David Casado Aguilera

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La enfermedad obsesiva de la iglesia católica

Iglesia católica, abuso de menores, crítica de la homosexualidad

No es un tema nuevo, desgraciadamente saltan a la luz pública cada dos por tres los exabruptos verbales, las frustraciones anímicas o la debilidades mentales de algún alto cargo de la iglesia cargando contra los homosexuales. La última, que yo sepa, porque la iglesia, sus miembros más distinguidos, los que se apropian del discurso general, cada vez que hablan tienen la asombrosa habilidad de no dejar a nadie indiferente, esa habilidad sí tienen. El caso que me ocupa fue protagonizado por parte del Obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla, en la misa de Viernes Santo, ofrecida por el segundo canal de la televisión pública española; mi turbación al ver dónde van nuestros impuestos en lo referente a la televisión pública, pero ese debate tocará otro día, hoy lo dedicamos a las mentes brillantes, integradoras, solidarias y caritativas que forman la iglesia católica, en este caso española.

Pues bien, el señor obispo de Alcalá de Henares, en la misa del viernes Santo, soltó sin ningún reparo ni rubor, perlas como las siguientes: “Quisiera decir una palabra a aquellas personas que hoy, llevados por tantas ideologías, acaban por no orientar bien lo que es la sexualidad humana, piensan ya desde niños que tienen atracción hacia las parejas del mismo sexo”, dijo. “Y a veces para comprobarlo se corrompen y se prostituyen. O van a clubes de hombres. Os aseguro que encuentran el infierno”, proclamó. También lindezas como que la homosexualidad es una enfermedad, o que los homosexuales son degenerados. Esas palabras no han sido matizadas, ni mucho menos condenadas por la Conferencia Episcopal, sino alentadas y apoyadas.

Este pájaro con alzacuellos es el mismo que en el año 2009, ofició una misa “por los caídos en Paracuellos”, junto a una bandera preconstitucional. Supongo que la cabra tira al monte y que es complejo separarse de ciertas actitudes y apoyos a dictadores asesinos. Pero tampoco toca hoy el apoyo incondicional, baboso y rastrero de parte de la iglesia católica al franquismo, al nazismo, a Pinochet o a Varela, por poner sólo algunos ejemplos no tan distantes en el tiempo, porque esta Sacra institución tiene la gran habilidad, otra habilidad, de tener una memoria selectiva, y gran capacidad de olvido para las cosas que le interesan.

Pero estábamos con su cruzada contra la homosexualidad, con su obsesión enfermiza por calificar de degenerados, enfermos, anomalías de la naturaleza…a los y las homosexuales, contribuyendo con esas palabras al odio y a la homofobia que ya de por sí sufren. Por de pronto es de una gran irresponsabilidad el, quienes se autoproclaman defensores del débil, del golpeado, del marginado… contribuir más a la marginación social o al odio que esas personas sufren en muchos países, en algunos, por ejemplo, se les condena a muerte, si bien es cierto que la iglesia católica no es la religión mayoritaria de esos países, pero su discurso no varía, no cambia, a pesar de esa marginación, ese odio y esa persecución en la que ellos han contribuido. Sí, la iglesia católica contribuye al odio y la persecución que muchos gais y lesbianas sufren, aún hoy día, año 2012.

La mayor de mis condenas, no es a lo que dicen, que es del todo condenable, sino quién lo dice y a quién representa, porque eso es caer en una doble moral, en una gran hipocresía, su discurso que durante cientos de años han defendido ostenta la máscara de la falsedad. La Institución de la iglesia siempre se ha considerado poseedora de unos valores y de un discurso que nada tiene que ver con la realidad que pregonan desde sus púlpitos y altares. No defienden al débil, no ayudan al marginado, esos son palabras que se las lleva el viento, que no transforman en hechos, salvo contadas excepciones, que también existen, ellos, su discurso homófobo, hipocrita y malicioso ha contribuido a esa marginación que sufren miles de homosexuales en el mundo.

Porque no tengo ninguna duda, que si pudieran muchos de ellos, volverían a traer la inquisición, el tormento, la tortura y el fuego purificador. No es exagerado escuchando lindezas como las anteriormente mencionadas.

Dicen que ante este tipo de discursos lo mejor es hacer oídos sordos, o la indiferencia, no señor, ante este tipo de actitudes queda la protesta, la indignación, el aborrecimiento, la condena, pero nunca la indiferencia, la indiferencia es complicidad, es asentir en silencio, y para ello ya tenemos a las instituciones políticas de este país y al gobierno que tan dignamente nos representa.

Por último me gustaría, ya sé que es predicar en el desierto, que el empeño, la dedicación y la repetición en el discurso hubiera existido por ejemplo, condenando los miles de abusos de menores por parte de miembros de la iglesia católica, porque señor Obispo de Alcalá de Henares, si quería hablar de degeneración, enfermedad, o anomalías de la naturaleza, lo tenía muy fácil, tan sólo debía mirar dentro de su santa casa.

3 thoughts on “La enfermedad obsesiva de la iglesia católica”
  1. Carolina mayo 1, 2012 on 2:00 am Responder

    Bueno, por fin tengo un tiempito para comentar este post (pensé en escribir “responder”, pero hay veces que lo escuchado o leído no pide respuesta, sólo está ahí para desnudar una verdad que pocos quieren ver).
    Laura ya conoce más o menos mi postura, éste es un tema que le interesa de años atrás, y en aquel foro virtual en que nos conocimos pudimos hablar un poco de “las enfermedades obsesivas” de la Iglesia Católica. Pero ahora la charla se extiende a más personas, así que trataré de exponer mi idea de manera que pueda ser entendida.

    Quiero partir de un par de experiencias que he vivido muy de cerca. En mi familia hay un homosexual y alguien más que en algún tiempo cedió a la tentación del exhibicionismo agraviado porque lo hacía con menores de edad. Ambos son católicos. Ambos son (o eran) practicantes. Y sin embargo, han sufrido el rechazo de un grupo de franciscanos que los ha señalado y que les ha impedido continuar practicando la fe católica hasta estos momentos. A los dos los quiero con todo mi corazón, y saber que fueron objeto de rechazo, y sí, también de persecución por parte de un grupo de profesos franciscanos, me encabronó sobremanera al punto de que quise ayudar a uno de ellos para que pudiera profesar y siguiera asistiendo a la fraternidad como desde hacía más de un año lo venía haciendo y, abogada que soy, me metí a leer la Regla y las Constituciones junto con mi madre que es franciscana profesa, y nos pusimos a elaborar quejas, recursos y a recabar pruebas para que, según sus propias leyes, fuera escuchado y se tomara la mejor decisión posible. En el proceso el asistente espiritual, antes de dejarse llevar y prejuzgar (cosa que ha de haberle resultado difícil, con lo recto y duro que es), escuchó a mi familiar y le aconsejó que promoviera sus recursos, que llevara el asunto hasta donde tuviera que llegar (inclusive, de ser necesario, hasta el Papa mismo :P), porque aquello de lo que lo acusaban había acontecido muchos años atrás y ya había conseguido el perdón de los afectados (de los menores y de los padres de éstos), y el fraile conocía a mi familiar desde que entró a la fraternidad y comenzó el camino hacia la profesión perpetua, así que el Padre también lo perdonó (yo creo que los únicos que deberían perdonarlo ya lo habían hecho, pero bueno, el Padre también le hizo patente esta situación, por algo sería). Sin embargo, el grupo de franciscanos no cejó en su esfuerzo por sacarlo de la orden franciscana y consiguió que no profesara, y más aún, que se alejara de la orden y del templo en que celebran la eucaristía. Lo excluyeron definitivamente. En un principio, yo quise aferrarme a la justicia, y más que nada, al ejemplo mismo de Francisco que amaba a los pecadores por encima de los “devotos” de los “correctos”, pero hubo un momento en que mi familiar decidió dejar de buscar una solución y ya no hubo oportunidad de seguir el rumbo del proceso franciscano en su totalidad. Yo me enojé demasiado porque no comprendía que decidiera callarse, someterse al gusto, capricho y soberbia de ese grupo que lo había alejado del carisma franciscano, yo quería luchar, buscar una respuesta a la injusticia que se estaba comentiendo, pero no pudo ser; él ya había tomado una decisión y yo no podía cambiarla en nada. Ante esto, mi primera reacción fue mentarle su madre a toda la Iglesia porque no era justo que nadie hiciera nada por ayudar a mi familiar que, sí, había cometido un error, pero ya lo había pagado y los agraviados ya lo habían perdonado. ¿Quiénes eran estos pendejos que se atrevían a juzgarlo y condenarlo sin ni siquiera escucharlo? Contravinieron de tal forma las enseñanzas de Francisco que me asquearon y quise armar revolución a las puertas de la Casa del Franciscano Seglar donde se reunían. Pero al final no hice nada, si mi familiar no quería defenderse, yo tenía que respetar esa decisión. Así que me aguanté y traté de seguir mi camino sin hacer preguntas. Y comprendí que yo tampoco estaba siendo justa al juzgar por igual a todos los franciscanos, a todos los católicos, porque después de todo, somos simples seres humanos, seres imperfectos, y unos más que otros nos dejamos llevar por nuestras pasiones y defectos, en vez de atender el llamado de las virtudes que se encuentran en el fondo de nuestro ser.
    El otro caso es el de mi pariente homosexual que, a sus 15 años se asumió como tal y desde entonces ha sido objeto de vejaciones incluso por parte de sus padres que, como dice Laura, tienen una mente retrógrada y enfermiza que les impide ver la verdad de su hijo: un ser luminoso, amoroso, que trata de ser quien es a pesar de todo y contra todo, un ser valiente y consciente que no dejará que nadie más lo maltrate por ser como los demás se rehúsan a verlo porque le temen a la firmeza de su individualidad.
    Había sido formado en la orden franciscana, su catequesis y comunión tuvieron lugar en la casa del Franciscano Seglar, formaba parte del coro en el templo de los franciscanos desde muy temprana edad, incluso, llegado a determinada edad, fue parte del grupo de formadores y daba catequesis a los niños de previo, pero cuando se corrió la voz de que “había salido del clóset”, de inmediato lo señalaron y le dieron la espalda esas personas que le impidieron a mi otro familiar profesar a perpetuidad. Dejó de dar catequesis, dejó de asistir al coro, dejó de acercarse a los sacramentos, pero también es justo decir que ha sido por decisión propia. Porque él sabe que Dios no lo rechaza, que Dios conoce su interior y sabe quién es y lo acepta; pero también sabe que para acercarse a los sacramentos y poner en práctica el evangelio, hay que renunciar a ciertos placeres, y si hoy por hoy no estamos dispuestos a hacerlo, es mejor mantenernos al margen de las cuestiones litúrgicas y otras tantas tradicionalistas que tienen lugar al interior de la Iglesia Católica.
    Sabe lo que hay qué hacer, pero no quiere hacerlo, no ahora, no próximamente. Y esa decisión también se respeta, pero para nada despotrica en contra de la Iglesia Católica o en contra de los Franciscanos. Hay que saber distinguir y separar. Hay que razonar y, a la vez, ver con los ojos del alma para darse cuenta de lo que pasa alrededor nuestro.

    Dices que no todos son iguales, que existen excepciones, y sin embargo, has optado por condenar a la Iglesia por esos que no son más que hipócritas y soberbios. Yo, como mis familiares, le apuesto a esas excepciones, le apuesto a esa minoría que no decepciona, le apuesto a la fe más que a las acciones inevitablemente mundanas. Yo sé que ellos, los jerarcas, los altos mandos de la Iglesia Católica, por estar donde están, por ser quienes son, por haber decidido alejarse lo más posible del mundo deberían caer el menor número de veces en las debilidades humanas, pero siguen siendo humanos. Y confío en la justicia, en la terrenal y en la divina; pero no me afligen sus caídas, porque todo aquél que conozca su religión, su fe, sabrá que esos yerros de los individuos que han dicho tonterías vistiendo una sotana y portando en su pecho una cruz no pueden tocar la esencia de la fe católica. Y sobre todo, no puedo juzgarlos más de lo que me juzgo a mí misma, que no estoy tan cerca de la fe como debiera esperarse de toda persona católica. No puedo ser de doble moral. Es fácil caer en el juego, pero es más difícil conocer nuestros propios defectos y errores, y asumirlos y perdonarnos, antes que conocer y perdonar los defectos y errores de otros, sean clérigos o no.

    Y al final, cada quién hará, pensará y dirá lo que le plazca o le acomode, que, bendito Dios, para eso poseemos libre albedrío 😉

    P.S. Para ilustrar un poco estos ejemplos, te dejo los enlaces de las mierdautorías en las que desfogué mi frustración por las injusticias presenciadas: http://www.mierdautorias.blogspot.mx/2010/08/hechos-de-los-franciscanos-i.html
    http://mierdautorias.blogspot.mx/2010/10/hechos-de-los-franciscanos-ii.html
    http://www.mierdautorias.blogspot.mx/2011/01/el-hombre-que-no-pudo-ser-un-santo.html
    http://www.mierdautorias.blogspot.mx/2011/02/el-nino-en-el-pozo.html

    • admin mayo 1, 2012 on 10:12 am Responder

      Antes de nada muchas gracias Carolina por tu comentario y por compartir tu opinión. Esta es una página abierta en la que caben todas las opiniones, tú tienes la tuya y yo tengo la mía, las dos son igual de respetables. Mi crítica va encaminada, fundamentalmente, a la alta jerarquía católica, y sí, puede sr injusto, ya que se generaliza, pero ellos, cuando hablan, no lo hacen como hombres individuales, lo hacen como representantes de una institución, cuando “se equivocan” como dices tú, lo hacen representando una institucíon, olvidando sus responsabilidades como educadores, fallando y traumando de por vida a los jóvenes y niños que tienen a su recaudo, eso para mi no tiene perdón, pero no sou yo el que los tiene o no que perdonar, pero eso sí antes de dar lecciones, antes de criticar, deberían ver lo que ha hecho mal, no ya como personas individuales, sino como representantes de una institución que tiene un discurso en el que defiende la solidaridad, la compasión, la generosidad…y esos actos aberrantes, están muy lejos de representar ese discurso que defienden, eso para mí es hipocresía y doble moral.
      Un saludo
      D

      • Laura mayo 1, 2012 on 8:50 pm Responder

        Buenas. Yo ante todo, creo que deberíamos separar fe de la institución que supuestamente la representa. Probablemente haya gente que ha sido rechazada por la institución, y en cambio sigue siendo creyente. Sin duda, yo creo que la iglesia, como entidad, no representa a todas aquellas personas que luchan cada día por ayudar a los demás ni las enseñanzas del líder más grande que ha existido en el mundo.

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