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Tercer capítulo de El Vals de la Soledad

Capítulo 3

Me dejé ir como un náufrago se deja llevar por la deriva. No salía de casa, únicamente ocupé tres de las siete estancias que tenía la amplia vivienda de dos pisos: el salón, donde dormía, porque tampoco podía dormir en ninguna de las habitaciones, la cocina, donde mal comía y el baño, que únicamente utilizaba para hacer mis necesidades, porque pasé semanas sin ducharme. Siempre había tenido un buen aspecto, cuidaba mi piel y mi cabello hasta extremos enfermizos. Mido metro noventa, tengo un cuerpo fibrado y compensado, era muy presumido, siempre bronceado ya fuera producto del sol natural o de los rayos uva.  Era usual que vistiera primeras marcas, y por lo menos dos veces al mes Silvia y yo íbamos a comprar a las tiendas más exclusivas de la ciudad, podíamos gastar autenticas fortunas en ropa y complementos. Los dos asistíamos con frecuencia a un gimnasio situado en la parte alta de Barcelona, donde recibíamos sesiones de sauna, baño y masaje. Era un tren de vida en el que creí sentirme cómodo, me dejé llevar por la corriente, pero como indiqué anteriormente, chocaba frontalmente con la otra parte de mí, esa que necesitaba expresarse de otro modo que no fuera a través de una visa oro. En lo más profundo de mí ser me encontraba vacío, era como si estuviera viviendo la vida de otra persona, una ilusión, algún truco de un viejo prestidigitador. No fui consciente de todo eso hasta que murió Silvia, aunque sí que antes de decidir volver a escribir había tenido algún ramalazo de lucidez, pero fue el shock de su muerte el que me hizo ver la cruda realidad. No supe, o más bien, no supimos darnos cuenta, de que nuestra relación estaba a la deriva y que de un momento a otro el barco se podía hundir, y ninguno llevábamos salvavidas.

Quería con toda mi alma a Silvia, pero esa vida no era la vida que yo quería. Siempre he sido un cobarde y no he sabido enfrentarme a los obstáculos que la vida iba colocándome, siempre he preferido aplazarlos para otro momento, pero ese momento nunca llegaba. Esa actitud es como el que guarda trastos viejos en un baúl, llega un momento en que la tapa ya no cierra. Leer más

Segundo capítulo de El vals de la soledad

Capítulo 2

Al irnos a vivir juntos habíamos hablado sobre la posibilidad de tener niños pero fueron conversaciones sin una base sólida, como algo a largo plazo, o al menos así me lo pareció. Mi idea era que debíamos esperar algún tiempo, Silvia, sin embargo, era de la opinión de tenerlo cuanto antes, ya que era un año mayor que yo y decía que si no, más que una madre parecería una abuela.

Llevaba casi dos años sin hacer prácticamente nada, quería recuperar mi vida y precisamente en ese momento tan complicado, cuando parecía que habían vuelto las ganas por reanudar mi carrera, me llegó la noticia. Mi reacción fue muy egoísta. No me lo tomé de la mejor manera.

Pensé que la llegada de un hijo no era lo más indicado para un contexto de monasterio, que era lo que necesitaba, ya que para sacar adelante una nueva historia, necesitaba la mayor tranquilidad del mundo.  A causa de todo eso, no recibí la noticia con el entusiasmo que Silvia podía esperar, incluso mi primera reacción fue de negación, es más, me sorprendió  la iracundidad con la que me expresé al salir de mi boca una palabra que en condiciones normales jamás hubiera dicho: aborto. Soy creyente, somos católicos convencidos, por ese motivo Silvia también se sorprendió. Aún recuerdo su cara de incredulidad al escuchar mi respuesta y mis dudas respecto a la llegada de un hijo. Como siempre, ella fue la más inteligente, evitó un enfrentamiento y permaneció en silencio hasta que se me enfriaron la lengua y las pulsaciones. Cómo me arrepiento hoy de aquella reacción.

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