David Casado Aguilera

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Relato: Los amantes

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Los amantes

Caminan con el paso que marcan los latidos de sus corazones, al unísono, como si fuera uno solo, un corazón ajado por el paso de recuerdos y olvidos, de la mano, como siempre, calle abajo, mientras las primeras hojas del otoño caen balanceándose con el movimiento irregular del viento. Ella los observa curiosa, intrigada, siente atracción por esa pareja de ancianos que camina a paso lento, como si tuvieran miedo que el suelo fuera a desaparecer de un momento a otro y los engullera para siempre. Siente algo parecido a la admiración, a la envidia por ver un recuerdo palpitante de todo lo que ella nunca fue, sin embargo siente cierto regocijo infantil al observar lo prohibido, de sentirse segura tras esa esquina, y no se cansa de fijarse en los gestos de amabilidad de él, la mirada cansada pero aún con cierto destello de tiempos pasados de ella. Decide seguirlos, una vez más, y recordar cuando los vio por primera vez, hace ya muchos años.

Era primavera, el tiempo en el que florecen las raíces más profundas y se enredan entre los dedos como el cabello negro de ella, mientras él le agasajaba con sus mejores frases, que había estado ensayando en la penumbra de su habitación de un motel de las Ramblas, nido pasajero, mientras ahorraba sus primeros sueldos repartiendo periódicos, noticias buenas y malas, más malas que buenas, eso no ha cambiado, y ella sonrió, paso preciso y precioso previo a la risa que les envolvió como una transparente pero irrompible pompa de jabón, en el momento en el que el resto del mundo desapareció y ellos eran los únicos habitantes de un mundo creado con los ladrillos de una mirada verde, la de una joven estudiante de enfermería, cuya estricta educación le había hecho rechazar una y otra vez a aquel cansino joven de risa franca y modales torpes pero de mirada dulce y palabras amables y su voz, una voz que le recordaba la corriente de un río repleto de agua brava y vigoroso devenir. Poco a poco ella, la joven estudiante de enfermería, fue cediendo a sus encantos, a sus pestañas largas como una agonía y sus labios turgentes y nacidos para ser besados.

Ella los observó desde aquel primer día, enamorada de su amor, testigo de mil caricias, de temblorosos espasmos de juvenil sexualidad, del paso inexorable del tiempo, de las arrugas que fueron instalándose en sus cuerpos, como si fueran marcas de sus días pasados en el mapa de la piel, al lado de la carretera de lunares de la espalda de él y que ella no fue capaz de contar jamás. Años de confidencias hechas murmullo como el suave aleteo de una mariposa, lágrimas de alegría y tristeza como las dos caras de una misma moneda. Día tras día, noche tras noche, pasaban los años que eran segundos, pasaba la vida convertida en suspiro fugaz. Siempre de la mano, pensando en que esquina se les quedó olvidada su juventud, calle abajo, camino hacia el mar y una vez allí, en el puerto, se sentaban en el mismo banco de madera, mirando al infinito azul, como el azul-verdoso de sus ojos en los que él naufragaba cada atardecer como un barco pirata zarandeado por la tormenta y el acoso y derribo de un galeón inglés.

El pelo se tornó del color del rayo de la luna llena y al despertarse el encuentro de la misma mirada, pero más transparente, más limpia, sin reproches, sin mentiras, sin promesas de mañanas por venir, sólo luz, todo un mundo verde, infinito como un cielo limpio de nubes y de malos presagios. Se levantaron esta mañana y salieron a la calle, de la mano, como siempre, mientras ella los observa, conmovida y con paciencia infinita de la que sabe que el tiempo siempre juega a su favor.

Decide que ambos partirán en el mismo momento. Los vío caminar desde el primer día por el sendero trémulo y opaco de la vida, y es ahora cuando la muerte, segura de sí misma e insegura por todo lo que no tendrá, decide llevarse a aquellos amantes que siempre caminaban de la mano, calle abajo, camino hacia el mar.

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