David Casado Aguilera

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Relato: Mirada azul

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MIRADA AZUL

Subo por los escalones de madera que me llevan a la tarima, ésta cruje como si llevara años en el mundo, corroída por las termitas o por el simple e ineludible paso del tiempo, pero sin embargo fue construida en apenas dos días. La plaza está como siempre, su perfil circular y rodeada de los edificios más importantes del pueblo, pero con más gente de la acostumbrada, es normal, el acontecimiento se lo merece. Podría sentir los nervios atenazándome, como aquel día que di el discurso para dar comienzo a las fiestas de carnaval, cuanta alegría y algarabía o cuando el pueblo confió en mí para ser su alcalde, ese día si fue grande, a partir de ese momento he dado cientos de discursos, pero sin duda, ninguno será como este, sin embargo ahora no siento ninguna intranquilidad, observo el cielo y respiro profundamente el aire de septiembre procedente de las montañas. Pronto llegará el frío.

Por uno de esos milagros incomprensibles cuando vuelvo a alzar la mirada la plaza está totalmente llena, no pensaba que aún podía tener este poder de convocatoria, han sido muchos años como alcalde. Algunas de esas miradas son de curiosidad, otras de gran expectativa, como si lo que tuviera que decir fuera algo trascendental que contar a sus nietos dentro de muchos años al abrigo del calor de un fuego en lo más crudo del invierno. Otras simplemente son de desprecio, nunca he gustado a todos, nunca he cautivado a todos, algunos incluso me han odiado, otros simplemente me desprecian, y esos sentimientos puedo verlos claramente ahora, en el momento que han desaparecido las máscaras, el seguimiento de antaño por parte de algunos ha sido hipócrita y falso a un líder que siempre hizo todo por hacer de las vidas de aquellos que ahora le miraban algo mejor, promesas sí, muchas, pero ¿qué esperaban? dicen que las promesas o más bien las palabras se las lleva el viento, pero fueron aquellas promesas gritadas con palabras rimbombantes y de raíces profundas las que me dieron el poder. Desde la noche de los tiempos el hombre ha ansiado el poder, por qué iba yo a ser diferente.

Carraspeo, como dando una señal a la audiencia que va a comenzar mi discurso, he tenido toda la noche para preparármelo, pero sin embargo he estado pensando en otras cosas, en tu pelo, en tu cuerpo, en tu aliento cálido y trémulo que consiguió llevarme al éxtasis. Tus ojos azul melancolía, azul tristeza que derivó en azul hielo. Tu madre me mira con la fijeza que da el odio, expectante por lo que tengo que decir, sonrío, quizás una sonrisa cansina, debido al peso de mis pensamientos, mis recuerdos, tus palabras, tus gestos, tu silencio, tu quietud, mi felicidad efímera y fugaz. Nunca me entendiste, no supiste ver cuánto te amaba, no era la primera vez, antes muchas también me hicieron sentir la soledad como un frío puñal atravesando mi alma, pero tú eres especial, ninguna me dio todo lo que tú me diste. Me miras con esa profundidad azul, tú también estás atenta a lo que voy a decir, si supieras lo que te he amado, tu deberías subir aquí y ahora y hablar a toda esta gente, tu deberías explicar como me engañaste, como me traicionaste. Pero soy yo el que ahora debo dar las explicaciones, cuántas veces voy a tener que decirlo. Anoche ya lo expliqué a aquellos dos hombres. No tengo que dar explicaciones a nadie, ¡soy el alcalde, coño!

Hace calor, el sol está en la cúspide que señala el mediodía, me ciega, intento bajar la mirada, no mucho, no vayan a pensar que estoy arrepentido o apesadumbrado por lo acontecido. Os miro desde arriba, desde el que ha sido mi lugar, por encima de vosotros. Vuelvo a mirarte, estás tan hermosa, como la última vez que te vi, anoche, cuando te encontré en el callejón, cuando te acompañé a aquel rincón y te besé, pude ver el miedo en tus ojos, ¿Por qué gritaste? azul cuchillo, azul acero, rojo muerte, rojo suspiro, rojo silencio.

Decido no decir nada, para qué, nadie comprendería nuestro amor, que ahora va a ser eterno ¿últimas palabras? no, mejor la incertidumbre del silencio. Dejo que el verdugo pase la soga por mi cuello, está áspera, la tarima vuelve a crujir, alzo la vista, observo el cielo y respiro profundamente el aire de septiembre procedente de las montañas. Pronto llegará el frío.

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