David Casado Aguilera

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Relato: El descubrimiento del siglo

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El descubrimiento del siglo

-¡Eureka! El cuerpo se encuentra en perfecto estado de conservación-exclamó Smith, al ser consciente de lo que estaban viendo sus incrédulos ojos. Sabía que con ese descubrimiento sorprenderían a toda la comunidad internacional, y por fin recibirían el reconocimiento que merecían desde hacía mucho tiempo.

-Voy a hacer unas fotos, ponte a su lado-dijo Palmer, que fue corriendo a por la cámara de fotos digital para inmortalizar ese momento único en sus vidas. Smith y Palmer llevaban más de diez años trabajando juntos, eso era algo inusual en el mundo profesional al que pertenecían, en el que cada uno va por libre y lo único que se busca es el prestigio individual. Llevaban juntos desde que iniciaron sus estudios universitarios y, una vez licenciados y tras pasar por un curso de especialización arqueológica en paleontología y orígenes del hombre, se lanzaron a explorar el continente africano en busca de restos que aportaran más luz sobre los inicios del hombre como especie. Eran muchos los fracasos que acumulaban en su historial, prácticamente estaban en la bancarrota, habían gastado todos sus ahorros en cumplir su sueño, además del dinero que habían invertido los pocos patrocinadores a los que pudieron embaucar. Esa era su última expedición del año y muy probablemente no podrían encontrar fondos hasta que los dinosaurios volvieran a poblar el planeta. Los mecenas huían de ellos como de la peste, además, unos comentarios nada graciosos se estaban difundiendo por el mundo académico, puesto que ya les habían otorgado el apodo humillante del gordo y el flaco dada su fisonomía: Smith era largo como el palo de una escoba y de rostro muy pálido, mientras que Palmer parecía dado a la buena comida, rechoncho y bonachón, siempre con un buen color de cara debido a la petaca que nunca faltaba en el bolsillo derecho de su pantalón, aun así, era ágil como un gato. Siempre habían permanecido ajenos a esos vejatorios comentarios y permanecían obcecados en su objetivo: sabían que en esa zona de Kenia, donde estaban buscando, encontrarían la respuesta a todos esos bocazas que los habían ninguneado.

Ambos formaban un gran equipo, basado en el compañerismo, en la solidaridad y en el apoyo mutuo. En esos pilares basaban su fuerza, ya que ni uno ni otro estaba casado ni tenían familia, vivían por y para la antropología, ese era su mundo, su universo, así que cuando descubrieron el cuerpo de aquel homínido en perfecto estado, fue como si hubieran dado con el santo grial de la humanidad, como si les hubiera sido revelado el secreto de la vida eterna. No cabían en sí de gozo. Palmer se secaba el sudor que recorría su sonrosada y carnosa cara, haciendo grandes esfuerzos por no derramar un par de lagrimones, y Smith miraba hacia todos lados preguntándose si no sería una broma de cámara oculta. La primera foto salió movida porque Palmer se había agachado a colocarse bien sus pantalones que siempre se le caían por no llevar un buen cinturón. La segunda instantánea captó la alegría de los dos compañeros abrazados y vislumbrando la gloria que les esperaba.

Estaban en el corazón del Roth Valley, Kenia, donde, según sus estudios, estaba el origen del ser humano y no donde se había estado buscando hasta entonces, el Rift Valley. Tenían permisos otorgados por el gobierno keniata, tras haber pagado sustanciosos sobornos, para hacer excavaciones y estudios en su territorio. Además, contaban con el convenio de una universidad londinense venida a menos y que quería recuperar el prestigio que antaño ostentara. Debido a ese acuerdo, podían trasladar el cuerpo a las instalaciones universitarias para ser estudiado y, una vez se conocieran los resultados, sería devuelto a Kenia.
El diminuto cuerpo que tenían que trasladar se asemejaba al de un chimpancé a simple vista, pero a los ojos de los dos antropólogos albergaba algunas diferencias: medía un metro cuarenta y cinco centímetros y, según su musculatura y el desarrollo de sus extremidades, era bípedo, su capacidad craneal estaba más desarrollada que la del simio y en la fisonomía de su rostro podían verse aspectos más humanoides que simiescos. A sus ojos, aquel cuerpo era una cartilla repleta de información que estaban deseosos de desentrañar.

Colocaron el cuerpo con sumo cuidado en unas cajas habilitadas para la ocasión, así como todo lo que se encontró alrededor del cuerpo, tierra, semillas, piedras con muescas…todo. Debía estudiarse el contexto en el que fue hallado el cuerpo, cada detalle era importante, por insignificante que pudiera parecer. Era un trabajo escrupuloso y minucioso que les llevo dos días.

Una vez tuvieron todos los restos perfectamente guardados y documentados, se marcharon con la ayuda de los guías locales y porteadores que habían alquilado y se dirigieron al poblado en el que habían dejado los jeeps. El traslado de los restos se haría por tierra, debido a que no podían arriesgarse a que les sucediera nada porque, según unos estudios consultados por Palmer, volar a tanta altura podía ser perjudicial, el cuerpo podía deshacerse, de modo que dispusieron todo para atravesar África, pasar a España con los jeeps y desde allí cruzar media Europa hasta los laboratorios en Londres.

Durante el trayecto africano, los dos antropólogos no podían parar de hablar sobre lo que tenían entre manos, era la respuesta a veinte años de preguntas. Estaban convencidos que podía ser la prueba fehaciente de que el hombre fue bípedo mucho antes de lo que se pensaba. Los orígenes del hombre podrían perfectamente retrasarse un millón de años, sería probablemente el descubrimiento del año, no de la década, ¡no! Era el descubrimiento del siglo. Su extraordinaria conservación era la clave. El terreno árido, de excepcionales características, había sido el culpable del excelente estado del cuerpo, que presentaba un aspecto igual que si hubiera muerto hace una semana. Estaba íntegro, no se había desprendido un solo pelo, incluso en su rostro todavía podía apreciarse un rictus de dolor al haber sido sorprendido por la muerte, muy probablemente tras un fuerte golpe en la cabeza.

Después de tres días de pesado viaje y con los músculos entumecidos, llegaron a la frontera española de Melilla. Desde allí se trasladarían al puerto para tomar un barco con destino a Cartagena y continuar por carretera rumbo a Londres.

-Bajen del vehículo y abran el maletero-dijo uno de los guardias civiles que estaban en el puesto fronterizo.

-¿Qué es lo que llevan allí?-dijo señalando las cajas metálicas donde los científicos llevaban los restos mientras se rascaba sus partes íntimas sin ningún disimulo.

-Estamos trasladando a Inglaterra restos antropológicos para su estudio. Aquí tiene los papeles del Ministerio británico y del de Kenia-contestó Palmer, que era el que mejor se expresaba en español, ya que había trabajado un tiempo en Burgos en el yacimiento de Atapuerca, donde no aprendió una palabra de español, sino que lo hizo por una medio novia de Valladolid que trabaja ba en una tienda de ultramarinos en la población más cercana al yacimiento.
-¿Y qué es lo que llevan las cajas? Esto no lo entiendo, no está en español-dijo, blandiendo los papeles a la cara de Palmer y sin apenas prestarles atención.

-Ya se lo he dicho, agente son…

-¡Sargento, caballero! Nada de agente, ¡sargento!-le interrumpió el guardia civil, con aspecto cansino y anodino.

-Sargento, llevamos restos encontrados en un yacimiento para ser estudiados en Inglaterra, contamos con todos los permisos que…

-¿Cómo que restos? Si llevan algún cadáver necesitan permisos especiales.

-No, no se trata de un cadáver. Son restos de un homínido que…

-Un homínido, ¿y eso qué es?

-Un homínido es como si dijéramos un antecesor del hombre que…

-¿Qué coño pasa aquí? ¿Qué es este follón?-un segundo guardia civil, éste con grandes bigotes y aspecto de tener más rango que el sargento, se aproximó con aire impaciente y visiblemente molesto ante la caravana que se estaba formando detrás del 4×4.

-Mi teniente, estos señores que llevan en esas cajas no sé qué restos, de no sé dónde a no sé dónde-las caras de Smith y Palmer no podían disimular la sorpresa que les estaba provocando la escena.

-Veamos qué pasa aquí, ustedes-dijo en tono altivo el teniente, con un ligero aroma a coñac, un palillo en la boca y colocándose adecuadamente la chaquetilla y la metralleta. Parecía que hubiera estado durmiendo dentro de la garita-¿qué es lo que llevan en esas cajas?
-Es lo que hemos explicado al agen… digo al sargento-empezó a hablar Palmer, con evidente cara de fastidio-son unos restos que…

-¿Restos de qué?-volvió a interrumpir el teniente a Palmer, que estaba empezando a subirle un tono rojizo a su rolliza cara, y no dejándole terminar la frase.

-Son restos de lo que pensamos es una clara evidencia de un primer homínido, que dejó su condición de simio y bajó a la estepa, y tras el iniciar lo que a posterior…

-¿De que coño está hablando este tío?-dijo el teniente mirando al sargento que, tras su cara de alelado, daba claras muestras que tampoco había entendido una sola palabra de lo que había dicho Palmer.

-¡Abra esas cajas inmediatamente, coño!-exclamó el teniente.

-Señor-Smith habló por primera vez, en un mediocre español, cansado por la ineficacia de aquellos dos policías que les estaban retrasando de una manera estúpida- no poder abrir cajas, imposible, imposible.

-No podemos abrir esas cajas, como usted las llama-continuó Palmer, intentando explicar a los agentes la importancia de lo que tenían entre manos-están selladas para impedir que cualquier elemento exterior pueda penetrar ya que, como cualquier cosa que esta sellada para que nada penetre dentro, es porque lo que hay en su interior es de una fragilidad extrema, ¿verdad que es capaz de entenderlo, teniente?-Smith pronunció la palabra “teniente” con tono despreciativo que no pasó inadvertido al teniente.

-Mire listillo, no sé quién coño es usted ni qué carajo lleva ahí dentro, por mí como si es el mismísimo papa, he dicho que lo abra y lo va abrir si no quiere ser detenido por resistencia a la autoridad que, casualmente, en este lugar y en este instante soy yo-el teniente pronunció “yo” exactamente igual que Smith había pronunciado la palabra teniente.

Tras un largo soplido de fastidio, Smith se dirigió a la cápsula en la que estaba el cuerpo encontrado y, tras una mirada a Palmer en la que mostraba el hastío y la incredulidad ante esa situación surrealista, abrió la caja y se apartó de ella para que pudiera ser examinada por los dos guardas civiles. Éstos se aproximaron lentamente y, agarrando sus dos subfusiles como si allí dentro se encontrara la peor amenaza terrorista que hubieran encontrado nunca, se asomaron y permanecieron en silencio un largo tiempo.

-¡Pero si es un mono!-dijo el sargento, mirando a lo dos antropólogos.

-Es lo que he estado intentando explicar anteriormente, es un homínido que…

-¿Homínido? A mi me parece un mono, como esos que están en el zoo-dijo el teniente, soltando una carcajada e interrumpiendo a Palmer por enésima vez.

-Vamos a ver, debemos estudiarlo porque podría ser…

-Es un hombre o un mono, coño-exclamó el teniente.

-Un homínido, o sea que sí, podría decirse que es un hombre.

-Bueno, parece que nos vamos entendiendo, ¿ve como no es tan difícil?-dijo el teniente condescendientemente, mientras los dos antropólogos no cabían en sí del enfado que llevaban.

-Y, ¿de dónde dicen que es?-preguntó el teniente.

-Lo encontramos en el Roth valley, en Kenia y…

-Kenia, Kenia…creo que no hay ningún convenio de emigración con ese país-dijo el teniente mirando al sargento.

-¿Cómo que convenio de emigración?-dijeron los dos antropólogos al mismo tiempo.

-¡Pues claro! Sin permiso de residencia o visado, que deberían tramitar en la embajada española de Kenia, no podrán pasar-los antropólogos lo miraban con estupefacción y perdiendo totalmente los nervios.

-A no ser…-empezó a decir el sargento. Nadie dijo nada, como esperando a que acabara lo que había comenzado a decir-A no ser que aleguen exiliado político, debido a que ha sido un esclavo o un prisionero de guerra, ¿no?-dijo mirando al teniente, que asentía satisfecho.
-¡Pero de qué están hablando! ¡Qué es esa estupidez de exiliado político o visado! ¡No ven que está muerto! ¡Ni siquiera es un hombre!-exclamó Palmer, ya sin ningún ápice de paciencia.
-¿Pero no habíamos quedado que sí era un hombre?-dijo el sargento en tono acusador-Los dos antropólogos se frotaban la cara y bajaban la mirada como creyendo estar en una pesadilla.

-No trate de engañarnos que aquí en España la policía no es tonta-dijo el teniente alzando su dedo índice.

-Vamos a ver. Sin visado, un ciudadano de Kenia no puede pasar a España, deberían saberlo antes de traerse cosas. Nadie puede entrar en España si no es ciudadano europeo o sin el visado correspondiente, o sea que, si no hay visado, no pueden pasar-sentenció en un tono más apacible el sargento.

-Pero como que un ciudadano, ¡qué son restos antropológicos! ¡Es como una momia, como un fósil! ¿Qué me están contando?

-¡Sin visado no entra ni Dios! ¡Ni momias ni hostias! ¡Ni el tutanjamón ese de los cojones! Y sálganse de aquí que miren la que me están formando-el teniente dio media vuelta y se fue.
-Yo señores lo que les aconsejo-habló el sargento acercándose a los científicos en un tono confidencial-es que vuelvan a Kenia y allí soliciten el visado para este…este individuo. Pero si les soy sincero, mejor ni lo intenten, ahora esta la cosa muy jodida. Se han puesto muy duros con los inmigrantes-los antropólogos lo miraban como no queriendo creer lo que estaban escuchando, no podían ni articular palabra.

-Otra opción-dijo de repente el sargento, que parecía haber estado pensando todo un año en lo que iba a decir-también pueden pedir a ese laboratorio a donde van que formulen una oferta de trabajo para el individuo y así sería más fácil que le otorgaran el permiso para trabajar, ¿entienden?

-Permiso de trabajo…ya-dijo Palmer, dándose la vuelta y apretando su fuerte mandíbula.
Smith estaba rojo por la ira y Palmer apretaba los puños deseando romperle todos los dientes a ese orangután ignorante. Se alejaron de la aduana dejando atrás al sargento, que los observaba encogiéndose de hombros y no entendiendo a esos científicos locos que querían pasar a un hombre con pinta de mono ilegalmente al país. Tal y como estaban las cosas… ¡Estos extranjeros no aprenden nunca!

 

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