David Casado Aguilera

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Relato: La casa abandonada

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LA CASA ABANDONADA

Manuel estaba radiante de felicidad, por fin había llegado el día que había estado esperando todo el año: el inicio de las colonias. Ese día también significaba que había acabado el curso y, otro motivo para sentir ese cosquilleo en el estómago, era que Ingrid, la chica que le gustaba, tan sólo iba sentada dos filas más adelante en el autocar que les llevaba hasta la casa de colonias. Hasta la libertad pensaba un sonriente Manuel, que miraba por la ventana distraídamente el paisaje montañoso que estaban atravesando. Todos sus amigos estaban inquietos, ocupaban la parte trasera del autocar, lejos de los profesores que estaban sentados delante, con los empollones. El jolgorio empezó nada más subirse al autocar y que éste arrancara, dejando atrás el colegio, la ciudad y las obligaciones.

Ese era el primer año que iban a esa casa de colonias, los años anteriores habían ido a otra,  al sur del país, pero era demasiado vieja y varios alumnos se habían quejado a los padres, y éstos a la dirección del colegio, que había decidido cambiar el emplazamiento, teniendo en cuenta que era un colegio privado y cada mensualidad les costaba un dineral a los padres.

La casa de colonias de este año se encontraba entre montañas, bastante al norte de la ciudad donde vivían. El emplazamiento era hermoso pensó Manuel nada más bajarse del autocar y respirar el aire fresco de las montañas, pero no tuvo mucho tiempo de admirar el paisaje, ya que había que correr para escoger los mejores lugares para dormir, porque todos querían las literas de arriba. Los profesores los detuvieron y les invitaron a permanecer todos juntos delante de la casa, para hacerse una foto de grupo. Cada uno de los amigos de Manuel, y él mismo, pusieron sus peores caras, gestos obscenos con los dedos, lenguas fuera, alguno con los pelos alborotados y todos con prisas para poder entrar en las habitaciones. Una vez hecha la foto corrieron. La casa era muy grande, mucho más que la casa a la que habían ido otros años.

En total eran treinta y dos alumnos y cuatro profesores. Dieciocho niños y catorce niñas, todos de catorce y quince años. Una edad complicada, como podía verse en los rostros pacientes y preocupados de los profesores, tres hombres y una mujer. Había siete habitaciones, las más grandes fueron ocupadas por los alumnos, divididos en cuatro, dos habitaciones para los niños y otras dos para las niñas. Más de uno había pensado que tal vez los profesores accederían a que durmieran mezclados, utopía que rápidamente se desvaneció cuando Matías, el director del colegio hizo las divisiones. El grupo de Manuel formado por siete chicos escogió la habitación más grande, había literas de sobra, por eso enviaron a su habitación a Marcos y a José Antonio, al que todos llamaban “Noche”, por las pocas luces que tenía. “Noche” era la diana de todas las bromas, especialmente del grupo de Manuel. Eduardo era el líder de ese grupo, nadie cuestionaba su mando.

Una vez que cada uno escogió la cama en la que iba a dormir y enviaron a Marcos y a José Antonio a la litera más cercana a la puerta del baño, la que nadie quería, empezaron a hacer planes sobre lo que harían esos siete días que tenían por delante. Manuel pensó en que quizás podría acercarse más a Ingrid e incluso poder bailar con ella cuando se celebrara el baile, la última noche de las colonias.

Cuando ya estaban instalados, los profesores les dieron una hora para que cada uno fuera por donde quisiera, bajo la condición de no alejarse demasiado, ya que a la una y media todos tenían que estar en el comedor. El grupo de Manuel dio una vuelta por los alrededores de la casa. Estaban rodeados de montañas, cuyas cumbres blancas destacaban sobre el interminable cielo azul, limpio de nubes, y de valles verdes y alargados hasta el infinito.

Subieron hasta unas colinas, no muy altas, pero desde la cima de una de ellas se tenía una magnífica vista del valle sobre el que estaba la casa. Podían verse dos lagos, de agua cristalina que reflejaban el azul del cielo como si fueran espejos. Uno de los lagos era mayor que otro. Daniel, comentó que seguro les dejaban bañarse en los lagos, pero de inmediato fue reprendido por Mario que dijo que el agua estaría helada y que para bañarse ya tenían la piscina. Carlos, que se había separado unos metros para explorar por su cuenta el contorno, llegó sudando, siempre sudaba debido a su constitución más bien obesa.

-Mirar, allí hay una casa y parece abandonada-. De todas las cosas que podía haber en ese lugar, una casa abandonada era el mayor tesoro que podían encontrar. Lo que en realidad todos estaban buscando. Todos miraron hacia el punto que señalaba Carlos. La casa estaba sobre un montículo, no muy lejos de donde se encontraban. Parecía una casa vieja, con el tejado medio derruido, detalles que otorgaban a esa casa el mayor descubrimiento de ese viaje. Empezó entonces el plan para llegar hasta ella y poder recorrer cada uno de sus rincones, soñando con encontrar restos antiguos de sus últimos moradores, viejas bibliotecas, habitaciones inmensas. Con esas conversaciones bajaron a paso rápido ya que llegaban tarde a la comida, como siempre.

Antes de comer, y cuando ya todos estaban sentados delante de las alargadas mesas,  Matías, les presentó a Antonio, el encargado de la casa de colonias y el que les explicó el funcionamiento de la casa, y las instalaciones que ésta poseía: dos piscinas, pista de tenis, cancha de baloncesto, tres mesas de ping pong, un billar y un gran salón donde podían organizar bailes, más de uno y una se sonrojó al escuchar está última indicación. A esas edades las hormonas ya viajaban a la velocidad del sonido. Cuando ya todos pensaban que Antonio había acabado su discurso de bienvenida, éste miró hacia donde se encontraba el grupo de Manuel y dijo que por nada del mundo nadie fuera a una casa que había encima de la colina que se encontraba detrás de la casa de colonias, todos los muchachos se miraron. Esa casa era muy vieja, dijo Antonio, no era segura y si alguien entraba allí podía suceder un accidente. Matías refrendó el discurso de Antonio prohibiendo taxativamente ir a aquella casa, y al decirlo de nuevo miró al pequeño grupito en el que se encontraba Manuel, estaba claro qué grupo era el que más preocupaba al profesorado. Cada uno de los miembros de ese grupo sabía que esa prohibición era un empujoncito más para ir a aquella misteriosa casa. No imaginaban cuanto se iban a arrepentir de aquella decisión.

La tarde del segundo día, cuando ya se habían acabado las actividades y juegos, y tenían tiempo libre hasta la hora de la cena, dos horas, fueron hacia la casa abandonada. En cuanto tomaron el estrecho sendero que había de llevarles hasta la casa vieron como ésta se levantaba mayestática en lo alto de la colina. Su perfil era fantasmagórico, la típica casa de una película de terror, tejados altos, triangulares, y en lo alto una veleta metálica, con una forma que no supieron distinguir. Las puertas estaban cerradas y con tablas de madera clavadas horizontalmente para impedir el paso de todo aquel que quisiera entrar. Todo indicaba que alguien se había esmerado en que nadie entrara en ese lugar. Eduardo encontró una ventana que no estaba tapiada en la parte trasera de la casa. Con una piedra rompieron el cristal y todos entraron por esa ventana, excepto Carlos, que debido a su constitución física no pudo entrar, lo que provocó risas y burlas. Su papel, fue entonces el de vigilar y el de avisar en cuanto alguien subiera por el sendero. Eduardo como buen líder iba el primero. Estaba oscuro, debido a que todas las ventanas, excepto por la que entraron estaban tapiadas, pero todos llevaban sus linternas, iban preparados. Los suelos eran de madera, y ésta crujía bajo sus pies. Lo primero que vieron del salón al que habían entrado era que esa casa llevaba mucho tiempo abandonada. Estaba cubierta de polvo, tierra y hojas secas. Se respiraba un olor a cerrado y a madera mojada. Todos se movían con cierta precaución, al menos al principio, pero en cuanto tomaron confianza cada uno campó a sus anchas por la casa. Manuel enfocó su linterna hasta el techo, era una mansión de grandes dimensiones, sus techos eran altos, cruzados por grandes vigas de madera y tan siquiera la parte hundida de ese techo dejaba entrar un sólo rayo de luz.

Cuando Manuel quiso darse cuenta estaba solo, en un gran salón, otro diferente al que habían entrado, con los escasos muebles tapados por raidos trapos que en algún tiempo habían sido blancos. Había un gran ventanal, pero estaba completamente tapiado. Manuel intentó imaginarse cómo habría sido esa casa en su mayor esplendor, lo que le llevó a hacerse una pregunta, ¿Qué hacía una casa como esa en un lugar tan apartado de la civilización? La ciudad más cercana estaba a decenas de kilómetros de allí. Se imaginó a un viejo solitario y huraño queriendo precisamente estar apartado de todo contacto humano, pero ¿toda esa casa para un hombre solo? Estaba Manuel con sus cavilaciones cuando le pareció escuchar un ruido procedente de la parte más alejada del salón, donde no llegaba el haz de luz de su linterna. Manuel preguntó si había alguien ahí, pero nadie le contestó, pensó entonces que se lo habría imaginado, esa casa estaba llena de posibles fuentes de ruido, cualquier pisada podía hacer crujir el suelo de manera ostensible. Manuel escuchaba las pisadas de sus amigos por toda la casa. Cuando ya iba a darse la vuelta escuchó de nuevo el mismo ruido, era como si algo o alguien rasgara la madera del suelo con algo metálico y punzante. Manuel comenzó a ponerse nervioso, si era alguno de sus amigos se estaba pasando, pensó el muchacho. El sonido cada vez era más claro. El causante de ese ruido no se movía de su lugar pero sí que el sonido se podía apreciar con más claridad. Manuel enfocó su linterna hacia aquel rincón, pero no podía distinguir nada. Dio dos pasos hacia delante acercándose al lugar de donde provenía el ruido y enfocó de nuevo con su linterna hacia ese rincón. A Manuel le pareció ver a alguien, pero era difícil de distinguir, ese lugar estaba muy oscuro, se le figuró ver a alguien cabizbajo, fue entonces cuando le pareció escuchar como ese alguien que estaba allí sollozaba, pero fue un sollozo que puso los pelos de punta de Manuel. Era un sollozo con eco, como si alguien estuviera dentro de un pozo, o una cueva. El sollozo entonces se tornó una risa, una risa macabra, parecía la risa de una niña, una niña pequeña. Manuel se dio la vuelta y corrió hacia la puerta del salón. Se tropezó con Mario que en ese momento entraba en el salón.

         -¿Qué te pasa? Ni que hubieras visto un fantasma-se burló Mario en lo que entraba en el salón.

         -¡No entrés ahí!- gritó Manuel

         -¿Por qué no?

         -No hay nada interesante, está vacío, apenas hay unos muebles viejos y nada más- dijo Manuel tratando de ocultar su nerviosismo.

         -Bueno, pues vamos al piso de arriba

Llegaron hasta las largas escaleras que subían al piso superior. Cada escalón crujía a cada paso que daban los muchachos. Manuel estaba deseando salir de aquella maldita casa. Intentaba no pensar en lo que había visto, y sobre todo en lo que había escuchado, pero era imposible, ese sollozo y esa risa maquiavélica estuvieron persiguiéndolo durante todo el tiempo que estuvieron en la casa.

El piso de arriba no tenía mucho interés. Había lo que supusieron: la habitación principal en la que había una cama, sin colchón ni sábanas, sólo con la estructura metálica, más salones, muebles tapados con más trapos y la debilidad de algunos rayos de sol que se intentaban colar por los resquicios de las ventanas tapiadas. Alberto llamó la atención de los que en ese momento estaban en la habitación. Había encontrado un viejo álbum de fotos que ojearon rápidamente sin prestar mucha atención a los rostros tristes que las imágenes transmitían, excepto Manuel que sí se fijó en esas viejas fotografías. Eran fotos en blanco y negro de lo que parecía una familia. Un padre de unos cuarenta años, muy serio, dos niños, niño y niña y la madre que aparecía con una tímida sonrisa. Era una imagen que pretendía ser cotidiana, amable, pero transmitía tensión, como si cada uno de los miembros de esa familia ocultara algo. Dejaron el álbum en el mismo sitio en el que lo habían encontrado, encima de una chimenea ennegrecida.

Un grito les hizo levantar la cabeza al unísono, era Eduardo que les reclamaba. Todos temieron que alguien se hubiera acercado hasta la casa y si ese alguien era alguno de los profesores tenían un grave problema, pensaron los tres amigos que estaban en el piso superior y por ese motivo bajaron las escaleras a toda prisa. No encontraron a Eduardo, dónde estaba, se preguntaron, Eduardo les volvió a llamar, era como si su voz estuviera bajo el suelo. Mario vio entonces una puerta que estaba entreabierta y que parecía bajar a una especie de sótano. Manuel sintió un escalofrío cuando fueron bajando esas escaleras que parecían perderse en la más absoluta oscuridad. Desde que a Manuel le pareció ver a una persona cabizbaja en aquel recóndito rincón sentía como si alguien les estuviera observando. De vez en cuando se giraba, pero a su espalda no había nadie, simplemente la negritud.

El resto de muchachos estaban en el sótano. Todos comentaban y hablaban entre ellos en voz alta. Ahora cuando pisaban no crujía el suelo sino que estallaban cristales, como si se hubieran roto cientos de vasos. Parece un laboratorio, dijo entusiasmado Eduardo. Había una mesa alargada en medio de la estancia, con una estantería superior en la que había vasos de diferentes formas que se asemejaban mucho a las probetas e instrumentos que había en el laboratorio del colegio. El sótano era bastante grande, de proporciones parecidas al salón más amplio de la casa. No entraba ni un rescoldo de luz y la humedad era mayor, olía a cerrado y alguna pestilencia más que alguno achacó a las ventosidades de Carlos, pero si Carlos no está, dijo alguien, lo que provoco las risas de todos. Un golpe seco cortó de raíz las carcajadas. Todos enfocaron hacía donde parecía provenir el golpe y descubrieron que en la pared del fondo del sótano, al lado de una estantería metálica oxidada, había una puerta blanca. Otro golpe, ahora todos se sobresaltaron, vámonos de aquí dijo Manuel totalmente fuera de sí, aterrorizado, cosa que los demás tomaron a broma, incluso alguno hizo el ruido de gallina que tanto odiaba Manuel. Eduardo se acercó a la puerta, con todos detrás, amparándose en él. La mano de Eduardo se aferró al pomo que estaba cubierto de polvo y lo giró lentamente, llegando a un tope. La puerta crujió pero no se abrió. Está cerrada, dijo Eduardo. Todos percibieron entonces como si alguien al otro lado de la puerta respirara con dificultad. Nadie hizo comentario alguno, ninguno de ellos quería parecer un cobarde delante de sus amigos, pero lo cierto es que el miedo poco a poco se fue apoderando de ellos. Manuel estaba muy nervioso, era el que estaba más alejado de aquella puerta que sentía con miedo a que se fuera a abrir de un momento a otro. Escuchad, dijo Eduardo, que acercó su oreja a la puerta, se escucha como unos rasguños, como si la arañaran, tal vez es un gato encerrado, dijo. Todos permanecieron en silencio, todo quedó bajo esa ausencia de sonidos, todos los ojos pendientes de esa puerta. Aquí hay una llave dijo Alberto, que raudo se la dio a Eduardo, que sonrió de manera triunfal. Embocó la llave en la cerradura del pomo y todos escucharon como entró con suavidad, esa era la llave que abría la puerta. No se escuchaba nada, tan sólo la respiración de los muchachos que asistían a un momento de gran tensión, los ojos bien abiertos y los corazones latiendo a mil por hora. Eduardo le iba a dar la vuelta a la llave cuando un grito les hizo a todos chillar y sobresaltarse. El grito procedía de arriba y sólo podía ser de Carlos.

Todos subieron para ver qué estaba pasando. Cuando se acercaron a la ventana por la que habían entrado, Carlos les dijo que alguien se acercaba, quién, preguntó enfadado Eduardo, creo que es Marcos y “Noche”. Creo que nos podemos divertir dijo enigmáticamente Eduardo mientras esbozaba una sonrisa siniestra.

Cuando Marcos y “Noche” llegaron hasta la ventana y preguntaron qué estaban haciendo, Eduardo les dijo que entraran. Su tono era de falsa simpatía. Todos se temían que quería gastarles alguna broma pesada. Marcos y “Noche” entraron por la ventana, encantados que Eduardo les hubiera invitado a participar en lo que estaban haciendo, no sospechaban de sus malas intenciones, y eso que ya les había hecho alguna mala jugada en alguna ocasión. Carlos dijo que ya era la hora de bajar a merendar, todos le ignoraron, menos Manuel que quiso salir de aquella casa, pero a pesar de lo que le decía su instinto, no lo hizo. Carlos dijo que se marchaba, de nuevo todos le ignoraron. Manuel vio con envidia como Carlos se alejaba por el caminito hacía la casa de colonias.

Manuel tenía un mal presentimiento.

Todos los muchachos, bajaron nuevamente al sótano. Eduardo cogió de un hombro a Marcos y de otro a “Noche”. Les dijo que abrieran aquella puerta, porqué, preguntaron inocentemente al unísono, hemos descubierto algo increíble y queremos que lo veáis vosotros también, dijo Eduardo. Está bien, dijo “Noche” adelantándose a Marcos que lo miró con desconfianza. De los dos “Noche” era el menos espabilado.

Todos miraron como “Noche” introdujo la llave y la giró, haciendo el “clic” que indicaba que la puerta se iba a abrir. La madera crujió, sin duda llevaba muchos años sin abrirse. La puerta se abría hacia adentro. Todos se fueron acercando y miraron hacia donde la oscuridad se había comido todo. Desde el umbral de la puerta enfocaron sus linternas, había una escalera que bajaba hasta las profundidades de la tierra, no se veía su final. Vamos bajad, les dijo Eduardo a Marcos y a “Noche”, ambos se miraron, ya no estaban tan decididos, vamos, nosotros ya hemos bajado. Traspasaron el umbral con inquietud y poco convencimiento, no llevaban linternas, cuando ambos estaban al otro lado de la puerta Eduardo los empujó y cerró la puerta con llave. El resto de muchachos lo miraron sorprendidos ante lo que había hecho, mientras escuchaban los gritos desesperados de los dos chicos que se habían quedado encerrados.

Pocos fueron los que le rieron la gracia a Eduardo, especialmente cuando los alaridos de Marcos y “Noche” fueron en aumento. Golpeaban la puerta de forma insistente y su histerismo iba acrecentándose a medida que pasaban los minutos. Socorro, sacarnos de aquí, socorro… los chillidos y las suplicas alcanzaron su cenit cuando unos de los dos gritó ¡aquí hay alguien más! ¡Sacadnos de aquí! Todos se miraron como si la broma ya hubiera pasado los límites razonables de una broma para pasar a ser una tortura, y escuchando los gritos de esos dos muchachos lo que estaba sucediendo tenía visos de ser más una agónica tortura que una broma pesada entre muchachos. Golpeaban la puerta con los cuatro puños, la madera crujía y parecía lamentarse ante cada golpe, pero no cedía, al igual que Eduardo no cedía ante la súplica de alguno de los muchachos a que abriera la puerta. A los que inicialmente les había hecho gracia la broma se les había borrado la sonrisa que hacía unos minutos se había dibujado en sus rostros. Lo que podían escuchar al otro lado ya no eran gritos sino lloros, lamentos agónicos, desgarradores aullidos ¡Que viene! ¡Que viene! Está subiendo Ahhhhh Ahjjjj, y un golpe seco contra la puerta seguida de un estremecedor silencio.

Dejaron de escucharse los gritos, los lloros y los lamentos. Todos se miraron incrédulos. En ese instante y sin ningún motivo todas sus linternas se apagaron y por toda la casa se escucharon pisadas, como si en los pisos superiores hubiera gente corriendo. También se escucharon gritos, pero con eco, como si provinieran de un agujero muy profundo. A Manuel se le erizaron todos los pelos del cuerpo, no era la primera vez que escuchaba esa oquedad.

 La puerta tras la que se encontraban Marcos y “Noche” se abrió de golpe, pero no pudieron ver nada al otro lado. Todos salieron despavoridos,  golpeándose entre ellos, chocando contra el escaso mobiliario que había en ese sótano, y cada uno intentado salir de allí como podía. Manuel estaba horrorizado, se escuchaban golpes, gritos que eran cortados, como si se apagaran lentamente, suplicas, lloros que acababan en silencio. Manuel Sintió su corazón desbocado y casi estaba paralizado por el pánico. Supo que algo o alguien los estaba matando. Porque no estaban solos, los gritos de los muchachos se confundían y eran superados por los gritos desesperados y desgarradores de una mujer, que nadie era capaz de ubicar, estaban en todas partes como flotando en el escaso aire que había en ese sótano.

Manuel reaccionó y a gatas, cortándose las manos con los cristales que había por el suelo, se arrastró como si fuera un perro, pudo localizar las escaleras y subió desesperado por ellas, pero cuando alcanzó el piso superior vio con gran terror como todo estaba a oscuras, no había ni un sólo rayo de luz que se colara por ninguna grieta. No sabía dónde estaba la ventana por la que habían entrado. Por allí, le grito Alberto que se había colocado a su lado, parece una luz, vamos. Era un débil resplandor que subía por las escaleras al piso superior, ambos creyeron que era alguno de los muchachos que subía con su linterna, pensaron que si en algún lugar de la casa había luz está debía estar en el piso más alto. Vamos, le gritó Alberto, y ambos siguieron el resplandor que subía por las escaleras.

Por aquí, aquí estaremos a salvo, le pareció escuchar a Manuel, era una voz tan débil que era casi inaudible. Subieron las escaleras y vieron unas piernas que desaparecían una vez que se acababa la escalera. Eran unas piernas delgadas, tenían un pantalón corto azul marino, calcetines grises y zapatos negros muy gastados. No recordaba que ninguno de sus amigos vistiera así. Por aquí, dijo de nuevo la voz, parecía la voz de un niño. Llegaron al piso superior y vieron como el resplandor se introducía en uno de los salones. Manuel agarró del brazo a Alberto, indicándole que se detuviera. Manuel no tenía claro que debieran seguir esa luz, y mucho menos introducirse en uno de esos salones de esa gigantesca y abandonada casa. Mejor vamos abajo y buscamos la ventana por donde hemos entrado, dijo Manuel, no seas tonto, vamos a ver quién es el de la linterna, es al único que le funciona, él verá por donde podemos salir, seguro es Eduardo. Eduardo no llevaba pantalones cortos, pensó Manuel, pero siguió a Alberto hacia el salón por el que se había perdido aquel resplandor que les estaba guiando no sabía muy bien a donde.

Entraron en el salón, parecía una biblioteca, no podían ver nada, excepto el débil resplandor al fondo, tras un piano que estaba cubierto por un trapo. Eduardo, dijo Alberto acercándose al piano, Manuel lo volvió a agarrar del brazo. Esta vez Alberto no se deshizo de él y permaneció quieto, mirando hacia el rincón donde el resplandor apenas era una luz tan pálida y débil como la de una vela a punto de extinguirse. Entonces se escuchó en medio del silencio el sollozo que Manuel tan bien conocía. Eduardo, dijo débilmente Alberto, dándose cuenta que la persona que estaba sollozando en ese rincón no era Eduardo. Manuel quiso girarse y salir corriendo de allí, pero no pudo, estaba paralizado, tieso como un palo, con el miedo recorriendo cada centímetro de su piel erizada. El débil resplandor del candil que sostenía esa persona fue subiendo hasta su cintura, era pequeña, era un niño, con uniforme escolar quizás, pero ya nadie llevaba esos zapatos, ni esos pantalones cortos de lana. El resplandor fue subiendo muy, muy lentamente, hasta la altura de su pecho, llevaba una camisa blanca, sucia, arrugada y con manchas oscuras, como de vino, como de sangre. No podían verle la cara, estaba cabizbajo, sollozando, pero muy despacio fue subiendo el candil hasta que pudieron ver su rostro y se les heló la sangre. Su cara estaba demacrada, pálida, se le marcaban todos los huesos del rostro, sobresalían de forma exagerada los pómulos, unos ojos amarillos y sin vida se perdían en unas cuencas negras como el pelaje de un cuervo. Pero lo peor, lo que les hizo temblar de miedo fue su sonrisa, una sonrisa sin labios, vacía y fría como la misma muerte.

 Manuel, devorado por el terror reconoció ese rostro, lo había visto antes, ese rostro demacrado y nauseabundo había pertenecido al niño que vio en las viejas fotografías sentado en una pequeña silla junto a su hermana.

Los corazones de los muchachos se estaban parando, sus débiles alientos se estaban marchando hacía otro mundo.

Apenas pudieron escuchar como a sus espaldas unos pasos se arrastraban sigilosamente, como un castigo eterno y suplicante, a la vez que una barra metálica, que previamente había rasguñado el suelo de madera, dejando una marca que jamás se borraría, se desplomó sobre sus cabezas, provocándoles una dolorosa muerte, mientras una inocente risa de niña pequeña retumbaba por los rincones de aquella vieja casa abandonada.

3 thoughts on “Relato: La casa abandonada”
  1. Sr.Tomapastillas| Mayo 18, 2012 on 6:50 am Responder

    Me he quedado con la boca abierta, se me ha helado la sangre y no quiero ni siquiera ir al baño, no se como voy a poder dormir, porque en verdad tengo miedo, este es uno de tus mejores relatos, me pongo de pie y aplaudo, David eres uno de mis escritores favoritos, y lo digo muy en serio, fuera de todo halago.

    • admin Mayo 18, 2012 on 9:24 am Responder

      Estimado Charly, muchas gracias por tus palabras. Es un gusto que te gusten mis relatos, y me alegro haberte hecho pasar un ratito de miedo…de eso se trataba.
      Un abrazo grande
      D

      • Sr. Tomapastillas Mayo 18, 2012 on 3:40 pm Responder

        ¿Un ratito? jajajaja es verdad que no pude dormir bien, tronaban las puertas y brincaba jajaja

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