David Casado Aguilera

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Imaginando tu nombre

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Recuerdo con el endeble tintineo de una aparición el día que te vi por primera vez, incluso los momentos previos como antesala de lo que estaba por venir. Aquella había sido una gélida tarde, diciembre estaba agonizando y yo caminaba perdido por las calles de una ciudad que pedía a gritos un momento de silencio. En medio de tanta gente que deambulaba a paso ligero, con bolsas y regalos, nadie reparaba en mi, como tampoco yo logro hoy recordar un solo rostro de los cientos con los que me crucé. Pasear por esas calles era paradójicamente ser consciente de mi propia soledad aun estando rodeado de gente, una marabunta anónima y pálida, como las luces mortecinas que se reflejaban en los charcos que la lluvia de primera hora de la tarde había creado, como por arte de magia, complacida de aportar su dosis de melancolía, porque la lluvia huele a melancolía, tras su paso el ambiente se llena de un gran vacío, como si todo lo que hubiéramos sido se hubiera ido tras ella, igual que el verano va tras la primavera.

No era capaz de conciliar el sueño, al lado, los vecinos jugaban a ser amantes, las delgadas paredes eran como una cortina de plástico fino que apenas lograba separar dos países, dos realidades bien distintas, a un lado el gozo, la complicidad, la compañía buscada, la caricia distraída, al otro la tristeza más triste, la soledad más conmovedora, el silencio frente al suspiro, la agonía del que yace ante el último hálito frente del que lo expulsa al derramarse.

Me giré para desaparecer entre los pliegues no conquistados de la almohada cuando te vi. Estabas dormida, o al menos eso supuse porque me estabas dando la espalda, entonces te reconocí, eras tú, quién si no. Por la ventana entraban algunos resquicios de rayos de plata provenientes de la luna que asustadiza intentaba pasar desapercibida ante la mirada imberbe de los noctámbulos que corrían y gritaban por unas calles ya solitarias y silenciosas. Me fijé en la curva de tu nuca, suave, formando una pendiente geométricamente perfecta, allí donde tu cabello nacía o acababa, porque nada en ti era el final sino el principio.

Todo comenzó unos días antes, cuando le daba vueltas a un pasado no resuelto, porque el pasado se forma de decisiones no resueltas, de dudas que esperamos resolver en un futuro, pero el mañana nunca llega, siempre es hoy, y en todo caso ayer, pero nunca mañana. Levanté la sábana que nos cubría. Estabas desnuda, bajé por el arco de tu espalda que concluía allá donde duermen mis sueños, donde se posan las hojas de otoño cuando se desprenden de las ramas y caen oscilando por la caricia del viento. Me pegué a ti queriendo confundirme con tu piel y despertarme siendo uno más de los lunares que cruzan tu espalda. Poco a poco te fui girando para verte de frente, moviste ligeramente la boca, tus labios se separaron un momento, haciendo una mueca, como si masticaras los sueños, pero no abriste los ojos, se mantuvieron cerrados como un misterio. En tu rostro se reflejaba una paz profunda y decidí pasarme el resto de la noche viéndote dormir, observando tu cadente respirar con la suavidad del mar acercarse a la orilla una noche de luna llena. La frente despejada de preocupaciones y decepciones, asemejándote al curriculum de un niño recién nacido imaginando lo que es la vejez, o la simpleza de la muerte. El flequillo cayendo hacia un lado, apartándose de tu rostro y desapareciendo por el óvalo de la cara, enlazando con el gracioso acabado de tu oreja.

¿Cuántas noches te vi dormir?

Me gustaba perderme entre la comisura de tus labios  que para mi se presentaban como un milagro, tenues curvas, sensual recorrido de textura sabor deseo y capaces de enmarcar una sonrisa que luchaba por permanecer eterna, sin vestigios de un recuerdo para seguidamente bajar por el pequeño valle cóncavo que formaba ese espacio único entre tus labios y la punta de tu barbilla y poder pasar sin dilación a descifrar el jeroglífico de tu cuello, elegante y altivo, cincelado por el más maestro de los maestros, y ahí sí, poder perderme con la voluntad de no encontrarme hasta poder saciarme, un poco más abajo, con el sabor de tus pechos.

Descubrir, como aquel día en la playa que te vi desaparecer nadando mar adentro, confundiéndote tras la delgada línea que separaba mar y cielo, que tu piel era capaz de atrapar el enigma de la luz, de reflejar la incandescencia de unos rayos de sol perdidos una mañana de abril o estremecerme con sólo imaginar tu tacto, porque todo en ti provocaba ese estremecimiento que albergaba la sencillez de lo simple pero a la vez el laberinto de lo complejo. Eras como un rompecabezas donde cada pieza tenía su lugar y una a una encajaban de forma perfecta uniéndose en un todo con aires grandilocuentes de resquicios divinos, alejándote de la sombra de la derrota, siendo tu, imagen y símbolo de lo infinito, de lo perdurable, de un perfil perenne que aquella noche dibujé, y al nacer un nuevo día comencé a escribirte, con la triste certeza que la perfección tan sólo puede ubicarse en lo más profundo de la imaginación.

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