El Dictador Perfecto

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El Dictador Perfecto, relato, david casado aguilera

El Dictador Perfecto

El Dictador Perfecto

Contaba tan sólo dos años de edad cuando dio inició su ardua enseñanza, el objetivo era inculcarle como tendría que comportarse, a partir de entonces, el resto de su vida. Todo comenzó como un juego para él, todo era una novedad para sus ojos infantiles, pero esos ojos de niño pronto dejaron de ver el mundo como un inmenso lugar para jugar. Los rostros serios y enjutos que le acompañaban le hicieron ver que aquello no era un juego. Lo primero que sus viejos maestros le enseñaron fue a inclinarse ante su propio padre, al que apenas veía unas cuantas horas a la semana y que debía denominar Dictador Perfecto, ni siquiera sabía su nombre, es más, no conocía ni su propio nombre, allí en Palacio nadie lo tenía.

La primera y la única vez que su padre lo sostuvo entre sus brazos fue cuando nació y se cercioró de que era un niño, el primero que tenía después de dos niñas a las que ya nunca volvió a ver después de su nacimiento y que permanecían encerradas en uno de los palacios de la familia, junto a su madre, a la cual nunca nuestro Dictador Perfecto conoció.

Lo que comenzó siendo un juego se convirtió en una tediosa rutina. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año se le fue cincelando para ser un Dictador Perfecto, era para lo que había nacido, al igual que su padre, su abuelo, su bisabuelo… A los seis años ya no recordaba la última vez que había sonreído, de hecho lo tenía terminantemente prohibido. En el Palacio principal no estaban permitidas las risas, ni siquiera una tenue sonrisa, ya que eso era un síntoma de debilidad, y tal y como le habían enseñado sus maestros, lo último que podía mostrar era debilidad. Su esperanza de vida como Dictador Perfecto estaba ligada a la total ausencia de sentimientos. Poco a poco le fueron extirpados, uno a uno. Comenzaron con el de la compasión, el más peligroso de todos ellos. Jamás podía mostrar compasión porque ese sentimiento tan horrible le haría empequeñecer, y no ocurriría de un modo metafórico, sino literal. Le enseñaron a que si mostraba compasión su figura iría menguando hasta convertirse en una hormiga fácil de aplastar. Esa era una de sus más recurrentes y temibles pesadillas cuando era un niño, ser una hormiga que se extravía y sale de Palacio para atravesar la ciudad hasta acabar en medio del mercado, esquivando suelas de zapato malolientes para concluir muriendo aplastada. La compasión le fue extirpada con éxito.

Otro de los sentimientos en los que más incidieron sus maestros para ser eliminado fue la empatía. Era algo que no podía permitirse si no quería que su sombra desapareciera. Su sombra debía ser cada vez más alargada y llegar hasta el último rincón del reino. Si alguna vez, aunque fuera de forma inconsciente, sentía empatía por otra persona, su sombra se haría más pequeña, y entonces habría lugares en su reino donde brillaría el sol y no estarían bajo su sombra. Eso haría que esa parte del reino pudiera rebelarse, ya que a ningún lugar del territorio que estaba bajo sus dominios podía llegar el sol, su sombra se encargaba de bloquear cualquier resquicio de luminosidad. Quizá por eso sus súbditos estaban siempre tristes, con el rostro sombrío y los ojos vacíos de toda esperanza, pero eso era algo que al Perfecto Dictador no importaba, porque era incapaz de experimentar la empatía, se le extirpó con éxito.

A ojos de los reinos vecinos el suyo era un reino gris y pobre, donde nunca brillaba el sol y la miseria de sus gentes era acuciante, a pesar de que el Perfecto Dictador era cada día más y más rico. La esperanza de vida no superaba los treinta años. Ese era otra circunstancia que habían enseñado al Dictador Perfecto, la gente no podía vivir muchos años, eso crearía potenciales rebeldes. La premisa era que vivieran poco, y en su mísera y escasa existencia estuvieran preocupados únicamente por subsistir, y por la zona oscura, por supuesto. De la zona oscura le hablaron cuando tenía ocho años, o tal vez antes.

La zona oscura era un lugar que había nacido hacía muchos años, probablemente en los inicios del reino, cuando apenas era un pueblo, o quizá  siempre había estado ahí, cuando su familia aún no había tomado las riendas de sus gentes. Esa historia era contada de generación a generación por los hombres de cada familia, al calor del fuego, en sus humildes casas de paja y adobe, de padres a hijos, dejando de ser una historia para ser una realidad, como la vida misma. Si alguien osaba decir algo pernicioso o malvado del Dictador Perfecto, se le llevaba la zona oscura. La zona oscura era capaz de escuchar todo lo que se decía, de catalogarlo y guardarlo, y si algo era considerado como un menosprecio al querido líder, unos hombres irrumpían en medio de la noche y se llevaban a esa persona, por orden de la zona oscura. Era irreversible: si alguien era llevado a la zona oscura jamás regresaba. Por ello, y para evitar decir algo negativo, nadie hablaba del líder, ni siquiera podían permitirse pensar en él, era un ente que estaba muy por encima de ellos, más allá de sus mundanos y simples pensamientos.

Muy pocos eran los que alguna vez lo habían visto de cerca, se podían contar con los dedos de una mano. Al igual que todos sus predecesores era guapo, delgado, joven, tal y como mostrabas sus estatuas. Todos, eso sí, lo había visto de lejos, ya que una vez cada dos años el Dictador Perfecto salía al balcón principal de su Palacio para dirigirse a su querido pueblo, que le escuchaba con gran devoción. Todo el pueblo acudía de forma voluntaria, por supuesto. Era el único momento que podían dejar de labrar los campos del querido líder. También era sabido que aquel que no acudía al Discurso bianual era trasladado a la zona oscura.

A los doce años, cuando ya había escuchado y asimilado todas las lecciones que sus viejos maestros le habían dado, le extirparon los oídos, por supuesto, con éxito. Fue una medida impuesta en tiempos de su tío abuelo, ya que hasta Palacio llegaban los lamentos y súplicas de la gente más miserable del reino, una impertinencia que alteraba el trabajo diario del Dictador Perfecto. Lloraban por su situación, su fingida pobreza, cuando tenían el privilegio de poder trabajar las tierras del Dictador Perfecto. Incluso en la tranquilidad de la noche llegaban esos molestos lamentos hasta Palacio, cosa que impedía descansar como era debido al Dictador Perfecto. En un principio hubo un gabinete de consejeros para tratar el tema, pero algunos de ellos osaron comentar que tal vez para mitigar esos lamentos había que conceder audiencia a la gente, de ese modo escuchar sus peticiones y poner remedio a sus problemas. La mayoría de los problemas estaban relacionados con el hambre, pero si ya tienen para comer las patatas que siembran, dijo uno de los consejeros, pero es que este año ha habido una mala cosecha y no tienen que comer, dijo otro de los consejeros que trataron de convencer al Dictador Perfecto para que escuchara aquellos lamentos, ¡pero si los escucho todo el maldito día!, exclamó el Dictador Perfecto. Ante esas impertinencias, lógicamente, se deshizo el Consejo para siempre y a los consejeros que habían propuesto esas ilógicas propuestas se les invitó a trabajar en la zona oscura, cosa que aceptaron sin ningún inconveniente. A continuación, el Dictador Perfecto decidió que nunca escucharía a nadie más y se hizo extirpar los oídos.

De esa manera, a todos sus sucesores, a la edad de doce años, se les anulaba la capacidad de escuchar.

Otro aspecto cambió desde el incidente con aquel gabinete consultivo, y es que el magnánimo líder, en su infinita sabiduría, decidió unánimemente recibir una vez al año a un representante de su reino, para que le explicara sus problemas y le hablara de sus demandas para el bien de la comunidad. Claro que el representante del pueblo que estaba ante nuestro Dictador Perfecto, no sabía que, por mucho que éste lo mirará fijamente y con cara de estar prestando atención a sus problemas con la cosecha, la hambruna que estaba devastando a la población, el retorno de la epidemia que sobre todo afectaba a los niños o la falta de agua para las necesidades más básicas, en realidad no lo escuchaba. Estaba pensando en la sesión de sexo oral que le esperaba en cuanto acabara con aquel pelmazo, al que veía mover la boca y las manos compulsivamente e incluso tenía la desfachatez de derramar ese extraño líquido por los extremos de los ojos. Ya llevaba la eternidad de cinco minutos gesticulando cuando al querido líder se le había acabado la paciencia, ni siquiera la imagen de los carnosos labios de su joven quinta esposa succionando su erecto miembro era capaz de arrancarle de esa sala en la que ese pulgoso muerto de hambre que, aparte de estar ensuciando el brillante suelo de mármol rosado, no paraba de gimotear.

En un impulso inesperado, el representante del pueblo se lanzó a los pies del Dictador Perfecto, ante la mirada de sorpresa e incredulidad de los guardias que no pudieron reaccionar a tiempo.

Nadie podía tocar al líder, únicamente sus esposas, y sólo para obedecer sus demandas sexuales, para ello eran custodiadas y adoctrinadas desde su nacimiento, con la única misión de complacer al Dictador Perfecto. Por ese motivo, se les extraían las cuerdas vocales y no podían emitir una sola palabra, sólo faltaría que una mujer pudiera importunar al queridísimo y respetado líder. Todo el mundo sabía que no se le podía tocar, ni siquiera mirar a los ojos, pero la desesperación o la ignorancia o la perdida de toda esperanza, sabiendo que nada podía ser peor que ver morir a sus dos hijos, como ya lo había hecho el representante del pueblo para esa audiencia, Lorenzo Dasirruti, hizo abalanzarse sobre el líder, dejando a todos sin capacidad de reacción por la falta de antecedentes ante esa situación. Por ello, a Lorenzo no le fue difícil alcanzar a tocar al Dictador Perfecto, primero los pies, seguidamente subió sus sucias y callosas manos por la impoluta túnica blanca hasta llegar a su pecho, que zarandeó mientras las puntas de dos lanzas se clavaban por ambos costados de Lorenzo. Pero él no sintió ningún dolor, tan sólo vio como la cara del Dictador Perfecto, que expresaba entre sorpresa y terror, se deshacía en millones de partículas, al igual que un castillo de arena se desmorona en multitud de granos. El cuerpo orondo y blando del Dictador Perfecto, que por cierto no se asemejaba en nada a las estatuas de bronce y oro que había repartidas por el reino y que tenían la intención de reflejar su imagen, se convirtió en polvo. Por un instante, una milésima de segundo tal vez, los ojos de Lorenzo se encontraron con los ojos del Dictador Perfecto, que reflejaron incredulidad antes de convertirse en una sustancia gris y polvorienta. Toda esa cantidad de polvo descendió de golpe hasta formar un pequeño montículo por debajo de la túnica que Lorenzo mantenía aún entre sus manos.

Una corriente de aire entró por la ventana, repartiendo por toda la amplia sala el montón de polvo que durante unos minutos flotó por la estancia asemejándose a miles de mariposas transparentes, mientras todos los allí presentes no creían lo que estaban viendo, a la vez que Lorenzo Dasirruti caía muerto sobre el inmaculado suelo de mármol rosa, eso sí, esgrimiendo una amplia sonrisa.