David Casado Aguilera

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Relato: La dama de blanco

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La dama de blanco

Roberto sale de casa de Valentín a trompicones. Se encuentra en un avanzado estado de embriaguez, pero ese no ha sido el motivo principal por el que abandona la fiesta. Lucero no ha ido y eso le ha molestado sobremanera. Pensaba que estaría en la fiesta, seguro su hermana no le dejo ir, sonríe maliciosamente Roberto mientras le da una patada a una lata que provoca que unos perros ladren en la lejanía y se rompa el silencio que cubre el pueblo a esas horas de la noche.

Roberto es lo que se llama un mujeriego. Ya han sido varias las mujeres del pueblo que han pasado por sus brazos, y su cama. Lo más complicado de esa perniciosa actividad es no levantar sospechas, especialmente entre los barones del lugar. Muchos lo matarían si se enteraran lo que hace con sus esposas, hermanas, sus hijas o sus nietas. Lo cierto es que cuando logra que ellas cedan a sus deseos pierden todo su esplendor y encanto, pero hasta ese punto puede cometer las mayores locuras, y ya han sido varias las veces que ha estado a punto de tener un serio percance.

Esta noche Roberto está muy molesto, le habría gustado intercambiar algunas palabras con Lucero, de menos alguna mirada, piensa. Sus ojos negros llenos de timidez que se esconden bajo cada parpadeo de disimulada coquetería le están volviendo loco. Nunca antes se le había resistido tanto una mujer, pero eso es lo que le hace interesante a Lucero, su resistencia, su estoica actitud y la perseverancia de su silencio. Roberto conoce a la perfección esa comunicación gestual, ese intercambio de miradas, sabe que Lucero es receptiva, que sus negaciones están camufladas bajo un manto de calculada falsedad, sabe jugar y eso es lo que más placer le da a Roberto.

Camina con Lucero clavada en sus más profundos pensamientos cuando llega al río que cruza el pueblo transversalmente. Su casa está al otro lado del río. Observa que está bastante alejado del puente. Ha deambulado sin saber muy bien por donde iba, entre las cervezas y Lucero parece que ha perdido el rumbo. A estas alturas del año tampoco baja mucha agua, piensa Roberto que no tiene ganas de ir hasta el puente. Mejor voy donde el caudal está más bajo y cruzo el río a pie, decide.

Antes de reanudar su marcha Roberto mira al cielo, hay luna llena, hace una noche preciosa, piensa mientras intenta contar todas las estrellas que se han desparramado por el cielo, imposible tenerlas a todas, suspira cuando comienza a caminar río abajo, con la intención de llegar allá donde las mujeres lavan la ropa.

Justo donde el río se estrecha y forma unas pequeñas balsas de agua transparente y tranquila las mujeres lavan la ropa. Casi todas las mañanas puede vérselas allí. Roberto acompañaba a su madre cuando era pequeño porque le gustaba bañarse en el río mientras su madre frotaba y frotaba la ropa con la pastilla de jabón. De vez en cuando las mujeres cantaban alguna canción dedicada al santo del pueblo, o alguna copla, o cuando pensaban que nadie las escuchaba las canciones subían de tono y las letras se tornaban bastante picantes.

Aún las mujeres lavan la ropa en ese tramo de río, aún se les puede escuchar cantar. Pero eso se produce en las mañanas, antes del mediodía, por eso a Roberto le extraña ver lo que parece la silueta de una mujer inclinada sobre el río. Roberto se detiene sobresaltado. Se encuentra a varios metros de distancia, se frota los ojos, ya que piensa que puede ser una visión provocada por la cerveza, o tal vez las sombras causadas por la luz plateada de la luna sobre la copa de los árboles, pero la silueta continua en el mismo lugar, parece que no se mueve, aunque fijándose un poco más Roberto ve como sus manos se mueven ligeramente dentro del agua, ¿qué mujer va al río a lavar la ropa a estas horas?, se pregunta sorprendido por el hallazgo.

El sobresalto da paso a la sorpresa y ésta a la curiosidad. Roberto se acerca despacio a la mujer tratando de averiguar de quién se trata. Lleva una especie de velo blanco sobre la cabeza, toda ella parece estar envuelta en una capa blanca que se refleja con la pálida luz de la luna llena. Es como un traje de novia, pero antiguo, le recuerda a las fotos de la boda de su abuela. La curiosidad de Roberto se incrementa ante la pasividad de la mujer, que no deja de mirar atenta las aguas a pesar de la cercanía de Roberto, una actitud como mínimo sorprendente.

-Buenas noches señora- dice Roberto de forma cortés cuando llega a la altura de la mujer. Ahora puede observarla mejor, a pesar de ello, no logra verle el rostro, ya que está con la cabeza agachada como si algo se hubiera caído al fondo del río y lo estuviera buscando. La mujer no contesta, es más, parece no reparar en la presencia de Roberto, está abstraída en el discurrir de las frías aguas. Roberto observa que no parece estar lavando ropa, pero sin embargo tiene las manos dentro del agua. A pesar de ser una noche bastante calurosa de mediados de junio, el agua baja gélida de las montañas. Roberto recuerda cuando se bañaba de niño lo fría que estaba el agua y como salía tiritando, especialmente en abril y mayo, justo cuando viene el deshielo.

-Buenas noches Señora, ¿no es un poco tarde para estar lavando la ropa?- pregunta Roberto una vez ha carraspeado para aclararse la voz, pero la señora sigue sin inmutarse. Se encuentra de rodillas y con la mirada hipnotizada en las aguas. A pesar de que el aire mueve sus ropas blancas Roberto creé intuir una hermosa figura, pero aún no sabe de quién se trata. Ni siquiera puede ver el perfil de su rostro que sigue oculto bajo el velo que tiembla levemente a causa del viento.

-¿Necesita ayuda?- insiste Roberto tratando de arrancar una respuesta o un simple gesto de la misteriosa mujer que actúa como si estuviera sola. Su actitud extraña a Roberto, ya que en el pueblo todos se conocen, todos se saludan, a pesar de que hay envidias, odios y rencores como en todos los rincones del mundo. Quizás no es del pueblo, piensa Roberto, pero eso no podría ser, el pueblo más cercano está a dos horas caminando o a una hora en burro y a esas horas…

-Le puedo ayudar si usted quiere, ¿dónde vive?-. La mujer permanece impertérrita. Roberto está agotando su paciencia. Su instinto le indica que debería seguir su camino y dejar a esa mujer haga lo que haga en el río a esas horas, pero no puede dejar pasar la oportunidad de flirtear con una mujer.

-Le puedo acompañar, ¿vive en el pueblo?-. Entonces Roberto se inclina y su mano roza el hombro de la mujer que entonces sí parece reparar en la presencia de Roberto. Su cuerpo se tensa, alza la barbilla y deja de mirar al río. El corazón de Roberto se acelera, da un paso atrás, como si el aura de esa mujer le impidiera acercarse demasiado. En ese momento la mujer inclina un poco el rostro hacia donde se encuentra Roberto pero sin mirarlo directamente. Sus movimientos son  lentos, como si fuera una muñeca. Roberto logra ver el perfil del rostro de la mujer y se da cuenta que su belleza es mucho mayor de lo que suponía. Su rostro es fino, tanto que parece una estatua cincelada en el marfil más delicado. La punta de la nariz, los labios y la terminación de su barbilla completan un conjunto geométricamente perfecto. Roberto no había visto jamás a una mujer así, y eso que la mujer simplemente ha dejado entrever sus facciones. Pasado apenas un segundo ha vuelto a mirar hacia el río, olvidando a Roberto, pero él ya ha quedado prendado por esa enigmática mujer que en el último instante, justo antes de volver a mirar hacia el río, parece que ha sonreído a Roberto, una sonrisa tímida, suave y delicada, como cada gesto de la mujer que de forma lenta se incorpora. Extrae las manos del agua y a Roberto le sorprende ver que están enfundadas en unos guantes blancos, tal vez de seda, como el resto de su vestuario, lo extraño es que esos guantes parecen no estar mojados, a pesar de que Roberto ha visto de forma clara como tenía las manos dentro del agua. Está seguro que esa vestimenta pertenece a otra época. Roberto observa atento a la mujer como se levanta y le da la espalda mientras comienza a caminar siguiendo la orilla río abajo.

Roberto sin pensárselo ni un sólo segundo la sigue. Su mirada está clavada en la espalda de la mujer, por ese motivo está a punto de tropezarse más de una vez con los cantos que hay al lado del río. La mujer sin embargo camina con tanta ligereza que parece que flote. Roberto no alcanza a ver sus pies que los imagina delicados y suaves, así como sus manos, de dedos largos y elegantes. La imagina desnuda, enredada en sus brazos, arañando su espalda y gimiéndole al oído. Roberto nota como se le endurece la entrepierna, está muy excitado. Ya ha olvidado a Lucerito y a todas las mujeres que en algún momento se cruzaron en su vida. Tiene que poseer a esa bella criatura.

A la altura de unos huertos, al final del pueblo, la mujer cruza el río, y lo hace sin ningún problema, como si caminara suavemente sobre las aguas. A Roberto, sin embargo, le cuesta mantener el equilibrio, el agua apenas le cubre hasta la mitad de sus pantorrillas pero baja con fuerza y sobre todo las piedras están muy resbaladizas, pero a Roberto le da igual, seguiría a esa mujer al final del mundo. Atraviesan los huertos y se alejan del pueblo. Van hacia las montañas. Hace mucho tiempo que ya nadie vive allí, pero Roberto ya no piensa, sólo camina, está deseando llegar al lugar donde esa mujer lo está llevando y allí hacerla suya.

Llegan a una casa señorial de grandes dimensiones pintada toda de blanco. Roberto no recuerda haber visto jamás esa casa ni que nadie le hablara de ella. Está sudando, el corazón palpitándole queriéndose salir del pecho pero siente un cosquilleo en el estómago que le incita a continuar. La mujer deja la puerta abierta tras su paso, Roberto la sigue, primero con cierta cautela pero una vez que traspasa el umbral intenta seguir los pasos de la mujer que se están acelerando.

La mujer de blanco lleva un candelabro con unas velas encendidas en la mano derecha y se introduce, tras pasar una sala pequeña a modo de recepción, por un largo pasillo. Apostados a ambos lados del pasillo Roberto alcanza a ver gracias al tintineante resplandor de las velas bastantes cuadros, en ellos hay viejas fotografías, muy viejas alcanza a ver Roberto. La mayoría de esas viejas fotografías son de gente. Rostros serios, secos, adustos, sin alma, como si retaran al fotógrafo o al que les está mirando. Son rostros de ayer, de hace mucho tiempo, piensa Roberto que al verse sorprendido por la oscuridad avanza más deprisa tras el resplandor de la dama de blanco. Hay algo en esa casa que le produce escalofríos.

El pasillo se le está haciendo eterno, nunca había estado en una casa con esas dimensiones, se sobresalta cuando llegan a un enorme salón, cuyas dimensiones no logra alcanzar a ver porque todo está sumido en la oscuridad, tan sólo el candelabro de la mujer otorga algo de luz al extraño lugar en el que se encuentran. Parece un salón de un palacio, o de una casa muy grande y fastuosa. Roberto observa que están rodeados de lujo, hay tapices en las paredes, lámparas que sólo había visto en alguna película, ¿dónde estamos? Se pregunta Roberto. En el pueblo nunca ha habido una casa así, su abuela le habló en alguna ocasión de los señoritos del pueblo, pero una casa de esas dimensiones y con ese lujo, hubiera oído hablar de ella.

Empieza a preguntarse si no sería mejor dar media vuelta e irse, pero en ese instante la mujer, como si hubiera escuchado su último pensamiento, se detiene, Roberto hace lo mismo a dos metros de ella.

El tiempo parece pararse, Roberto cree escuchar los latidos de su corazón, la boca se le ha secado, traga la poca saliva que tiene en la garganta. La mujer gira de forma leve la cabeza, al igual que en el río no lo mira directamente, sino que mira a un lado, de soslayo, pero sabiendo que Roberto la está observando con deleite, con expectación, con excitación. De nuevo Roberto alcanza a ver su perfil. Es realmente hermosa, es un ángel, lo más bello que he visto nunca, piensa. La mujer, una vez ha captado de nuevo toda la atención de Roberto, emprende la marcha de nuevo, todo tiembla al paso del resplandor de las velas. Roberto no aguanta más, decide encaminarse hacia la mujer.

-Escuche, ¿cómo se llama?, ¿dónde estamos?, ¿es su casa?- la mujer no se detiene. Continúa caminando hasta que abandona el salón y entra de nuevo en un largo pasillo, no se puede ver el final. Roberto ha perdido la paciencia, quiere besar a esa mujer, estrecharla entre sus brazos, le da igual si en casa está su marido, le trae sin cuidado el resto del mundo, se encuentra en un estado hipnótico desde que la viera en el río.

Roberto se abalanza sobre ella y la abraza por la espalda. La mujer permanece inmutable, no mueve un solo músculo. Roberto aparta el velo y alcanza a besarle el cuello. Su piel está fría, extremadamente fría, pero eso no parece importarle, la agarra por los hombros y la gira. Entonces ve por primera vez su rostro a la vez que su corazón se detiene por el pánico.

Tiene ante él el rostro más terrorífico que ha contemplado nunca y que ni siquiera hubiera podido imaginar. La cabeza de la mujer que mantiene el velo blanco es ahora un rostro descarnado, con escasos pelos en el cuero cabelludo y donde asoman grandes partes de hueso salpicadas de pellejo amarillento y reseco, las cuencas de los ojos vacías parecen albergar el nacimiento de las tinieblas y donde antes albergaba una hermosa y elegante nariz ahora es un triángulo hueco. En ese instante la boca de la criatura que se mostraba con una sonrisa tétrica se abre y emite un alarido que hiela la sangre de Roberto, a la vez que una nauseabunda pestilencia lo cubre todo, como un manto de inmundicia. Roberto está inmóvil, no puede ni siquiera gritar o cerrar los ojos para dejar de ver el rostro del terror, siente como sus piernas y seguidamente todo su cuerpo tiembla por el pánico.  Quisiera salir corriendo pero está paralizado por el miedo, apenas puede respirar, el pánico lo tiene agarrotado.

La mujer, o lo que aquello sea, que no ha dejado de mirarle fijamente, emite otro grito que se mete en los oídos de Roberto como agujas, eso le hace reaccionar y logra dar media vuelta y salir corriendo, pero a medida que va corriendo puede ver como todo a su alrededor está cambiando, el pasillo donde estaban todos aquellos cuadros ya no está, ahora las paredes son de piedra y el suelo de tierra. La casa fastuosa y deslumbrante ha desaparecido. Huele a humedad y a putrefacción. Nota con asco como restos de telarañas se pegan por su rostro sudoroso. La casa ha desaparecido y corre por lo que parece una gruta en el interior de la montaña. Por su cabeza pasan posibles explicaciones de lo que ha sucedido pero ninguna parece lógica. Se tropieza varias veces cayendo al suelo y rasgándose las palmas de las manos y las rodillas, pero no se detiene, tiene el miedo metido en el cuerpo. Apenas puede respirar, allí dentro el aire se ha convertido en algo pegajoso que se adhiere a su garganta.

Roberto alcanza el exterior de la noche y abre la boca tratando de inhalar el aire que le hace falta para llenar sus pulmones. Su corazón se le va a salir, se agarra el pecho para intentar frenarlo. Cierra un segundo los ojos tratando de borrar todo lo que ha visto, intentando convencerse que todo ha sido un maldito sueño, alucinaciones fruto de la cerveza y su enfermiza excitación, pero cuando los abre de nuevo tiene ante él el rostro descarnado y cadavérico de la dama de blanco que emite otro alarido, a la vez que una de sus huesudas manos que atraviesan el guante blanco roza su cara, lo que provoca que el corazón de Roberto se pare y su cuerpo caiga sobre la hierba. Muerto.

A la mañana siguiente unos cazadores descubren el cuerpo de Roberto a la entrada de unas cuevas. Lo que más les sobrecoge es la expresión del cadáver, su rostro es un fiel reflejo del terror. Tiene los ojos y la boca exageradamente abiertos. Como si hubiera visto a la mismísima muerte.

Alguien comenta distraídamente que en esas cuevas vivía hace muchos años una muchacha que se suicidó lanzándose en la parte alta del río cuando el mismo día de su boda el novio se ahogó en el río por estar persiguiendo a otra muchacha.

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