David Casado Aguilera

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Cristóbal y Lorenzo: El duro

Relato, Cristóbal y Lorenzo, David Casado Aguilera

Cristóbal cierra la puerta de su casa, no sin antes haberse despedido de su madre, que, como siempre, le persigue hasta casi el descansillo de la entrada diciéndole “ten cuidado”, “no me gusta tu amigo Lorenzo” “a ver qué hacéis en la calle” “y no bebas, que ya sabes que te sienta muy mal”. Cristóbal es ciego desde que era un niño. El silencio que hay después de cerrar la puerta es para Cristóbal un alivio. Siempre dice que un día de estos cogerá la puerta y se ira, pero una hora después entra en la cocina con carita de cordero que va a ser degollado y le pregunta qué hay de cenar.

Mientras aprieta el botón del ascensor asiente, sabiendo que lo que va a hacer es lo correcto. Necesita el dinero. Ya no puede vivir bajo las faldas de su madre. Se autoconvence que es lo correcto, que ya es hora que vuele del nido, pero después de estar treinta y seis años con su madre… la decisión no es fácil. Cuando llega a la calle aún no ha encontrado una respuesta que le convenza del todo. Lorenzo está esperándolo.

-Venga vamos, que como siempre ya vamos tarde.

– ¿Dónde hemos quedado?

-¿Cómo?

-¿Qué dónde hemos quedado con el tipo este?-Cristóbal se ha girado de cara a Lorenzo, ya que su amigo es sordo.

-En un bar de la Plaza de la Paloma.

-¿A qué hora hemos quedado?

-A las seis.

-¿A las seis?-exclama Cristobal-pero si no son ni las cuatro. Me he tenido que comer las albóndigas deprisa y corriendo. Ni siquiera me las he acabado, y no he comido el postre ¡Y hoy mi madre había hecho natillas!

-Venga no te quejes tanto, que mira cómo estás, cada vez más gordo. Así cómo nos van a contratar, ¡y mírame cuando me hablas, coño!

-¿Que mire cómo estoy? Que gracioso eres, me parto contigo, pedazo de cabrón.

-Venga, venga, no seas tan susceptible.

– ¿Y por qué vamos tan temprano?

– Tenemos que ver el bar, estudiar muy bien el entorno, y de paso nos tomamos unas cervezas.

-¿Estás seguro que el tío ese es de fiar?

-Me lo ha recomendado el Anguila, parece ser que es muy amigo de la novia de su primo, o era la amiga de la prima de la novia del Anguila.

-¿La prima de quien?

-¿Cómo?

-Da igual, déjalo.

Los dos amigos llegan al Bar de la Plaza de la Paloma, pero antes deciden entrar en otro garito que está en frente y que parece contar con más ambiente. Se sientan en una mesa alejada de la barra, cerca de los baños. Cristóbal quiere estar cerca de los servicios, ya que cuando bebe cerveza tiene que ir a mear a cada rato, cosa que quema la paciencia de Lorenzo.

Pidieron dos jarras de litro de cerveza, a pesar que Cristóbal había dicho que le dolía el estómago, ya que se había comido las albóndigas muy deprisa.

-¿Jugamos al duro?

-¿Al duro? Pero si solo somos dos.

-Buah, no será la primera vez.

-Está bien- dijo Cristóbal no muy convencido-pero no me engañes, que siempre me lías. ¿Quién va a por los vasos?

-Ya voy yo.

El duro es un juego que consiste en poner cinco vasos de café en el centro de la mesa. Se colocan en círculo, uno en medio y los otros cuatro rodeándolo. Se tira una moneda, anteriormente un duro, ahora una de veinte céntimos, contra la mesa, con la intención de que bote una vez y se introduzca en uno de los vasos. Si cae en el vaso de en medio el que la ha metido manda beber cinco vasos a quien quiera, en este caso, como sólo son dos, le manda beber al otro. Si cae en un vaso que rodea al del medio, manda beber un vaso.

Después de una hora jugando al duro, Cristóbal está bastante borracho, ya ha ido innumerables veces al baño, y Lorenzo se ríe del estado en el que se encuentra su amigo. Por tercera vez Lorenzo metió la moneda de veinte céntimos en el vaso del medio. El ruido de la moneda bailando en el fondo del vaso era inconfundible.

-¡Toma! Cinco vasos para mi Estivi Guonder

-¡Otra vez! Serás cabrón, déjame tocar- Cristóbal alarga las manos y va tocando todos los vasos hasta que introduce sus dedos en el vaso del medio y nota como efectivamente la moneda de veinte céntimos está alojada en el fondo del vaso. Cristóbal tiene continuas sospechas que su amigo lo engaña, pero no puede ver si es cuestión de suerte o su amigo lo traiciona una y otra vez. Pero lo peor es que él no ha metido la moneda en el vaso del medio ni una sola vez, con suerte y no la ha lanzado fuera de la mesa. El ser invidente es un hándicap demasiado alto.

Al beberse el último vaso de cerveza Cristóbal nota como su estómago se revuelve y no acepta esa última cantidad de cerveza, primero en una arcada, casi silenciosa, que avisa a Cristóbal de lo que está a punto de pasar. Se intenta levantar, está torpe, pero ni siquiera le da tiempo a incorporarse, tan sólo de girarse y sucede lo inevitable: disimuladamente vomita sobre la espalda de un muchacho que estaba sentado en la mesa de atrás. Cristóbal piensa que su vómito ha caído al suelo, y para nada sospecha que está resbalando por la espalda de un desconocido que afortunadamente no se ha dado cuenta, ni él ni sus acompañantes. Cristóbal se levanta torpemente, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Le sobreviene una nueva arcada. Se tapa la boca y camina deprisa hacia el baño. Cristóbal ya había tomado las medidas del bar, la puerta del baño y todo lo que necesitaba saber, pero debido a la rápida ingesta de alcohol está mareado y un poco desorientado. Corre hacia donde supone que está la puerta del baño pero se estrella contra la pared, tirando un cuadro que había colgado. El ruido del cristal del cuadro al romperse alerta al dueño del bar que estaba distraído hablando con unos jóvenes. El bar estaba a esa hora repleta de chavales bebiendo y preparándose para la tarde del viernes. El dueño sale raudo de la barra y agarra por el brazo a Cristóbal.

-¿Qué pasa, que vas tan ciego que no ves por dónde vas?-. Al moverle todo el cuerpo de manera inesperada Cristóbal siente una nueva arcada y no puede reprimirla. Vomita sobre el pecho del camarero que sorprendido se echa para atrás con cara de un asco profundo. Lorenzo se levanta al ver el desastre que se está formando, y también sintiéndose un poco culpable, ya que él ha emborrachado a Cristóbal haciéndole trampas con el duro, ya hacía tiempo que había encontrado el truco para poder engañar a su amigo ciego.

-Señor, señor, disculpe a mi amigo, es ciego y ha mezclado medicamentos y

-Ya veo que va ciego, ¡fuera de mi bar hijos de la gran puta!

-No señor, es ciego de verdad, no ve nada-. Lorenzo coge por la pechera a Cristóbal y le pasa repetidamente la mano delante de los ojos, tapados por unas gafas de sol.-Lo ve, es ciego, no ve nada-. El dueño del bar lo mira con cierta incredulidad, pero parece calmarse, coge un trapo y se limpia el vómito.

-Llévalo al baño y no bebáis más, coño-dice bajando la mirada hacia el pecho, por si le quedaba algún resto.

-¿Cómo dice?

-Que lo lleves al baño cojones, ¿estás sordo o qué?-le dice el camarero mirando a Lorenzo fijamente.

-Sí, tengo un problema de oído que

-Un problema de oído dice el cabrón, está sordo como una tapia-dijo Cristóbal riendo. Se está recuperando y ha escuchado la conversación entre Lorenzo y el dueño del bar, al que por su voz ronca lo imagina de gran volumen, brazos peludos y cara de muy mala leche.

-¿Me estáis vacilando o qué?-dice el camarero alucinando por lo que esos dos le estaban contando- Un ciego y un sordo, venga a tomar el pelo a vuestra puta madre-. Se escuchó alguna risa de alguien que estaba escuchando la conversación.

-Bueno, el ciego si es, yo sordo, pues bueno, un poco mal del oído eso es todo.

-Iros a tomar por culo, no me interesan vuestros putos problemas de deforme-. El camarero desaparece detrás de la barra, negando con la cabeza y sopesando si lo que le han contado esos dos tipos es cierto o simplemente le estaban tomando el pelo. Un ciego y un sordo, no me jodas, refunfulla detrás de la barra

-Venga vamos al bar donde hemos quedado con el Golosina.

-No jodas, ¿se llama golosina?

-Le llaman así

-Yo no estoy muy seguro Lorenzo, no me encuentro muy bien y

-Venga, no te rajes ahora coño, que esta gente no bromea.

Los dos amigos salen del bar, cogidos del brazo, cruzan la Plaza de la Paloma y se meten en el bar donde habían quedado con el Golosina. Un muchacho colombiano que tenía que introducirlos en el mundo de los asesinos a sueldo. Cristóbal y Lorenzo querían ser sicarios.

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