratas. Cualquier excusa le servía a Clara para alejarse de aquel lugar, el lugar más triste del mundo pensaba, no podía ser de otra manera, tratándose de un negocio de ataúdes.

Qué triste se le ve, pero qué bonita es, su pelo rubio como un campo de trigo en verano, pensó Mario cuando su mirada se posó sobre aquella muchacha de mirada melancólica y ademán triste. Hacía un mes que cada día pasaba por delante de la tienda de ataúdes y se quedaba mirando a aquella muchacha, que sin saberlo le había robado el corazón. Era tan hermosa, pensaba Mario. Imaginaba su voz, suave como una larga tira de terciopelo azul. Deseaba oír esa voz que tanta veces había imaginado, pero no sabía qué hacer, no podía entrar en una tienda de ataúdes y preguntar sobre un ataúd, si fuera un negocio de mesas, pensaba Mario, pero ataúdes, nadie entra preguntando precios en una tienda de ataúdes. Y como cada tarde, después de ver a su enamorada, se marchaba cabizbajo, calle arriba, con las manos en los bolsillos y un suspiro de desesperanza que dejaba ir con delicadeza, como el aleteo de un pajarillo intentando refugiarse de una tormenta.

Es guapo, pero parece tan tímido, cómo se llamará, pensaba Clara mientras veía el rostro del muchacho mirando con esa mirada que dejaba ver cierta ansiedad, pero camuflada tras un velo transparente de timidez. Como cada tarde, a la misma hora, Mario miraba a través del cristal, tratando de encontrar a Clara, tras el mostrador, y tras esquivar los ataúdes que se interponían entre ambos. Clara imaginaba miles de nombres, cada uno más extraño, tratando de cubrir sus historias de un cierto exotismo. Alguna vez miraba hacia atrás, no quería que su padre la viera mirando a un extraño. Mario bajó la mirada al verse observado, dio media vuelta y se escabulló de aquella mirada azul que trataba de adivinar cómo se llamaba aquel muchacho de rostro pálido como la luz de la luna llena.

Una mañana su padre corría angustiado de un sitio a otro, tirándose de los pelos, nervioso, tocando todos los ataúdes que tenían en el mostrador y entrando y saliendo de la trastienda. Clara lo miraba entre divertida y preocupada, qué le pasaría, pensaba. Se ha declarado una epidemia en la ciudad, logró exclamar al fin el padre que no dejaba de pasear a grandes zancadas por el interior de la tienda. Una epidemia, preguntó Clara, asustada, sabía lo que esa terrible palabra significaba, la última epidemia se había llevado a su madre querida. Y también sabía que el trabajo de su padre, el suyo también, se multiplicaría y que debido a la demanda la trastienda se llenaría de cadáveres, a los que la señora Lourdes se encargaría de maquillar para dejarlos presentables el día de su funeral. Su padre insistía a Clara para que ayudara a la señora Lourdes en esa tétrica tarea, pero Clara se negaba en redondo una y otra vez. Eso sí que no, le decía a su padre, no quería tener ningún contacto con los cadáveres, pero sabía que no podría negarse siempre. La mirada de Mario fija en su angustia la sobresaltó, dio un respingo hacia atrás y casi se estrella con las estanterías que tenía a sus espaldas. Mario, consciente que la había asustado abrió la boca y alzó la mano, tratando de pedir disculpas, pero la distancia que los separaba no permitía ningún atisbo de comunicación. Clara quiso en ese momento salir de la tienda, agarrar la mano de ese muchacho e irse muy lejos de allí con él. No sabía su edad, ni donde vivía, ni siquiera su nombre, pero había contemplado en aquella mirada tímida y esquiva la llama que hacía latir su corazón mucho más rápido de lo acostumbrado.

Mario en ese instante había pensado exactamente lo mismo, entrar en la tienda, agarrar a esa muchacha e irse a otra ciudad, a otra vida, a otro mundo. Pero aquel breve encuentro duró lo que dura el reflejo de un relámpago. Mario bajó la mirada y desapareció calle arriba, con los ojos de Clara clavados en la espalda, como un castigo, como una condena. Clara, al ver alejarse a Mario, se hizo la promesa que al día siguiente saldría y le preguntaría su nombre, escucharía su voz.
Al día siguiente no apareció el muchacho, Clara miraba nerviosa hacia el exterior, pero no había rastro de él. Tampoco al día siguiente, ni al otro, ni al otro.

Qué hermosa eres, me moría por ver de cerca el color de tus ojos, le dijo Mario, son azules, como el mar cuando está en calma, como el cielo de noviembre, y tu pelo, dorado, como un tesoro perdido. Clara lo miraba, con lágrimas en los ojos, sentía tanto amor que sentía como un agudo dolor atravesaba su cuerpo en dos. Por fin me dirás cómo te llamas, he esperado tanto, me he imaginado tantos nombres, le dijo Mario, no llores, ahora que te tengo enfrente no voy a mirarte nunca más detrás de un cristal. Clara lo miraba, no podía dejar de observar aquellos ojos llenos de timidez que un día le sorprendieron al otro lado de un fino cristal. Seguía sin saber su nombre, una lágrima que se arrastró por su mejilla se posó sobre el pecho inerte de aquel muchacho de rostro blanco como la luz de luna llena al que nunca podría escuchar su voz. Clara cerró el ataúd y suspiró un adiós tan débil que su voz tembló como una llama de una vela al amanecer.

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