Iguala o la muerte de toda esperanza

      Comentarios desactivados en Iguala o la muerte de toda esperanza

México, lamentablemente, está de nuevo en todos los medios de comunicación, y una vez más, es protagonista la violencia, una violencia que en esta ocasión ha sobrepasado los límites, si es que la violencia tiene límites. Dicen que uno se acostumbra a todo, incluso a caminar sobre muertos, a dejar de escuchar los llantos de las madres buscando una respuesta dura, fría: dónde está el cuerpo de mi hijo. Pero esto ya es inaguantable.

Todo el mundo ya conoce los acontecimientos de Iguala, la desaparición de esos 43 estudiantes de Ayotzinapa, una escuela de formación de profesores rurales, la implicación de la policía en el suceso, del propio alcalde y de los narcos, los omnipresentes narcos. No consigo salir de la estupefacción que esos hechos me provocan. Siento rabia, siento asco, siento una tristeza infinita.

Hace unos años, concretamente el 2008, publiqué mi primera novela, El grito del silencio, que tenía como protagonista principal el movimiento estudiantil del 68 en México que concluyó de forma abrupta con la terrible matanza del 2 de octubre en la plaza Tlatelolco por parte del Estado, y de su deleznable presidente Diaz Ordaz a la cabeza. Me conmovió e impresionó tanto aquella valentía con la que se enfrentaron los estudiantes al “intocable gigante” que eso provocó que escribiera una novela, que hoy siga escribiendo y que hoy necesite escribir para poder expresar lo que de otro modo no podría expresar.

Han pasado 46 años de aquel funesto 2 de octubre, 46 años y aún hoy día no se sabe cuánta gente murió, dónde están todos los cuerpos de los asesinados aquella tarde, 46 años, y los años seguirán pasando y aquellos muertos seguirán sin un nombre, sin un rostro.

Lo terrible es que hoy, 2014, México es un país aún más violento que en 1968, es un país donde suceden actos más propios de la Edad Media que del siglo XXI. Somos testigos de una crueldad inhumana, sino fuera porque está provocada por humanos, por seres humanos que campan con total impunidad, amparados bajo una tela de araña tejida a base de años de corrupción y connivencia con el crimen organizado, que bebe de la sangre de su propio pueblo.

No creo que haya cosa más terrible que acabar con la esperanza de todo un país, de hacer añicos los sueños de una generación, de enterrar ilusiones y proyectos, vocaciones tempranas y planes futuros.

Ser joven implica ver el futuro con descarada altanería, de afrontar el mañana como si ese mañana nunca fuera a llegar, ser joven es mirar de frente no hacia abajo, ser joven es aprender a decir no, ser joven es tener toda una vida por delante para darse cuenta que ser joven no es eterno. Pero hay jóvenes en México que sí saben lo que es perder, sí saben que ellos pueden morir, dejar de ser, pero tienen la valentía de alzar la voz en un país donde reina el silencio, tienen los cojones de mirar de frente al gigante, de mentarle la madre, de decirle no me voy a callar, aunque me mates, no me voy a callar, no te tengo miedo, aunque me mates, no te tengo miedo. Como hace 46 años.

Comencé este escrito hablando de asco, de tristeza, de desesperanza, pero quiero concluirlo con todo lo contrario, porque considero que esos futuros maestros, que aún luchan a pesar de los compañeros desaparecidos y asesinados, nos están dando una lección de firmeza, de compromiso y valentia que no merece, que no puede, que no debe caer en el olvido. Esos jóvenes, esos estudiantes asesinados son un ejemplo, como lo fueron sus compañeros hace 46 años. Necesitamos saber qué carajo ha pasado y está pasando en esa localidad del estado de Guerrero, de quién son los restos que están apareciendo y no son de los estudiantes, necesitamos saber que los culpables de la desaparición de los normalistas pagan por lo que han hecho, que no se esconden en un agujero de impunidad, queremos saber quién los ha protegido, cómo han llegado a donde han llegado, queremos saber dónde están los cuerpos de esos normalistas, necesitamos saber que regresan con sus familias, que son velados, que son enterrados dignamente, y sobre todo, que no son olvidados, que van a tener un rostro y un nombre para más vergüenza de sus asesinos, de los complices de sus asesinos.

Si hay dinero para renovar un avión presidencial debe haber recursos para poder hallar a los culpables, a todos los culpables, porque no nos conformaremos con las detenciones de unos cuantos cabezas de turco que posen ante los medios de comunicación como si fueran un trofeo del gobierno, gobierno, por cierto, que cada día que pasa sin que se sepa dónde están los estudiantes y los cupables va perdiendo una credibilidad, que ya de por sí era mínima y está dejando a todo el país con el culo al aire de cara al resto del mundo.

Lo último que ha de perderse es el miedo a decir las cosas, el miedo es legítimo, y nadie, insisto, nadie, puede ser dueño del miedo del otro, porque desconocemos sus circunstacias. Es mucho más sencillo escribir estas palabras desde la comodidad de la distancia, no se trata de juzgar a los que callan, sino de engrandecer a los que hablan. Creo que fue el juez Falcone, que vivía amenazado de muerte por la mafia italiana que dijo: “si tienes miedo mueres cada día, si no tienes miedo sólo puedes morir una vez”. Falcone fue asesinado el 23 de mayo de 1992.