David Casado Aguilera

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El jugador

Le había cogido la mano y la notó caliente. Estaba animado, ella también lo estaba.

Por primera vez en mucho tiempo no sentía ese desasosiego que parecía perseguirle desde aquella maldita noche de fin de año, pero sabía que era algo circunstancial, aun así le hizo sentirse bien. Habían comido en un agradable restaurante cerca de Paseo de Gracia, uno de esos con una terraza en la calle, pero apartada de la circulación tanto de coches como de personas. Se lo había recomendado su hermano. En ocasiones es complicado hallar un reducto de tranquilidad en el centro de Barcelona, pero aquel restaurante de comida mediterránea sin duda lo era. Él hubiera preferido el restaurante de comida japonesa que había una calle más allá, pero tuvo que reconocer que la recomendación de su hermano fue acertada.

Era un sábado de mediados de junio y aquella mañana al despertarse y levantar la persiana de su habitación entró la apacible luz del sol bañando toda la habitación. Hicieron el amor de manera tranquila, pausada, sintiendo cada roce, cada caricia, como si ya hiciera dos vidas que se conocieran y ahora se dedicaran a reconocerse.

No siempre había sido así. Sus problemas con el juego y la bebida, por ese orden, le había acarreado multitud de discusiones, peleas…hasta aquella infame noche de fin de año.

Había bebido demasiado, incluso para él, como si no hubiera mañana, más allá del treinta y uno de diciembre. Durante la cena ya tuvo un fuerte enfrentamiento con su padre, que desde que había muerto su mujer, apenas seis meses antes, estaba muy irascible. Marta supo en cuanto se sirvió Arturo la segunda copa de vino antes de que se sirvieran los aperitivos que esa noche iba a ser problemática. Marta le sacó a empujones para evitar que la cosa fuera a mayores. La muerte de la madre de Arturo hundió a su hijo en una profunda depresión, estaban muy unidos. Un cáncer fulminante de páncreas la llevo a la muerte. Ni siquiera tuvieron tiempo de asimilar la enfermedad cuando le fue diagnosticada, ya que murió apenas tres meses después.

Después de salir de casa de sus padres, casi con el último bocado aun masticándose en la boca se fueron a la fiesta. Arturo balbuceaba y caminaba con ese paso torpe y vacilante que Marta conocía tan bien. Habían comprado las entradas unas semanas atrás. Marta fue sólo para evitar que se metiera en problemas o le pasara algo grave, si hubiera sido por ella se hubiera ido a casa. Fue muy duro para Marta aguantar aquellos meses, la pelea de fin de año fue la gota que colmó el vaso, una gran gota, pero ya llevaba acumulados muchas decepciones, muchas promesas que caían en saco roto, pero nunca antes le había pegado, nunca la había humillado de aquella manera, porque los golpes no duelen tanto físicamente, se alojan en el alma y no desaparecen cuando la nariz deja de sangrar, ni cuando la hinchazón del ojo mengua.

Ese sábado hacía exactamente cuatro meses que Arturo no había bebido ni había tocado una mesa de juego, porque si la bebida lo convertía en otra persona, el juego se apoderaba de su alma y lo corrompía de tal manera que hasta su mirada era otra, no una mirada líquida y pegajosa como cuando bebía, sino una mirada negra como un abismo. La bebida no era más que un vicio de acompañamiento, las gafas de sol de un rockero.

Si vuelves a jugar o a beber me muero. Cuando le perdonó por enésima vez y dejó que regresa a casa se lo dijo. Esa vez no dijo te dejo, o no me ves más en tu puta vida, ni siquiera te denuncio o me mato, o te mato, no, fue exactamente así, si vuelves a jugar o a beber me muero. Fue cómo lo dijo, no había enfado, ni advertencia, no era una amenaza, fue la tristeza lo que Arturo vio en esas palabras. Se juró que no volvería a beber ni a pisar una mesa de juego, tendría que olvidarse de su Don. Dejar la bebida podía ser más o menos sencillo, era simple cuestión de voluntad, pero lo otro, renunciar a su Don, era como traicionarse, como renunciar a una vida mejor, pero qué vida podía haber sin ella, la quiero, no hay otra salida. Se lo prometió. Si vuelves a jugar o a beber me muero.

Después de un largo paseo para bajar la comida y recorrer las estrechas callejuelas del Barrio Gótico, que tanto les gustaba a ambos, se sentaron a tomar algo, él un Vichy Catalán y ella una Coca Cola light en un pequeño barecito frente a la entrada principal de la Catedral del Mar. Hablaron sobre hacer un viaje, a Camboya, a ver las ruinas de Angkor. A los dos les apasionaba la arqueología y pasear por mundos que ya no existían. Habían estado en Machu Pichu, en Teotihuacan, Tikal y Palenque, en Tihuanako, en el Valle de los reyes de Egipto, en Roma, en Pompeya. Su gran viaje pendiente era Angkor. Tendrían que esperar a que les fuera mejor. Hacía ya seis meses que Arturo no trabajaba, de hecho hacía años que no trabajaba. Su principal fuente de ingresos hasta aquella noche de fin de año había sido el juego, tanto el presencial como el On line. Lo malo del juego por internet es que no podía explotar su Don, así que esa modalidad sólo le servía para perder dinero. Necesitaba estar in situ, tocar las fichas, pasar sus dedos por el tapete, mirar a los ojos a los crupiers, escuchar de fondo las máquinas tragaperras y los suspiros de los que allí dejaban algo más que unos billetes.

Arturo descubrió su Don tal y como se suelen descubrir ese tipo de cosas, por casualidad. Fue cuando cumplió los dieciocho años de edad, aquella noche para celebrarlo, su hermano mayor, Cristóbal, y algunos amigos fueron a celebrarlo al casino de Sitges. Descubrió un mundo nuevo, un mundo que le atraía como nunca antes nada le había encandilado. Lo comprendía aun sin haber pisado nunca antes un casino en su vida. Se sintió como si aquel lugar hubiera estado esperándole desde siempre. No eran las luces brillantes e hipnóticas, ni los sonidos cortos y directos, ni siquiera aquel olor tan agradable. Era como si él formara parte de todo aquello, incluso sintió como si su corazón palpitara al ritmo de las tragaperras. Tras unos minutos deambulando mirando cada símbolo, cada rostro lo sintió. El Don. Supo que había sido elegido para ello, supo que aquella noche ganaría mucho dinero. Y lo ganó. Pero esa noche aprendió también que todo tiene su cara oculta, su polo negativo, como el Ying y el Yang.  Esa noche quedó marcada por la tragedia, ya que el coche en el que iban dos de sus amigos se estrelló y uno de ellos murió en el acto y el otro quedó paralítico. Vieron el coche estrellarse y dar cuatro vueltas de campana. Vieron el cadáver de su amigo, un cuerpo deshecho, aplastado por el peso del coche. A unos metros de los restos del coche estaba el cuerpo del otro amigo, salió disparado y eso probablemente le salvo la vida, pero le dejó atado a una silla el resto de su vida. Lo había visitado alguna vez, pero con el tiempo dejó de verlo. Le deprimía su depresión, era un comportamiento egoísta, lo sabía, pero verlo de esa manera le recordaba aquella noche y el cadáver de su otro amigo, su mejor amigo, partido por la mitad y con la cara deshecha.

Después de aquella noche visitó todos los casinos de Barcelona y alrededores. Incluso, en años posteriores, viajo a EEUU, a Atlantic City y a la cuna del juego, Las Vegas. En uno de los casinos de Las Vegas, el del Hotel Hard Rock ganó medio millón de dólares en una noche. Lo recuerda muy bien, aquella madrugada recibió la llamada inquieta de su hermano, a su madre le habían detectado cáncer, le harían más pruebas pero tenía muy mala pinta. De nuevo el Ying y el Yang.

En total, en esos años, ganó más de tres millones de Euros, una auténtica fortuna, que, prácticamente, tiró a la basura en juergas, viajes y más vicios. Sus únicas propiedades eran el piso que compró, un dúplex en la calle Villarroel y un BMW M6 Cabrio, un descapotable espectacular que le había costado más de 130.000 euros.

Habían pasado diez años desde que la noche de su decimoctavo cumpleaños descubrió su Don. Durante ese tiempo había vivido a todo trapo. Hasta que apareció en su vida Marta. En un principio Arturo ocultó a Marta la procedencia de su dinero, engatusándole con mentiras que poco a poco se iban deshaciendo. Fueron muchas las veces que Marta le había pedido que abandonara su afición al juego, pero Marta no entiende nada, no sabe que es una afición, no conoce el Don, nunca se lo he contado, no lo entendería.

Eran muchos los casinos donde no le estaba permitida la entrada. Tenían una base de datos compartida en la que figuran tramposos, contadores de cartas, tahúres y gente “demasiado” afortunada, como él. Pero siempre había alternativas, dejando de lado las partidas y ruletas ilegales, que ya le habían comportado más de un disgusto.

Arturo notó a Marta algo inquieta cuando abandonaron la terraza de enfrente de Santa María del Mar, le preguntó qué le pasaba, ella contestó que nada, lo hizo con una enigmática sonrisa. Le dijo que por qué no iban a aquel hotel que le había comentado en la mañana, uno que tiene un restaurante en la azotea y desde donde hay unas maravillosas vistas de la ciudad. Arturo asintió.

Las vistas de Barcelona eran espectaculares, pero Arturo se removió inquieto en la silla. Varios eran los motivos, uno que no sabía cómo podrían pagar la cuenta de esa cena, al menos no hemos pedido vino, pensó, con la consecuente cara de pocos amigos del somellier que se les acercó con la carta de vinos y su sonrisa más profesional, sin que su economía se viera resentida. Los ahorros del juego se estaban agotando, por suerte Arturo tenía otra cuenta en otro banco de la que Marta no conocía su existencia. Marta trabajaba en una tienda de ropa para bebes, era la encargada, pero no dejaba de ganar poco más de mil trescientos euros al mes. Una considerable ventaja era que el apartamento lo tenían pagado, quizás me obligará a vender mi BMW, mi niña bonita, eso no.

Otro de los motivos era que le había parecido ver, cuando se dirigieron al ascensor, un cartel en el que se anunciaba la instalación de un casino en el hotel para el mes siguiente. Nada más ver el cartel le sudaron las manos y apareció ese cosquilleo en el estómago que sólo sentía ante la perspectiva de entrar en una sala de juego y pasar horas enteras jugando. La ruleta era sin duda su pasatiempo favorito.

El tercer motivo por el cual estaba tan inquieto era la sonrisa de Marta, esa sonrisa que sin visos de desaparecer se había mantenido. Esa sonrisa que avecina noticias que el encargado de darlas no sabe muy bien cómo reaccionará la otra persona al recibirlas. Esa sonrisa.

Arturo estaba pensando en cómo podría hacer para tener ingresos, había pensado en una asesoría para jugadores On line, pero eso no serviría, su Don consistía en que él ganara, no los demás, no sabía cómo asesorar a los demás a ganar dinero sin desvelar su Don, y por otro lado la idea a Marta seguro que no le hacía mucha gracia, pero quizás si se lo explico desde un punto de vista frío, profesional, pero verá mi mirada, mi mirada de jugador, cuando de repente Marta lo miró fijamente y abandonó la sonrisa enigmática, tragó saliva, ahí viene, la noticia que no sabe muy bien cómo me tomaré. Estoy embarazada. Silencio. Sonrisa incómoda buscando mi respuesta. Arturo le coge de las manos y exclama su alegría pero sin el entusiasmo que Marta esperaba, o tal vez no esperaba. Arturo lo sabe e intenta hacerle ver su alegría por la noticia, pero miente, Marta lo sabe, él lo sabe. Nunca se le dio bien mentir, a pesar de los intentos por mejorar su técnica. Un borracho y jugador ha de saber dos cosas: donde están los mejores garitos y mentir.

Necesitaremos dinero, pensó Arturo, un niño, comida, colegio, ropa que se queda pequeña cada mes… Un casino nuevo, tal vez no compartiría la base de datos de los casinos que le negaban la entrada. Tal vez si…En el momento en el que aparece la duda en un ludópata sabe de antemano la respuesta, sólo es cuestión de tiempo que la exprese en voz alta.

Preparó la mentira con tiempo, unas tres semanas antes de la inauguración del casino. No la mires a los ojos, que no vea tu mirada de jugador, esa que dice que representa un abismo negro. Le dijo que había encontrado un empleo. Uno de Community Manager en una empresa que se dedicaba a ofrecer ese servicio a otras empresas. A Arturo se le daban bien las redes sociales, el marketing on line y las nuevas tecnologías, no en vano tenía los últimos artilugios que salían al mercado. Le dio el nombre de una empresa real, era una empresa grande, en ella trabajaba un amigo, o más bien un conocido, no se podía decir que Arturo tuviera amigos. Le dio a Marta el número de teléfono de su conocido sin decirle que era él, por si se le ocurría llamar. La mayoría del trabajo lo haría desde casa, pero de vez en cuando tendría que ir a reuniones con los departamentos de marketing de la empresa que hubiera contratado sus servicios. ¿El sueldo? Le dijo a Marta que había tenido que abrirse una cuenta en otro banco, ya que a la empresa le era mucho más fácil de esa manera, la explicación que le dieron fue que era su banco y así no tendrían que pagar comisiones. La cara de Marta reflejó una sombra de duda, la misma incredulidad que tiene una madre al escuchar de parte de su hijo mal estudiante que se sabe toda la lección para el examen del día siguiente. Es muy difícil, por no decir imposible, recuperar la confianza hacia un alcohólico o hacia un ludópata al igual que la de un infiel.

Por razones obvias no pudo ir a la inauguración, debido que era a las diez de la noche, y no había reunión posible del departamento de marketing de ninguna empresa que se celebrara a esa hora. No quería tensar la cuerda a las primeras de cambio. Fue al día siguiente. No era un casino abierto las veinte cuatro horas, abría a las seis de la tarde y cerraba a la una de la mañana, era un puto chiquipark si lo comparabas con un casino de Las Vegas, pero le serviría. Sólo jugaría unas partidas durante un par o tres de días, lo suficiente para recaudar algo de dinero y lo dejaría. Tal vez unos cien mil, o mejor unos doscientos mil. Lo prometo, no, lo juro.

Nada más pisar la moqueta, que era azul claro, sintió ese cosquilleo en el estómago que había echado tanto de menos, hasta pudo sentir el sabor amargo del anhelo satisfecho.  Era como el marinero que ha estado en alta mar durante meses y por fin entra en el prostíbulo, en tierra firme. Olía a nuevo. Sus ojos buscaron la ruleta, había varias, divisó cuatro. Se sentó en la más alejada de la puerta principal e inmediatamente tocó el tapete verde, donde discurrían las treinta y siete casillas, cerró los ojos al hacerlo, al igual que lo haría un adicto al tabaco y exhalara su primera calada en años.

Se trataba de una Ruleta Americana de un solo cero, en Estados Unidos eran de doble cero. Treinta y siete casillas, del cero al treinta y seis. Cada jugador tenía fichas de un color para no confundir las apuestas.

Tenía fichas por valor de cuatrocientos euros, casi todo lo que le quedaba en su cuenta “oculta”. Eran las siete y media de la tarde. No quiso entrar a las seis y mostrar su desesperación. Había dos personas, aparte de él y el crupier.

Le gustaba observar unas cuantas partidas antes de hacer sus apuestas, el Don aparecía de repente, pero siempre tardaba un poco. Observaba a los demás jugadores y sobre todo al crupier. Era la persona que debía mantener el orden, la figura que representaba al casino en esa ruleta. Todos se parecían, todos seguían unos movimientos mecánicos, todos aparentaban esa pétrea indiferencia ante lo que ocurría en su ruleta, ya fuera que un jugador hubiera ganado un millón de euros como si lo hubiera perdido, el gesto era siempre el mismo, pero no todos eran iguales. A Arturo le gustaba indagar en las miradas de crupieres y jugadores, imaginar sus vidas, lo que les había llevado allí. No le interesaba una mesa con ganadores, él era el ganador, no podía tener competencia, aunque en realidad, eso tampoco importaba tanto, al fin y al cabo era el Don el que le decía cuando ganar y eso ocurría por mucho que hubiera otro ganador sentado frente de él. Pero esa tarde no era el caso. Los dos hombres que estaban sentados junto de él hacían apuestas pequeñas, de cinco o diez euros, una miseria. Sus caras eran de aburrimiento, estaban en la ruleta como podían estar escuchando el sermón de un cura en misa.

Se acercó una camarera muy atractiva preguntándole si quería tomar algo, sintió la tentación de pedirse una copa, pero desistió y con una sonrisa que podía parecer una excusa pidió una coca light.

Después de cuatro partidas en las que se limitó a observar, ante la mirada curiosa primero y de fastidio después por parte de los otros dos jugadores, sintió que el Don aparecía, nunca lo hacía con la misma intensidad, primero necesitaba “calentarlo”, por lo que empezó jugando cincuenta euros al rojo. Hagan juego. Era una apuesta sencilla, como hacerlo a par o impar o pasa y falta, apostabas por 18 números, cincuenta por ciento de posibilidades de ganar, eran apuestas de uno por uno, recibías un euro por cada euro que te jugabas. Ganó. Volvió a apostar a rojo. Veintidós rojo. Volvió a ganar, sus dos acompañantes habían perdido. Uno había apostado a negro, el otro a impar. Ya había ganado cien euros, además de recuperar lo jugado. Los otros jugadores lo miraron con esa media sonrisa que denotaba envidia.

Hagan juego. Llegó la coca light. Subió la apuesta, en esta ocasión jugó una docena, consistía en apostar en qué docena va a estar el número ganador. El tapete se divide en tres docenas, cada una de ellas abarca doce números, por lo tanto se juega por doce números. En ese tipo de apuestas se recibe dos euros por cada euro apostado. Treinta y tres por ciento de posibilidades de ganar. Apostó cien euros a la tercera docena. Treinta y tres negro. Acababa de ganar doscientos euros. Sus compañeros de mesa volvieron a perder. Otra cosa curiosa del Don es que parecía menguar la suerte de los que se encontraban a su lado, quizá por ese motivo casi siempre acababa jugando solo.

Hagan juego. A continuación hizo una seisena, esa jugada consistía en apostar a seis números con una sola apuesta. Los seis números sobre los que se realiza este tipo de apuesta se encuentran en dos filas contiguas. Con esa jugada, si se gana, se recibe cinco euros por cada euro jugado. Apostó otros cien euros. Con el tiempo había aprendido a no ser demasiado exhibicionista, más valía ir poco a poco y no llamar la atención. Colocó sus fichas de color verde en los números siete, ocho, nueve, diez, once y doce. Siete negro. Acababa de ganar quinientos euros. Ya llevaba ganados ochocientos euros, no era suficiente. Uno de los jugadores recogió sus escasas fichas y se levantó malhumorado. El otro tipo que quedaba en la mesa apenas le miró de soslayo. Arturo jugó con sus fichas pasándoselas por los dedos mientras barruntaba su siguiente jugada, o más bien que el Don le indicará qué apostar. Quería ir sobre seguro. No va más. No lo vio claro y prefirió no apostar. Su contrincante ganó una apuesta simple, de uno por uno. Rojo. Sonrió aliviado.

La siguiente apuesta que realizó Arturo fue un cuadro, que se trataba de apostar a cuatro números con una sola apuesta. Esta apuesta se realizaba sobre cuatro números que forman un cuadrado en el tapete. Se ganan ocho euros por cada euro jugado. Colocó sus fichas a los números diecisiete, dieciocho, veinte y veintiuno. Apostó cien euros. Ganó ochocientos euros. El otro jugador se levantó con sigilo, cogió sus fichas y abandonó la mesa. Llevaba ganados mil seis cientos euros, por supuesto no era suficiente, aunque en este punto habría que decir que para un ludópata nunca es suficiente, tiene que ser algo externo el que marque el final de la partida.

Su móvil sonó por primera vez aquella noche. Sorprendido por la interrupción se llevó la mano al bolsillo derecho de su pantalón mientras sonaba la melodía de Misión Imposible. Ni siquiera miró quién le llamaba, le puso modo vibrador y se lo volvió a llevar al bolsillo. Notó como vibró algunas veces más pero se olvidó de él. No miró la hora, llevaba reloj pero no lo miró. En las paredes de los casinos no hay relojes, ni ventanas que den al exterior. No existe el paso del tiempo, en un casino sólo existe el tiempo de jugar.

Siguiente jugada, pensó en hacer una transversal, un caballo o ya decantarse por un pleno. Hacía tiempo que el Don le marcaba un número, primero de forma débil, luego ya de forma clara y concisa. La cuestión era no llamar excesivamente la atención. En ese instante le pareció escuchar el lloro de un niño. Resultaba extraño ya que estaba prohibida la entrada de menores de edad al casino, y por supuesto la entrada de niños. Eso le hizo despistarse por un segundo, pero enseguida volvió a concentrarse en el tablero, a pesar de que se continuaba escuchando el lloro de un niño, de un bebé. Se decantó por la opción intermedia. Un caballo. Se trataba de apostar a dos números con una sola apuesta, los dos números deberían están contiguos en el tapete de manera horizontal o vertical. Podía ganar diecisiete euros por euro apostado. El móvil vibró de nuevo y de nuevo lo ignoró. Cuando estaba ante una mesa de juego el resto del mundo desaparecía, no existía nada más allá de esos treinta y siete números. Colocó sus dos fichas en el veintisiete y en el treinta. Apostó trescientos euros. No va más. El crupier lo miró por un leve instante y colocó la bola en el borde de la ruleta que comenzó a girar. El crupier, como siempre,  lanzó la bola en sentido contrario al que giraba la ruleta. Eran esos segundos por los que valía la pena todo. Esos instantes de incertidumbre, de observar la pelotita discurrir por la ruleta a toda velocidad, como si nunca fuera a detenerse, pero poco a poco va disminuyendo su velocidad, al ir frenando y ver como da saltitos de casilla en casilla, como si ninguna le convenciera, mientras los ojos de los jugadores están fijos en ella, incluso mueven la cabeza levemente, siguiendo cada salto de la bolita, hipnotizados, podría estallar un cataclismo mundial y ellos no inmutarse, lo único importante es ver donde cae la bolita, hasta que al final se detiene en una casilla, un número, una decepción enorme en la mayoría de los casos, una alegría adrenalínica, las menos. Veintisiete. Había ganado cinco mil cien euros. Hizo un gesto triunfal pero sin excesos, como si estuviera acostumbrado a ganar ese dinero cada día. Ahora sí que el crupier abandonó por un segundo su inmovilismo profesional y lo miró con cierta incredulidad. El móvil vibró de nuevo. Tal vez era algo urgente. Por primera vez miró su reloj, las manecillas marcaban las doce de la noche, no podía ser, era tardísimo, ¡pero si tengo la sensación de que apenas ha pasado una hora!, Marta me va a matar. No hacía falta que mirara el móvil, sabía que era ella, hago un pleno y me voy, una y ya está.

Alzó un instante la mirada de la mesa y vio algo que le dejó helado. Vio a su madre muerta sentada en una tragaperras introduciendo compulsivamente monedas y negando con la cabeza. Apenas tenía cabello, unos mechones grises esparcidos por la cabeza, estaba hinchada, como si hubiera permanecido durante semanas debajo del agua y su piel tenía un tono verdoso de pantano estancado que casi le dieron arcadas. Seguía negando con la cabeza, como si no viera clara la siguiente jugada. Arturo cerró los ojos. No puede ser, es imposible, estoy alucinando, la adrenalina del juego me está haciendo ver alucinaciones. Abrió los ojos y lo que había sido el cadáver hinchado y putrefacto de su madre era una afable anciana, delgada y pálida. Otra vez ese maldito crio. ¿No pueden hacerle callar? ¿A quién, señor? No se había dado cuenta y había formulado su pregunta en voz alta. Ese niño, no sé cómo han podido dejar entrar a ese niño. ¿Qué niño, señor? Arturo lo miró enfadado, déjelo, da igual, no importa.

Una última jugada, un pleno, la jugada de las jugadas, es apostar a un solo número, el once, el once, repiqueteaba en su cabeza como la lluvia sobre un tejado metálico. Si salía el número elegido se ganaban treinta y cinco euros por cada euro apostado. Apostó cuatro mil euros. Cinco mil era el límite. Si ganaba ganaría ciento cuarenta mil euros. El crupier lo miró con el sobresalto en los ojos, como asegurándose que el jugador no se había vuelto loco. Esos tipos lo habían visto todo, pero obviamente algunos no podían permanecer imperturbables ante según qué actos, y ese, en ese momento parecía el acto de un loco. Aunque lo cierto era que esa apuesta era una nimiedad comparado con otros casinos. Puto chiquipark. No va más. La bolita rodó con impaciencia por su rail. Vueltas y más vueltas, como un eterno carrusel.

A pesar del Don, Arturo miraba con agitación la bolita, no siempre ganaba, pero esa vez había visto muy claro el once, dos unos, estaba muy claro. El diecisiete. El crupier arrastró hacia su posición las fichas de Arturo. No podía creerse lo que había pasado. Había perdido. Arturo permaneció unos segundos aturdido, como si le hubieran pegado una ostia al cruzar una esquina y aún se preguntara qué cojones había pasado. Era un once, un once, lo había visto claro. Un once, el once. Dos unos.

Aún tenía más de dos mil quinientos euros. El Don le indicaba el once. Puso todas sus fichas en el once de nuevo. Lo siento señor las mesas cierran a las doce y media, puede probar suerte en las tragaperras que permanecerán abiertas hasta la una. ¡No puede ser!, gritó desesperado. El crupier se limitó a recoger todas las fichas, colocarlas en unas cajitas transparentes y cruzar las manos dos veces, indicando que la mesa estaba cerrada.

Arturo permaneció un rato sentado, sin comprender lo que había sucedido, no era la primera vez que perdía dinero, pero lo había visto con tanta claridad, el once, un once.

Había ganado dos mil seiscientos euros, pero eso no era nada, había perdido el gran premio, había perdido un pleno, ciento cuarenta mil euros. Ya había imaginado qué iba a hacer con ese dinero. Invitaría a Marta a una mariscada en el Botafumeiro, le compraría unos pendientes, el viaje a Camboya y amueblarían la habitación del niño. Aún no sabía el sexo del bebé, pero él sabía que sería un niño. Todo se había esfumado tan pronto como lo había imaginado, eso era el juego, castillos en el aire.

No se había levantado de su taburete y ya sabía que volvería al día siguiente. Cuando se dirigía hacia la salida pasó delante de unas máquinas tragaperras. El once, dijo una voz rugosa, ¿alguien le había dicho el once?, se giró incrédulo. Sólo estaba la anciana que había confundido con su madre muerta. ¿Ha dicho algo, señora?, dijo visiblemente molesto. La señora se limitó a mirarle de cabeza a pies y al instante dirigió de nuevo toda su atención a los limones, piñas y demás frutas que cambiaban de forma en lo que bajaba un parpadeo.

Cuando se subió al coche miró la pantalla de su Iphone 6 recién estrenado. Ocho llamadas pérdidas de Marta y otras tantas de su hermano. Joder, que impacientes.

No llamó, no quería discutir por teléfono. Durante del trayecto del hotel a casa pensó en una buena excusa. Debía esforzarse. Todo hubiera sido más fácil si hubiera ganado. ¡ERA UN ONCE! ¡UN PUTO ONCE!

Abrió la puerta de casa, mientras repasaba una vez más su historia. Había tenido una cena con unos clientes italianos, no, cielo, no pude negarme, no, no pude llamar, me había quedado sin batería, no, imposible, no había cogido el cargador. ¡Joder!, siempre lo llevaba encima, si una cosa odiaba era quedarse sin batería, además podría haberla llamado desde el restaurante. Ya no tenía tiempo de pensar en otra historia. Pensó aceptar el chaparrón. Mañana volvería al casino y ganaría, nunca había perdido dos días seguidos. Le compraría la mejor cuna del mercado.

Las luces estaban apagadas. Arturo imaginó que Marta estaba en la cama haciéndose la dormida, mala señal, Arturito. Al menos no había bebido nada, su aliento le hubiera delatado. Pero olía a Casino, a alfombra recién limpiada, a fichas pulidas. No seas paranoico, ¡las fichas no huelen!, sí huelen, sí.

Se tropezó con algo a la entrada del salón, había algo tirado. Encendió las luces, era una silla, ¿qué hacía una silla tirada a la entrada del salón? Alzó la vista y no pudo creerse lo que vio, un gran charco de sangre en medio del salón. Tuvo que acercarse y verlo de cerca para asegurarse que esa sustancia roja y viscosa era lo que parecía. Gritó el nombre de su mujer, nadie contestó. ¿Qué coño ha pasado aquí? Se dirigió raudo a la habitación. La sangre seguía en un tétrico reguero de pequeñas gotas irregulares. Casi se tropezó subiendo las escaleras, más sangre, puto dúplex.

Al encender la luz de la habitación el pecho se le encogió en un grito mudo de angustia. Las sábanas blancas de lino estaban todas manchadas de sangre. Sintió que se mareaba.

Arturo buscó entonces su teléfono y llamó a su mujer, pero nadie contestó. Volvió a marcar pero obtuvo la misma respuesta de unos tonos fríos augurando una mala noticia al otro lado. Llamó a su hermano Cristóbal. Un  tono, dos tonos, tres tonos, su hermano descolgó el teléfono y Arturo apenas pudo esgrimir la primera sílaba. ¿Dónde coño estabas, Arturo? ¿Qué pasa, Cristóbal? Silencio. Un sollozo, su hermano estaba llorando. ¿Qué pasa, Cristóbal?, ¿dónde está Marta?, ¿estás con ella?, aquí está todo lleno de sangre, está todo, Arturo, en el salón también hay, Arturo escúchame, las sábanas, yo estaba en una cena que, Arturo haz el favor de escucharme, unos italianos, insistieron en ir a, Arturo, Marta está muerta, la cosa se alargó y, ¿me has escuchado Arturo?, Marta murió hace un par de horas. Pero eso no puede ser, una risa nerviosa, es imposible. Silencio. Arturo, ven al Hospital Clínico. Marta está aquí, ahora la están lavando, luego la volverán a subir y más tarde la llevarán al depósito, les he pedido que la subieran de nuevo para que pudieras despedirte de ella. Se ha desangrado, no saben bien qué ha pasado, ha sido todo tan, tan. Ven ya Arturo. Hospital Clínico. Habitación once. ¿Cómo? Habitación once, estamos aquí, también está papá. Once. ¿Once? ¡ERA UN ONCE! ¡UN PUTO ONCE!

Arturo cayó de rodillas dejando que el teléfono último modelo se desprendiera de su mano y fuera a dar al parquet. Entonces lo comprendió, lo vio claro, el accidente de sus amigos, la muerte de su madre cuando él estaba en Las Vegas y ahora Marta, si vuelves a jugar me muero. Te lo prometo. Arturo, si vuelves a jugar me muero. Lo vio claro, como vio el número once, dos unos, el Don no era un Don, sino una maldición. Una maldición escondida detrás de unas luces hipnóticas, de números y casillas, redonda como una bolita de madera, pero una maldición al fin y al cabo. El ying y el Yang. Si vuelves a jugar me muero. Hay promesas que sí se cumplen. ¡Hagan juego!

 

 

 

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