David Casado Aguilera

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Relato: Conversaciones

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El anciano camina por la calle con cierto aire distraído, como si no tuviera ningún lugar al que ir y simplemente deambulara por el mundo, sin ningún propósito. Ha comprado el periódico en un quiosco que ha pagado con la chatarra que llevaba en los bolsillos, ni siquiera ha leído por encima los titulares, como si ya supiera lo que éstos dicen. Se acomoda el periódico doblado bajo el brazo y gira en la siguiente esquina, abandonando la calle principal para entrar en un callejón que se va estrechando y oscureciendo a medida que avanza. La noche está cayendo sobre la ciudad, el anciano parece sentirse mucho más incómodo bajo las luces artificiales de las farolas que en el discurrir diurno. Al final del callejón hay un bar bajo un letrero luminoso que ha dejado de ser luminoso para ser un recuerdo de lo que fue. El anciano abre la puerta y traspasa el umbral del local. En el interior no hay mucha actividad, está prácticamente en la oscuridad, el camarero limpiando unos vasos con pose de aburrimiento, dos hombres en la barra, uno en cada punta, interesados en mantenerse desinteresados y en una de las mesas, al final del local un hombre sentado, fumando y mirando distraídamente una revista de telefonía móvil.

El anciano saluda con un ademán al camarero que lo ignora absolutamente, y se encamina hacia la mesa que ocupa el tipo al final del local.

-Cada vez me citas en sitios más lúgubres-dice el anciano, sentándose con un gesto cansino.

-La última vez no te quejaste mucho-contestó el tipo, bastante más joven que el anciano.

-Fue hace muchos años, un puticlub de carretera. Veo que tu gusto por la decadencia va en aumento, en aquel lugar al menos había gente.

-Sí y te fuiste sin pagar, tuve que pagar yo tus putas, pero ¿Desde cuándo te interesa la gente?

-¿Y me lo preguntas tu?

-En fin, dejemos esas nimiedades para otra ocasión y empecemos de una vez lo que hemos venido a hacer, por cierto no tomas nada, ¿una cerveza quizás?-pregunta el tipo con ojos vivos y una media sonrisa que provoca que tuerza el rostro.

-Sabes que no bebo alcohol

-¡Ah! Pues me parece que estamos en el lugar adecuado para tus distinguidos gustos-contesta el tipo negando con la cabeza hacia el camarero que se encontraba en un extremo de la barra.

-Deja de burlarte, nunca has tenido alma de comediante-contesta el anciano con aire cansino.

-Más bien nunca he tenido alma

-Por primera vez desde que he entrado por esa cochambrosa puerta estamos de acuerdo en algo. ¿Qué vas a hacer con todo ese dinero?

-Veo que ya sabes lo del atraco, no se te escapa una-dice el tipo alargando una mano y asegurándose que la bolsa de lona que tiene a su lado sigue en el mismo sitio.

-Nos conocemos desde hace muchos años, tanto tú como yo sabemos que nunca cambiarás, por muchos disfraces que utilices.

-Y tú me hablas de inmovilidad, cuando imagino una roca en un desierto, que permanece exactamente igual a lo largo de toda una existencia, pienso en ti.

-Vamos al grano, no dispongo de tiempo como para malgastarlo contigo.

-Si disponemos de algo es de tiempo, pero visto lo visto quizás tú te vas diluyendo poco a poco-sonríe el tipo más joven.

-Veo que ya hemos empezado, está bien. Sigo teniendo muchos más contactos que tú, de ti apenas habla algún que otro muchacho con problemas de identidad y fácilmente manipulable.

-¿Tú hablas de manipulación? Has traído el periódico, ¿le has dado un vistazo?

-No, pero imagino a lo que te refieres

-Puedo marcarte más de treinta noticias que demuestran mi teoría

-Siempre alegando lo mismo, siempre el mismo discurso

-Jajajaja la verdad es que nadie me hace reír como tú, viejo, mira que tengo amistades muy extrañas, capaces de arrancarte algo más que una sonrisa y tú, el ser más aburrido que hay sobre la tierra haces que me destornille.

-¿Qué es tan gracioso?-pregunta incómodo el anciano, pero no dejándose intimidar por la aparente agresividad verbal y gestual del tipo que tiene enfrente.

-¿Siempre te has creído mejor que yo verdad? Siempre con esa pose engreída de estar por encima del bien y del mal. Desde el primer día que te vi, pensé que te odiaría el resto de mi existencia, pero dicen que del amor al odio hay sólo un paso ¿no?

-¿Amor? Tú no sabes lo que significa el amor, te corroe el odio.

-El odio es un sentimiento demasiado efímero y vulgar. El odio es para los desesperados que sólo les queda odiar. Hace mucho que dejé de odiarte, hace mucho que me expulsaste de la banda. Lo cierto es que me ha ido mucho mejor estando solo.

-¿Que te ha ido bien? Te has convertido en un mendigo, en un despojo, en un reflejo de toda la maldad existente.

-Eres un puto hipócrita-dijo el tipo levantándose de la mesa y mirando fijamente al anciano-¿Ves?, ni siquiera tienes sangre para enfrentarte a mi, eres un mierda, un pusilánime-el anciano lo observaba sin inmutarse, sin cambiar su gesto condescendiente.

-No gano nada enfrentándome a ti, prefiero ignorarte

-De eso sí que sabes bien, ignoras todo lo que hay a tu alrededor. Crees que todo lo haces bien, pero esto se te ha ido de las manos. ¿Piensas aún que eres mejor que yo?

-Mi aspiración no es ser mejor que tu, ya que eso lo conseguí hace mucho tiempo.

-No, no lo eres, tu mundo se desmorona ¿no te das cuenta? Pero como siempre te desentenderás y la culpa será de otro

-Yo hice lo que tenía que hacer, ahora tan sólo puedo observar, ya no tengo ninguna influencia.

-Entonces lo reconoces, eres completamente inútil, de nada sirve ir a tu casa, rogarte ayuda, perdón o consejo. Simplemente no escuchas, y mientras, a tu alrededor la gente muere, se pudre en su avaricia, le consume la envidia.

-No me hables de maldad, tu no. Aún recuerdo tu mirada cuando mataste aquella joven, cuando disfrutaste forzándola, cuando te regocijabas entre sus espasmos de dolor.

-Durante todo este tiempo no has aprendido absolutamente nada. Te crees profesor y ni siquiera has logrado ser alumno. Mi maldad es sincera, es reconocible, no me escondo detrás de argucias y palabrería fútil. Tienes muchos más cuerpos que enterrar de los que tengo yo. ¡Míralo viejo estúpido!-el tipo le lanzó el periódico del anciano al rostro.

-Yo no tengo nada que ver con esto

-Todo tiene que ver contigo, tú lo iniciaste, ¡tú eres el responsable! No puedes decir cuando las cosas van mal que yo soy el causante y cuando van bien, recoger el botín. Te han desenmascarado. La gente te ha abandonado, a partir de ahora trabajarás solo.

-No estoy solo y lo sabes. Tengo un equipo de lo más solvente

-¿Solvente? Un viejo chocho al que nadie escucha, al que nadie cree sus promesas vacuas y un ejército de ciegos y sordos-dice entre risas el tipo más joven.

-¿Ciegos y sordos? Aún hacen un muy buen trabajo

-Sí, especialmente formando a jóvenes imberbes

-Eso sabes que no depende de mí

-Claro, por supuesto. Tampoco depende de ti, tus alianzas con los peores asesinos de la ciudad verdad. Tienes las manos manchadas de sangre tanto como yo. ¿No tienes nada que decir?

-Las circunstancias no han sido fáciles para nadie. Teníamos que hacer lo que hicimos-intenta excusarse el anciano.

-El fin justifica los medios, todo vale para ser cabeza visible, da igual a quien pisar, da igual quien muere en tú nombre, da igual los campos que se arrasan, las epidemias, el exilio, da igual millones de lágrimas derramadas

-¿Tu me vas a dar lecciones de moral?

-¿Moral? Yo carezco de ella, igual que tú, la diferencia es que soy consciente de ello.

-¿Consciencia? Ahora eres tú quien me hace reír

-Adopto palabras para que puedas entenderme en tu limitado vocabulario de expresiones benevolentes, limpias y puras. Significa que yo no enarbolo ninguna bandera falsa, no engaño. Para decir la verdad en este estado de negación, no respiro, ni siquiera existo. Pero tu sí, o tal vez no y esta conversación nunca tuvo lugar y sólo consta en los delirios creativos de un escritor amargado, abandonado y triste.

El camarero recoge los dos últimos vasos vacios de los dos hombres que permanecían en la barra. Se van con la mirada clavada en el suelo y arrastrando los zapatos. Con gesto cansado mira hacia el interior del local, no hay nadie. Hora de cerrar, ya limpiaré mañana, piensa, o tal vez el lunes, qué más da si mañana todo continuará igual.

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