David Casado Aguilera

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Relato: Caminos de pasos perdidos

Caminos de pasos perdidos, relato, David Casado Aguilera

Caminos de pasos perdidos

Pedro estaba inquieto y con un gran dolor de cabeza. A duras penas podía acabarse la comida que su abuela le había dejado. Unas morcillas con migas no era lo mejor para pasar una resaca. Se había convertido en una costumbre de ese verano trasnochar, levantarse más allá del mediodía y comer en soledad, con la única compañía de sus propios pensamientos, generalmente, tratando de reconstruir los acontecimientos de la noche anterior. Por fin había conseguido que Ángela le prestara atención, anoche mantuvo con ella una conversación de más de una hora. Pedro siempre había estado enamorado de Ángela y ese “siempre” se remontaba a cuando él contaba con nueve años y Ángela ocho. De eso ya hacía una pequeña eternidad. Porque a esas edades unos años era una eternidad.

Pedro pasaba con su familia cada verano en el pueblo del que era originario su padre. Cuando eran pequeños, tanto él como su hermana y su madre, pasaban en Narango los tres meses de vacaciones, mientras que su padre se quedaba en Valencia, trabajando. Desde hacía tres años, únicamente iban durante el mes de agosto.

Narango era un pequeño pueblo de la provincia de Soria que en verano cuadruplicaba su población. Para Pedro, a sus quince años, ese verano prometía ser uno de los mejores de su vida: sus padres tenían que trabajar y regresaron a Valencia, dejándoles a él y a su hermana con sus abuelos, así que a la práctica era “libre”.

En agosto, cada pueblo celebraba sus fiestas en días correlativos y éstas eran el sueño dorado de Pedro y sus amigos. No eran un grupo muy numeroso, comparado con los de otros pueblos, pero si había algún elemento que les diferenciaba, era que en Narango podía decirse que estaban las chicas más guapas del contorno y entre ellas estaba, sin duda, Ángela.

Eran casi las cinco de la tarde cuando Pedro miró el reloj que colgaba de la pared del salón de casa de sus abuelos. No tenía hambre, pero no había pecado mayor para su abuela que dejarse comida en el plato. Podía irse a las fiestas, podía llegar con el alba, levantarse cuando ya casi había pasado la totalidad del día, pero nunca, bajo ningún concepto, podía dejar sin acabar lo que ella le había dejado en el plato.

Esa noche no irían a ningún pueblo, se quedarían en la peña. Cada uno había puesto dos mil pesetas para comprar bebida y algo para picar. Miguel, que era el único que tenía coche, fue con Enrique a comprar las bebidas a Guadalajara.

Pedro quería librarse cuanto antes de ese plato de migas para poder ir a buscar a Leo e ir juntos a casa de Ángela, que ese año estaba sola con unos primos que habían venido de Asturias. No todos los que formaban su grupo de amigos tenían la misma edad, el abanico iba de los veintidós años de Miguel a los catorce de Carlos y Ángela, por lo tanto, Pedro formaba parte de los más jóvenes del grupo.

Todo era novedad para él. Nunca antes se había emborrachado, nunca se había fumado un cigarro y nunca había estado enamorado. Ese verano esperaba que también trajera el primer beso, pero un beso de verdad, como en las películas, pensaba Pedro.

El ruido de la puerta le avisó que su abuela había salido para el paseo de la tarde con sus amigas. Intentó comer una última cucharada de migas que no pudo pasar ni con la ayuda de un trago de coca-cola.

Ese fue el último intento, ya eran las seis de la tarde y llevaba dos horas frente a un plato que parecía no acabarse nunca. Decidió tirar en una bolsa las migas que aún quedaban en su plato y dejar en la nevera las morcillas que no se había comido.

Fue corriendo a darse una ducha, tantas eran sus prisas que casi se golpeó la cabeza al subir las escaleras. Pedro siempre había pensado que esas casas de pueblo estaban hechas para gente extremadamente bajita.

Se decidió por unos tejanos y una camiseta negra de los Ramones. Al atarse los cordones de sus Converse negras pensó en cómo iniciaría esa noche la conversación con Ángela. Le gustaría poder acordarse de todo lo que hablaron anoche, pero le resultó imposible. Tendría que beber menos si quería acordarse al día siguiente de todo lo que ocurría.

Salió de casa con sigilo y subió los pocos metros que separaban su casa de la de su amigo Leo. Le llamó desde abajo, esperando que no estuviera durmiendo la siesta. Necesitaba a alguien para ir a casa de Ángela, jamás se le ocurriría presentarse solo, se moriría de vergüenza. Al pensarlo, se ruborizó y no se dio cuenta que la madre de Leo había salido a avisarle que su amigo no estaba.

-¿Cómo dice?

-Que Leo no está, vino Carlos a buscarlo y se fueron.

-¿Y a dónde fueron?

-Pues eso no lo sé, yo estaba limpiando y no escuché a donde iba a ir. ¿Has ido a casa de Carlos?, a lo mejor están allí.

-Está bien, miraré a ver si están allí. Hasta luego.

-Hasta luego, Pedro.

Sintió bastante fastidio porque Leo no estaba, porque no había ido a buscarlo y porque ahora tenía que cruzar todo el pueblo para ir a casa de Carlos a buscarlos. Pensó que quizás ya estarían en la peña. El pequeño local que hacía de peña estaba frente a la casa de Carlos, así que ya de paso iría hasta allí. Pero le hubiera gustado ir antes a casa de Ángela, ya que ésta no bajaba a la peña hasta las ocho de la tarde. Sentía frustración siempre que las cosas no salían como él quería y tampoco era su deseo que sus amigos se enteraran de sus sentimientos respecto a Ángela, aunque estaba seguro que muchos de ellos ya lo sabían.

Cuando llegó a casa de Carlos le dio un vuelco al corazón, ya que todo estaba cerrado. Dio con los nudillos sobre la puerta, pero nadie contestó. Pedro empezó entonces a preocuparse. ¿Dónde se habrían metido sus amigos? Bajando hacia casa de Carlos tampoco vio a nadie del grupo, y entonces una terrible sospecha apareció en el horizonte como una gran amenaza.

Se dirigió a la peña cuya puerta de vieja madera pintada de rojo carmesí estaba cerrada a cal y canto. Suspiro de decepción. Una última posibilidad antes de perecer ante la desesperación: el bar.

El único bar que tenía Narango estaba junto a la carretera que seccionaba el pueblo por la mitad. Austero local que habían remodelado hacía poco. Cuando Pedro entró había cinco personas, uno detrás de la barra con cara de estar abatido por el aburrimiento mirando la tele y dos hombres y dos mujeres jugando a las cartas a grito pelado porque una pareja había cantado las cuarenta en bastos. Ni rastro de ninguno de sus amigos.

La casa de Miguel estaba al lado del bar. No había entrado en esa casa más de dos veces en toda su vida, abrió la puerta y gritó el nombre de su amigo. Nadie contestó. De nuevo volvió a gritar el nombre de Miguel, esa vez mucho más fuerte, nada. Se iba a girar cuando una mano se posó sobre su hombro y Pedro se volteó asustado, era la madre de Miguel.

-Hombre, Antoñejo, ¿qué haces aquí?- la gente mayor conocía a Pedro por el diminutivo de su padre. Después de hablar con ella no sacó nada en claro, sólo que una gran cuadrilla vino a buscar a su hijo a eso de las cuatro y media.

La sospecha era cada vez más grande. Si no estaban en el pueblo, sólo había dos posibilidades: o se habían ido en el coche de Miguel a Medina, el pueblo más grande de la zona, donde se va a comprar y donde hay más de un bar, pero esa posibilidad estaba descartada porque en un coche no caben todos y, además, mientras Pedro iba subiendo hacía casa de Ángela, pudo ver aparcado el coche de Miguel, un Renault 4. La única opción era que se habían ido todos a Saviñes.

-Hola, ¿está Ángela?- la cara de Pedro ardiendo por la vergüenza.

-No, se han ido a Saviñes- dijo un adormilado primo de Ángela, al que había despertado Pedro con sus golpes en la puerta.

Tal y como había imaginado Pedro, la gran mayoría del grupo se había ido a Saviñes, un pueblo a unos cuatro kilómetros, al que solían ir a pie, porque en ese pueblo el bar abría siempre y podían beber cerveza sin las miradas acusadoras de gente conocida.

Eran las siete de la tarde y de camino había unas dos horas, así que cuando llegara ya estarían a punto de regresar, tenía que darse prisa, por esas fechas oscurecía casi a las diez de la noche. De todas formas, y a pesar de la hora que era, Pedro decidió ir a buscarlos. El plan alternativo era quedarse en casa de sus abuelos viendo la tele.

Pedro subió por el camino que había cogido para ir a casa de Ángela, en la parte alta del pueblo y, en el mismo momento que acababa el asfalto para pasar a ser el camino de tierra y piedras que había sido toda la vida, pensó que tenía que haber cogido una chaqueta. Da igual, no creo que tarde mucho.

El cielo era de un azul brillante, limpio de nubes, salvo unas pequeñas manchas negruzcas detrás de las montañas. Pedro fue dejando las últimas casas de Narango atrás y pasó por una antigua casa de adobe de la que únicamente quedaban dos paredes y una viga de madera. A saber cuánto tiempo lleva esa casa en ese lugar, pensó.

Llevaba paso ligero, quería llegar cuanto antes al bar de Saviñes y tomarse una cerveza bien fría, una mahou, pero sobre todo, quería llegar lo antes posible para ver a Ángela. Deseaba poder contemplar de nuevo esos ojos verdes en los que sentía que podía perderse y nunca encontrarse.

¿Y si le escribo una carta? No, seguro que piensa que soy demasiado cursi. No puedo dejar que vea que estoy colado por ella. Quizás si muestro algo de indiferencia ahora que la vea…ojalá pueda sentarme a su lado en el bar de Saviñes.

Pedro fue pasando los últimos huertos pertenecientes a Narango cuando el camino se dividió en dos: un camino hacia el Prado, siguiendo el río hasta la laguna, y otro hacia Saviñes. Pedro tomó el camino de la derecha cuando ya se iniciaba una ligera pendiente, a cada lado podía ver extensos campos de cebada que daban una tonalidad dorada, contrastando con el verde de las sabinas que se desparramaban por las montañas colindantes.

Pensaba en lo que podía dar de sí ese verano mientras agarraba unas cuantas piedras pequeñas y las iba tirando hacia los costados. Le encantaba el olor que percibía si aspiraba profundamente, olor a romero, tomillo y ajedrea. También olía a tierra húmeda, procedente del río que circulaba a escasos pasos de él.

Algo estaba torturándole desde esa mañana. Recordaba que Ana le había comentado en Colles, el pueblo en el que estuvieron la pasada noche, que a Ángela no le gustaba ningún chico del pueblo y que estaba saliendo con alguien de Barcelona. Quizás aquellas palabras pasaron por un gran filtro de ingenuidad e inocencia o quizás eran verdad, pero a Pedro le pareció que Ana sonreía al decir aquellas palabras y que escondía algo. En las últimas noches Ángela había estado muy sonriente cuando estaba junto a Miguel, claro es el mayor y tiene coche…

A medio camino, se levantó un aire que Pedro advirtió con cierta preocupación, era el tipo de viento que se alza cuando está por llegar una tormenta. Durante agosto el tiempo puede cambiar en cualquier instante, y lo peor que podría sucederle era que cayera una tormenta. Recordó alguna de las lecciones que le había dado su padre cuando iba con él a cazar, por ejemplo, detectar cuando se acerca el mal tiempo; incluso el olor del campo cambia cuando el cielo está a punto de rebelarse, el ambiente se torna más pesado y el aire deja de ser ligero.

Ya hacía mucho tiempo que no iba a cazar con su padre, sin duda se habían ido distanciando el uno del otro en esos últimos años. Consecuencias de la adolescencia, los padres son seres lejanos que parecen hablar otro idioma y se comportan de manera ridícula. Para Pedro, las personas a las que se sentía más próximo eran sus amigos, y en especial sus amigos del pueblo. Sus padres eran esos compañeros de piso que siempre estaban poniendo quejas y pegas a todo lo que a él le gustaba hacer.

¿Y si se pone a llover? Entonces vio unos nubarrones negros como los sobacos de un grillo que se elevaron por encima de las montañas, que parecían encaminarse hacia él y que no hacían presagiar nada bueno.

Ya estaba iniciando la subida que presentaba el camino cuando se acordó de un atajo que su tío le había comentado para llegar antes a Saviñes. Decidió, sin pensarlo mucho, dar el pequeño rodeo por un sendero que se escindía del camino principal y que atravesaba la montaña por su parte menos abrupta, permitiéndole acortar una media hora. En lo alto de la colina pudo ver perfectamente como se alzaba la iglesia de Saviñes, su edificio más alto, y junto a ella se extendía el pequeño pero precioso pueblo que permanecía escondido entre las montañas, como queriéndose ocultar de las miradas de extraños.

Durante la bajada, Pedro estuvo a punto de resbalarse debido a la gran cantidad de pequeñas piedras que había repartidas por el camino y por las ganas de llegar cuanto antes al bar. Le dolían los pies, las Converse no tenían la mejor suela para andar sobre piedras.

Lo que Pedro no sabía es que, justo cuando iba por la mitad del atajo, sus amigos ya regresaban a Narango por la senda principal, por lo que no coincidieron en ningún momento.

Pedro llegó a la plaza de Saviñes a las nueve de la noche, aún había cierta claridad, aunque hacía una hora que el sol había sido engullido por el horizonte. Miró la fuente con su pilón de cemento, y se dirigió hacia la puerta del bar, como el niño que se va a dormir la noche de reyes. Entró apartando la cortina de tiras de plástico, con una gran sonrisa en el rostro y dispuesto a decir a sus amigos “no os habéis podido deshacer de mí”, cuando vio que el bar estaba totalmente vacío, salvo el camarero, que estaba limpiando los últimos vasos, detrás de la barra. El hombre lo miró sorprendido, observó su reloj y con mirada interrogante le preguntó qué quería.

-Hola, ¿no han venido los chicos de Narango?

-Sí, han estado aquí, pero hace como una media hora que se han marchado. ¿No los has visto? Os habéis tenido que cruzar, era una buena cuadrilla.

Me cago en la puta. Ya la he cagado.

-Gracias-. Pedro no tenía ganas de dar muchas explicaciones. Tenía que darse prisa si no quería que la noche lo atrapara caminando de vuelta a Narango. Le quedaban dos buenas horas, el último tramo seguro que lo tendría que hacer de noche.

Salió del bar y pegó un buen trago de agua de la fuente de la plaza. Estaba fresca. Se limpió la barbilla y se dispuso a enfrentarse a la gran pendiente que le esperaba en forma de serpenteante camino.

Ahora voy a quedar como un estúpido, no se pueden enterar que hice toda esta caminata para nada.

Cuando Pedro llegó al punto en el que se iniciaba el descenso y la senda se encaminaba hacía Narango, tuvo la peor idea que se le había ocurrido en toda su vida. ¿Por qué no tomar otro atajo y llegar a casa antes de que oscurezca del todo? Pensó que caminando campo a través y dando la vuelta a la montaña llegaría antes al pueblo y de esa manera nadie se enteraría de su pequeña excursión. Tan sólo tenía que descender una vez que subiera la pequeña montaña que supuestamente tapaba Narango.

Pedro atravesó un campo de cebada y se introdujo, en la montaña que tenía que subir para luego descender hacia el pueblo, mientras silbaba una canción de Barricada. Esa noche en la peña hablaría con Ángela y le insinuaría, no, mejor le diría, lo que sentía por ella, no podía estar perdiendo el tiempo y que el verano pasara como un suspiro, o peor todavía, que Miguel se le adelantara y tuviera que pasar el mes viéndoles besuquearse.

Cuando transcurrieron unos veinte minutos de estar subiendo por el terreno montañoso, Pedro se dio cuenta que la cima estaba más lejana de lo que el efecto óptico le había hecho creer. Ya estaba prácticamente oscuro, pero pensó que ya no quedaba mucho camino cuesta arriba y que dar marcha atrás para regresar al camino ya no valía la pena.

El monte cada vez estaba más tupido de sabinas y el caminar se hacía más dificultoso debido a la inclinación del terreno y a las múltiples piedras que hacían que tuviera que ir en cuenta de no resbalar. Las aulagas rascaban sus tobillos, que afortunadamente iban protegidos por sus Converse.

Cada vez sus pasos eran más lentos, como queriendo asegurarse bien de dónde pisaba y las manos siempre por delante, porque a partir de ese momento iba a experimentar lo que podía sentir un ciego. La noche se le había echado encima sin avisar.

El cielo estaba totalmente encapotado, apenas podía verse una sola estrella, cuando lo normal era que en esa zona de España el cielo fuera cada noche un manto de infinitas estrellas desparramadas por el cielo. La luna tampoco podía ayudar, ya que se encontraba en cuarto creciente y su escasa luz plateada apenas dibujaba la silueta impasible de las montañas.

Tranquilo, no estás perdido, sabes muy bien por dónde vas. No sabes por donde vas, dijo una voz en las profundidades de su cerebro, estás perdido.

A cada paso que daba sus manos encontraban los ásperos brazos en forma de ramas de las sabinas, las cuales parecían rodearlo como si fueran un ejército sin misericordia. Estaba desorientado y ya no tenía nada claro la dirección que tenía que tomar ¿Hacia dónde quedaba Narango? Todo estaba envuelto en una profunda oscuridad y apenas podía distinguir los perfiles de las sabinas que se encontraban más cerca de él. Sabía que por el desnivel que tenía el suelo aún estaba subiendo.

El viento cada vez soplaba con más fuerza y Pedro ya estaba sintiendo el frío atravesar su piel y llegar hasta sus huesos. Al menos no llueve. En ese momento un relámpago cruzó el cielo como un escalofrío y durante dos segundos iluminó el entorno en el que se encontraba. Un segundo después un trueno hizo temblar el mundo.

Pedro había oído que lo que tardaba en sonar el trueno después de aparecer el relámpago eran los kilómetros que faltaban para que la tormenta llegara. Un segundo, un kilómetro.

La tormenta estaba a punto de llegar, lo que me faltaba, debo darme prisa. Intentó avanzar rápido, pero se tropezó con una gran piedra y cayó de rodillas sobre el suelo empedrado y las palmas de las manos fueron a dar sobre unas aulagas, provocándole un dolor intenso que le hizo gritar. Permaneció unos segundos de rodillas maldiciendo su suerte y tratando de extraerse las púas que provocaban que sus manos le ardían de dolor.

Se levantó poco a poco intentando no perder la calma, aspiró profundamente y probó a pensar hacía dónde se tenía que encaminar. Otro relámpago, otro trueno. Cada uno de ellos era como un clavo que se introducían en su ataúd.

Lo que no puedo es quedarme quieto, pronto se pondrá a llover y he de estar lo más cerca posible del pueblo. Un ruido a su izquierda hizo que se parara en seco y mirara en la dirección donde había surgido el ruido. Era el sonido de la maleza moviéndose por el paso de un animal pero, ¿qué animal? Sería un conejo o una liebre, ¿y si era una serpiente? Pedro odiaba las serpientes, no podía con ellas. Un escalofrió recorrió toda su espalda. No dejaba de imaginarse serpientes, culebras y víboras arrastrándose a pocos centímetros de sus pies. Pensó en lo horrible que sería posar la mano sobre la frialdad de esos reptiles o su bífida lengua silbando cerca de sus oídos.

El miedo iba devorando poco a poco la moral de Pedro, que estaba tomando conciencia de su situación real: estaba perdido en la montaña y no sabía cómo salir de allí. Se sentía rodeado por un entorno hostil y desconocido. Todo en ese momento eran ruidos sospechosos, arbustos que se movían, animales que se arrastraban, incluso voces lejanas que parecían estar riéndose de él.

Cuando parecía que nada podía ir peor, comenzó a llover, de forma tenue al principio, pero enseguida arreció de tal manera, que lo más urgente para Pedro fue resguardarse del aguacero, pero, ¿dónde?

Se agazapó debajo de lo que intuía una gran sabina, porque para entonces todo se basaba en intuiciones y suposiciones, puesto que el mundo real había desaparecido bajo un manto de oscura negritud. Se acordó de las veces que había oído que era peligroso resguardarse bajo un árbol durante una tormenta, ya que la tierra húmeda y los árboles atraían a los rayos, pero en ese momento sólo le importaba resguardarse de la lluvia, calmar su miedo y pensar en la mejor solución para poder regresar al pueblo. Ya no sabía en qué dirección estaba el camino que había abandonado, ya no podía regresar a él. ¿Por qué había dejado el maldito camino? Ahora ya estaría en casa, calentito y resguardado de la lluvia que le estaba dejando empapado.

El estómago se le revolvió en un rugido hambriento. Con que gusto se comería la comida de la abuela que había desperdiciado. Esas morcillas con un poco de pan. La boca se le hizo agua sólo de pensarlo.

La lluvia no amainaba y ya le parecía que llevaba dos siglos bajo aquella sabina. No llevaba reloj, con lo que también estaba desubicado en el tiempo. ¿Y si nunca logro salir de esta montaña?, habló la voz traidora desde algún lugar de su cerebro. Tengo que moverme, no puedo dejar pasar la noche. Quizás venga alguien a buscarme, pero nadie sabe que estoy aquí, a nadie dije que iba a cometer la estupidez de ir a Saviñes. Nadie me busca. Quizás Leo y Carlos al irme a buscar a casa para ir a la peña…aunque mi abuela tampoco sabe donde estoy, sólo sabe que no me acabé la comida. Ahora Miguel estará hablando con Ángela, podrá estar delante de esos ojos verdes y yo estoy tan lejos de ellos.

Un aullido arrancó a Pedro de sus pensamientos en verde e hizo que se levantara con tanto ímpetu, que se golpeó el cuello con una rama de la sabina bajo la que estaba acurrucado. Se sobó la zona adolorida y pudo distinguir su piel desgarrada y el tacto caliente y viscoso de su propia sangre.

Decidió seguir la marcha y no quedarse para ver de donde procedía lo que había parecido un aullido. ¿En estas tierras hay lobos? Nunca había oído hablar de ellos, aunque a esas alturas, ya todo era posible en la imaginación de Pedro. Incluso creyó ver dos puntos rojos que le observaban desde la oscuridad.

Siguió caminando, tanteando más que nunca con pies y manos, hasta que sintió que el terreno se equilibraba. Había llegado hasta lo más alto de la montaña y un soplo de optimismo llenó sus pulmones. Ya sólo tengo que bajar y llegaré a Narango. Intentó mirar más allá de la oscuridad pero no vio ninguna luz que pudiera indicarle la ubicación del pueblo.

Inició el descenso con sumo cuidado para no tropezarse, pero el terrorífico aullido fue más evidente y mucho más cercano, tanto que Pedro notó que se le helaba la sangre y su cuerpo se convulsionaba por el miedo.

El viento lanzaba con fiereza la lluvia que golpeaba el rostro de Pedro y que en ese momento se entremezcló con las primeras lágrimas que brotaron de sus hinchados ojos. El miedo hizo que corriera para no tener que comprobar que tipo de animal le estaba acechando. No era consciente del peligro que eso suponía, hasta que tropezó con algún saliente de los muchos que tenía la irregular montaña y rodó sin control unos cuantos metros.

Durante ese tiempo de caída eterna, Pedro pensó que era el fin. Le dio tiempo a ser consciente de que se iba a morir, sentir la angustia por ser demasiado joven para dejar de vivir y sin haber besado los labios de Ángela. De esta montaña no sales con vida, dijo la voz. Se golpeó la zona lumbar con un tronco caído, que a la vez sirvió para frenar su descenso por un gran barranco, que la oscuridad tapaba a sus ya cansados ojos.

Un relámpago iluminó el destino de Pedro. Si el tronco no lo hubiera frenado, un abismo de gran profundidad camuflado entre la arboleda y la maleza se lo habría tragado. En ese momento estalló y rompió a llorar como desde hacía años no lo hacía. A decir verdad, era la primera vez en su vida que lloraba por una razón tan poderosa: el miedo a perder la vida.

Lloró durante más de cinco minutos, hasta que los ojos le escocieron y las lágrimas dejaron de brotar para pasar a ser un sollozo. La lluvia, como por un gesto de misericordia, disminuyó hasta convertirse en una leve llovizna. Lentamente se levantó, tenía los músculos entumecidos por el dolor y la lluvia, le dolía todo el cuerpo y las piernas le pesaban como si fueran de hierro forjado.

No puedo darme por vencido, pero estoy tan cansado…

Fue descendiendo de la única manera que le pareció segura: con el culo pegado al suelo e impulsándose con pies y manos, arrastrándose como un reptil. Estuvo descendiendo lo que le pareció una eternidad hasta que llegó a lo que se intuía como el final del barranco y la llegada de un terreno más o menos plano. Pero una vez allí, el perfil de la montaña que tenía ante él se alzaba de nuevo como un gigante insuperable, era como intentar nadar a contracorriente.

El pesimismo pareció derrotar definitivamente a Pedro, que se dejó caer y maldijo por enésima vez su mala suerte, pero ya no había más lágrimas que derramar y los gritos de desesperación no eran escuchados por nadie, fue entonces cuando se dio cuenta de lo que significaba la soledad. Allí, en medio de una montaña de Soria, se sintió como si fuera la única persona que había en el mundo.

Inició el ascenso, tiritando por el frío que le causaba el viento sobre su cuerpo empapado, y lo hizo casi de rodillas, a cuatro patas, pero una vez más algo le hizo mirar hacia todos los lados de la oscuridad, en esta ocasión no fue un aullido, sino un sonido extraño, como si unas garras arañaran el suelo húmedo y lleno de hojarasca que crujía como el crepitar de un fuego. ¿Un oso? Osos sí que no hay. Oh, Dios mío. No quiero morir devorado por un animal.

Agarrándose de una rama que estaba al alcance de su mano se incorporó y esa vez las punzadas de dolor le atravesaron todo el cuerpo, pero ignoró el dolor y continuó ascendiendo con el miedo en forma de garra susurrándole en la nuca. A la vez que caminaba, rezaba. Nunca había rezado con esa convicción, lo hacía desde la desesperación, no desde la fe, pero no hay mayor fe que el miedo.

Podía escuchar sus propios rezos en forma de susurros a la vez que las garras estaban más cerca. No quería mirar hacia atrás, no quería toparse con un oso, con un monstruo, con la muerte. Ahora sí estás muerto, no saldrás vivo de esta montaña. Se golpeaba el rostro con las ramas, le arañaban las piernas los cardos, caía al suelo debido al barro, pero rápidamente se levantaba y continuaba su carrera desesperada hacia una luz inexistente, hacia un pequeño milagro que hiciera desaparecer aquello que lo perseguía. Por un segundo pensó en detenerse y que aquello que estaba detrás de él como una sombra lo devorara de una vez y de esa manera dejar de sufrir. Dejar de sentir el miedo corroer sus tripas y poder dormir.

Un golpe seco en la barbilla le hizo caer de espaldas y perder la conciencia. Permaneció inconsciente hasta que despertó temblando por el frío que tenía metido en todo su cuerpo.

Se había golpeado con una rama y la cabeza le estallaba de dolor, notó unas palpitaciones sobre sus sienes que le hacían sentir que la cabeza le iba a explotar de un momento a otro.

Poco a poco fue incorporándose y volviendo a la realidad de su situación. Recordó que estaba en las profundidades de una montaña desconocida en medio de la noche. ¿Algo me perseguía? ¿Lo he soñado? No puedo moverme, me duele hasta el último hueso del cuerpo. Dios mío, ¿cómo puedo salir de aquí? Agarrándose de troncos, maleza y todo aquello que le pudiera ayudar a subir, consiguió alcanzar lo más alto de la montaña y desde allí se frotó los ojos pensando que estaba ante una alucinación: a lo lejos, en la profundidad de lo que parecía un valle, vio el milagro en forma de luces. Era Narango, estaba salvado, ahora tan sólo tenía que caminar hacia aquellas luces. Fue descendiendo con las lágrimas limpiándole el rostro del barro y la suciedad que se había incrustado en él.

Dos horas después consiguió llegar a lo que parecía un sendero. Lo siguió y le llevó a la carretera, pero estaba desubicado, ¿a dónde dirigirse? Hacia arriba o hacia abajo. No era capaz de ver dónde estaban las luces que le habían guiado en el descenso, aunque esas luces podían ser perfectamente de Medina. Consideró seguir su instinto y subió hasta poder encontrar un referente que le indicara en qué dirección se encontraba Narango. La referencia apareció pocos metros después de estar subiendo, la cantera de blanca piedra se presentó ante él como una aparición.

 No pudo resistir más, las piernas le flaquearon y se derrumbó sobre la calidez del asfalto, donde lloró como un niño al saberse salvado de la experiencia más traumática de su aún corta vida, en el mismo momento que una débil luz naranja se derramaba detrás de las montañas en forma de amanecer.

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