David Casado Aguilera

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20-N ¿Tiempos de cambio?

Estamos en campaña electoral, es tiempo de sonrisas fingidas y promesas, de esas que cuando pasan las elecciones, se las ha llevado el viento y se guardan en un baúl muy grande, repleto de promesas incumplidas.

Se aproxima el domingo, día de elecciones generales en España, y por primera vez en muchos años, desde que tengo derecho a voto, y tengo 35 tacos, no tengo ni idea de a quién voy a votar, incluso me planteo la triste disyuntiva si hacerlo o no, yo que siempre he criticado a los que no votan y luego van llorando por las esquinas por lo mal que lo hace este gobierno y por lo mal que lo hace el otro. Pero en esta ocasión la decisión es compleja, considero que no se puede votar desde el visceralismo, desde el sentimentalismo o desde el rencor, para que no gane este o no gane aquel. Lo realmente frustrante es que escuchando a uno y a otro, porque en España desde hace mucho tiempo existe un bipartidismo, y viéndolo desde la experiencia de haber contemplado varios gobiernos, hay mucha gente que tiene la sensación de que con diferentes palabras, diferente modo de decirlo o diferente gestualización, al final dicen lo mismo, y lo peor, hacen lo mismo.

Escucho las propuestas de uno y otro, en el caso de haber propuestas y no repoches, huídas, tibieces, inefinición o ambiguedad, y no veo la certeza de la convicción de ganar por una parte y la flojera de explicarse del que se sabe ganador por la otra, total: un debate descafeinado y que no nos está aportando absolutamente nada.

Reina en el ambiente un poso de pesimismo, lógico viendo el panorama que hay en este país con cinco millones de parados y con recortes en pilares tan fundamentales como la sanidad. No son buenos tiempos para la esperanza. La gente demanda cambios, vueltas de tuerca, incluso revoluciones (pacíficas siempre) pero lo que vislumbramos todos no tiene grandes rasgos de cambio. La alternativa a lo visto tampoco reluce en demasía.

Obviamente la gente es libre de votar a quien le dé la gana, pero paseando por las calles, escuchando las tertulias en el bar, uno se da cuenta que la gente está cansada, hastiada y poco dada a la esperanza. Un cambio de rumbo que siempre conlleva un cambio de gobierno, en esta ocasión es contemplado con cierta dejadez, como algo que tiene que caer por su propio peso, por lo mal que lo han hecho quien ya está haciendo las maletas en Moncloa, pero sin un convencimiento real de que existirá un cambio. Eso es lo triste y lo que tiñe de pesimismo estas líneas, desgraciadamente pienso que estamos ante un cambio para seguir estando donde estábamos.

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