Relato: Los ojos de cuervo

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Sus ojos vuelven a mirarme fijamente, siguiéndome por toda la habitación, como si fuera una condena. Incluso estando de espaldas puedo sentir su mirada clavada en mi nuca. Unos ojos que se mueven hostigando cada uno de mis movimientos, como una sombra implacable, como un presagio de algo terrible. Entrar en esa habitación me da escalofríos.

Ya llevaba dos semanas en casa, tras dejar el hospital.

-¿Cómo está mi mujer?- sudaba y el corazón trataba de salirse del pecho.
-Tranquilícese, pase a esta sala y ahora vendrá el doctor a informarle.
-¿Pero cómo está?- mi nerviosismo apenas dejaba que puediera articular una palabra con sentido.
-Yo no puedo decirle nada, ahora vendrá el doctor y le informará-. La enfermera me empujó de forma suave pero firme hacia una pequeña sala de espera en la que permanecí sin sentarme durante una eternidad.
-¿Señor Roca?
-Sí, soy yo-contesté al hombre alto y delgado ataviado con una bata blanca que apareció de repente, como si fuera un fantasma, casi sin hacer ruido, al abrir la puerta de la sala de espera.
-Siéntese por favor-su tono era serio, seco, casi fiel reflejo de su rosto enjuto, cuyo único detalle que podía llamar la atención era un bigote fino y blanco como su cabello que le dotaba aun de mayor severidad.
-¿Cómo está mi esposa?-pregunté antes de sentarme en una de las sillas de plástico.
-Bueno, la buena noticia es que por alguna especie de milagro ha sobrevivido al golpe, pero -tragué saliva, noté como la sangre no subía hacia mi cabeza con lo que estaba empezando a sufrir un desmayo. -Pero, las secuelas pueden ser graves-la sensación de ingravidez iba en aumento, boca seca, pulso acelerado, vista borrosa.
-¿Cómo de graves?-alcancé a preguntar.
-Muy graves, tiene un fuerte traumatismo craneal que nos ha hecho temer por su vida. Se le ha formado un coágulo en el cerebro que podría haberle matado, pero hemos logrado estabilizarla, después de una intervención muy crítica. Ahora está sedada, aunque continúa en estado inconsciente.
-¿Puedo verla?
-Déjeme acabar señor Roca. Como le digo, los traumatismos han sido muy severos, el golpe en la cabeza no ha sido el único, tiene un brazo fracturado, así como la tibia y peroné de la pierna derecha. También tiene rotas tres costillas, que le han perforado un pulmón, pero lo más grave no es eso, ha sufrido un aplastamiento de la segunda y tercera vertebra, eso nos tiene muy preocupados.
-Significa que mi mujer no podrá…que no, se quedará inválida.
-Sí.
-Parapléjica.
-Tetrapléjica.
-Tetra
-Tetrapléjica, no tendrá sensibilidad de barbilla para abajo.
-Dios mío-en ese momento todo se tornó oscuro, sentí como un hormigueo por todo el cuerpo y me desmayé.

Desperté media hora después en una camilla, estaba aturdido, tardé en ubicarme, saber dónde estaba y recordar lo que había sucedido. Volví a sentir todo el peso de la tragedia sobre mis hombros. No podía ser, no podía ser, me repetía.

Vinieron a buscarme, me preguntaron cómo estaba, dije que bien, mentí, me dijeron que podía ver a mi mujer, pero a través de un cristal, que aún estaba en cuidados intensivos y no se le podía molestar, ¿molestar? Me pregunté, cada vez me fascinaba más el desprecio y la frialdad de la que adolecen enfermeras y médicos. Pero algo me preocupaba más que el carácter agrio y distante de los miembros del hospital, cómo quedaría mi mujer, qué posibilidades había de que se pudiera recuperar, cuál era en realidad su estado, podría hablar.

Todo eran preguntas mientras caminaba por los pasillos del hospital como si fuera un muerto viviente que apenas tiene fuerzas para arrastrar el peso de sus zapatos.

-¿Puede verme?-pregunté mientras la veía al otro lado del cristal tapada hasta el inicio del cuello, atravesada por tubos de todos los tamaños que le salían de la boca, de la nariz y de otras partes de su cuerpo.
-Ahora está dormida, necesita descansar, las próximas horas serán cruciales para ver si su cuerpo ha podido resistir la intervención que hemos realizado en su cabeza, lo mejor que puede hacer es ir a casa y descansar, aquí ya no puede hacer nada.

Regresé a casa pero no pude dormir, cómo podía descansar teniendo la imagen de mi mujer atravesada por tubos y aparatos varios, casi era imposible ver su rostro, su pelo, su cabellera negra…su cabeza estaba rodeada por una venda blanca, apenas la podía reconocer.

Al día siguiente regresé al hospital, y al otro, y al otro…Hasta una semana después no salió de cuidados intensivos. La trasladaron a planta y entonces sí pude verla sin un cristal que nos separara. Le llevé un ramo de flores, rosas rojas, son sus favoritas. Había una enfermera con ella, que salió en cuanto dejé las flores en la mesita que había al lado, no sin antes decirme “no le haga hablar mucho que está muy cansada”. Entonces puede hablar, pensé.

-Hola cielo, cómo estás- dije mientras le daba un beso en los labios, los tenía secos, como si hubiera estado toda una vida vagando por el desierto y no hubiera probado una sola gota de agua. Me miró con desconcierto, pensé que a lo mejor no me había reconocido, hola cielo, soy yo, Javier, cómo te encuentras. Me senté a la altura de su cintura y le cogí la mano que tenía sobre su estómago. Un escalofrío recorrió mi espalda, su mano estaba muerta, era como agarrar algo inerte, sin vida, entonces recordé las palabras del doctor “no tiene sensibilidad de barbilla para abajo”, que horror.

Tenía un aparato metálico que le mantenía erguido el cuello. Estaba un poco incorporada, gracias a unos grandes almohadones a su espalda, con lo que podía verme de frente. Entonces lo vi, su mirada no era de desconcierto por no haberme reconocido, sino que era de miedo al haberme reconocido.

Por qué no me hablas, Julia, háblame por favor, ¿no le habla?, preguntó muy sorprendida la enfermera que en ese momento entraba para bañarla dos días después de su traslado a planta, pues sí, puede hablar perfectamente y a noso, en ese momento se calló, otra enfermera, la bañaban entre dos, había entrado y la miraba con severidad, puede salir por favor, dijo la última enfermera que había entrado, la mayor de todas, la que parecía que le habían metido un limón por el culo.

Al salir pude ver como ambas enfermeras cuchicheaban entre ellas, no me gustaba nada lo que estaba ocurriendo. Fui a tomar un café, necesitaba pensar. Estaba claro que Julia podía hablar, pero a mi no me había dicho ni una sola palabra, sólo me miraba, fijamente, tratando de perforarme con su mirada de hielo. ¿Qué habría hablado con esas enfermeras? ¿Qué les habría contado?

Un mes después dejó el hospital y la instalamos en una de las habitaciones de la casa. Vivíamos en una vivienda amplia, no había problemas de espacio, y para ella se tenía que adecuar toda una habitación y un baño. También tuve que contratar tres enfermeras para su cuidado, una por turno, cada ocho horas, un dineral.

Dos semanas después nada había cambiado, Julia seguía sin hablarme cuando sabía que con las enfermeras hablaba con total normalidad, sólo esa mirada, sus ojos clavados en mí queriéndome decir algo, lo sabe.

Eran los mismos ojos abiertos de par en par que me miraron en el momento que la empujé por el puente.

Aquella tarde no había salido a correr con ella, le dije que estaba cansado, en realidad no le había mentido, estaba cansado, pero de ella, de sus empalagosas palabras, sus modales refinados y cursis, su familia de aristócratas y relamidos gestos, su poca pasión por la vida, su nula implicación ante todo lo que a mi me gustaba.

Permanecí escondido en un extremo del puente, estaba oscuro, en invierno la noche llega con prontitud. Cuando pasaba por la mitad del puente me subí la capucha y me dirigí de un salto hacia ella que corría con la cabeza gacha, como siempre. Cuando estaba a su altura la empujé hacia el vacío, pero a pesar de la oscuridad, a pesar de la rapidez de mis movimientos pude ver cómo me miraba, pude ver cómo habría los ojos diciendo eres tú, tú me has matado, lo sé, te he visto.

Esos ojos que ahora me persiguen por toda la habitación mientras la recorro dando pasos pequeños y pensando, no creía que fuera a sobrevivir, había unos doce metros de altura y abajo cemento y piedras, tenía que haber muerto, y ahora yo heredaría la fortuna de sus padres, de esa familia que detesto. Podría compartir mi vida con Lorena, ella si me comprende. Todo tendría que haber salido bien. Esos ojos escrutadores, ¡deja de mirarme! Grito con desdesperación enfermiza.

Salgo de la habitación dando un portazo, cuando del salón aparece Susana, la enfermera que está durante la noche, qué pasa señor, nada, respondo. Ninguna de las tres enfermeras se atreve a hablarme, seguro que Julia les ha contado todo. Pero lo peor no son esas acusaciones que no puede demostrar, ni que esas tres incompetentes no me hablen, son sus ojos que me persiguen a pesar de haber abandonado su habitación. Sus enormes pupilas que después del “accidente” se habían tornado más oscuras, casi negras, que eran como la mirada fría y cortante de un cuervo.

Tras levantarme a las dos de la madrugada repleto de sudor, con mi corazón palpitando y los ojos negros del cuervo anclados en mi pesadilla, decido que no aguanto más, Julia tiene que morir y yo empezar a vivir.

Susana se va a las 6 de la mañana y Olga llega a las seis y media, media hora tarde cada día, que ahora puede permitirme deshacerme de ese vegetal cuya única parte viva de su entumecido cuerpo son sus infernales ojos.

A las seis en punto de la mañana escucho la puerta de abajo cerrarse, salgo de mi habitación y descalzo bajo las escaleras y me dirijo a su habitación ¿estará dormida? Pienso mientras abro tratando de hacer el menor ruido posible. Aún no ha amanecido, pero siempre hay una luz prendida, de una pequeña lamparita que hay en la mesita junto a su cama. Esa luz enfoca directamente al rostro de Julia que esta levemente incorporada.

Los ojos negros como un tormento me observan acercarse, ahora sí expresan sorpresa, no esperaba que fuera yo quien se introdujera en la habitación y cogiera uno de los almohadones que le sirven de apoyo. Observa cada movimiento que hago y yo sigo su mirada disfrutando del momento, sobre todo cuando ya tengo el almohadón en mi manos y sonrío fríamente, es cuando puedo ver como sus pupilas se dilatan abarcando casi toda la circunferencia ocular y una expresión de terror se apropia de su rostro al comprender lo que estoy a punto de hacer.

Lo último que veo de ella al colocar el almohadón sobre su cara y apretar con todas mis fuerzas son sus ojos negros como los de un cuervo al reconocer en un atisbo de lucidez el reflejo cruel del rostro de la mismísima muerte que desaparece tras los últimos espasmos de vida.

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