David Casado Aguilera

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Segundo capítulo de El vals de la soledad

Capítulo 2

Al irnos a vivir juntos habíamos hablado sobre la posibilidad de tener niños pero fueron conversaciones sin una base sólida, como algo a largo plazo, o al menos así me lo pareció. Mi idea era que debíamos esperar algún tiempo, Silvia, sin embargo, era de la opinión de tenerlo cuanto antes, ya que era un año mayor que yo y decía que si no, más que una madre parecería una abuela.

Llevaba casi dos años sin hacer prácticamente nada, quería recuperar mi vida y precisamente en ese momento tan complicado, cuando parecía que habían vuelto las ganas por reanudar mi carrera, me llegó la noticia. Mi reacción fue muy egoísta. No me lo tomé de la mejor manera.

Pensé que la llegada de un hijo no era lo más indicado para un contexto de monasterio, que era lo que necesitaba, ya que para sacar adelante una nueva historia, necesitaba la mayor tranquilidad del mundo.  A causa de todo eso, no recibí la noticia con el entusiasmo que Silvia podía esperar, incluso mi primera reacción fue de negación, es más, me sorprendió  la iracundidad con la que me expresé al salir de mi boca una palabra que en condiciones normales jamás hubiera dicho: aborto. Soy creyente, somos católicos convencidos, por ese motivo Silvia también se sorprendió. Aún recuerdo su cara de incredulidad al escuchar mi respuesta y mis dudas respecto a la llegada de un hijo. Como siempre, ella fue la más inteligente, evitó un enfrentamiento y permaneció en silencio hasta que se me enfriaron la lengua y las pulsaciones. Cómo me arrepiento hoy de aquella reacción.

Silvia me conocía perfectamente, era consciente del proceso interior que estaba experimentando, conocía mi necesidad de escribir y de sentirme escritor. Siempre me había apoyado, sobre todo en los momentos más bajos. Esas últimas semanas habían sido duras, sinceramente, llegué a ser insoportable. Ella era la única persona en el mundo que sabía lo que habitaba en mi cabeza únicamente mirándome a los ojos. Fueron muchas las veces que me preguntó que me pasaba, sabía que no era feliz y que algo me faltaba. Nunca dijo nada cuando le comuniqué que quería volver a escribir, incluso me animó a que lo hiciera. Nos amábamos, así que, después de pensarlo detenidamente, de respirar hondo y después, también, de alguna discusión, acepté la nueva situación y quién sabe, pensé, ese bebé también podría ser fuente de inspiración.

Pocos días después de aceptar la llegada de esa nueva criatura me embargó una euforia desmedida ante el nacimiento del bebé, sufrí una especie de catarsis, ni yo mismo me entendía, me sentía extraño, tan pronto me sentía hundido como el hombre más feliz del mundo. Era consciente de que mi estado mental estaba pasando una dura prueba. Necesitaba estabilidad, asentarme y pensar las cosas más fríamente, no dejarme llevar por los acontecimientos como si fuera una veleta movida por los caprichos del viento y continuar con lo que había decidido.

Dos días después de la noticia del embarazo de Silvia me encerré de nuevo en mi despacho, ese santuario donde nadie podía entrar salvo yo. El resultado volvió a ser el mismo: nada. Volví a naufragar en un mar de dudas y de nulidades creativas. Frente al escritorio, una mesa de madera de roble que Silvia me regaló, me encontré realmente con la soledad del escritor al que se le han acabado las ideas. Cuando nada sale lo mejor es dejarlo, salir a dar una vuelta, despejarse y esperar a encontrar algo, la chispa que encienda la vieja maquinaria una vez más. No podía pensar en otra cosa, tenía la cabeza tan llena de frustraciones que no cabía nada más. Por aquel entonces, no sabía que las cosas iban a cambiar tan bruscamente y que la noticia del nacimiento de un bebé o la falta de inspiración no eran ni mucho menos nada comparable a lo que sucedería días más tarde.

Una semana después, una fría mañana de enero, recibí una llamada telefónica que iba a cambiarme la vida. La ignoré dos veces, a la tercera descolgué el teléfono: Silvia había muerto.

Con ella había muerto la criatura de cuatro meses que llevaba en su interior, nuestro hijo. Ni siquiera sabíamos si iba a ser niño o niña. Teníamos guardada en un cajón, al lado de la cama, una lista enorme con los posibles nombres de la criatura, dividida en dos columnas, de un lado los nombres si era niña y al otro si era varón. Joel y Sara eran los nombres que encabezaban esa lista ya inútil y perdida en aquel cajón repleto de tristeza.

Todo se derrumbó a mí alrededor en cuanto colgué aquella maldita llamada. Tardó horas en desaparecer de mis oídos la fría voz de la policía que me dio la trágica noticia, una voz neutra que bien podría haber sido la de una teleoperadora ofreciéndome una nueva tarjeta de crédito o una máquina, pidiéndome que presionara la tecla número uno para escuchar mis mensajes de voz. Todo se volvió negro y un zumbido me impidió escuchar el silencio que se había establecido entre el resto del mundo y yo.

Había pedido tanto un cambio en mi vida, que me sentía culpable de haber sido escuchado. Todos mis pensamientos me llevaban al banquillo de los acusados y me declaraba culpable. Culpable por no haber ido esa mañana a acompañar a Silvia como sí había hecho otras muchas. Culpable por no haber deseado en un principio al bebé que ya no existiría jamás. Culpable por no haber besado aquella mañana los labios de Silvia, una vez más, una última vez. Culpable de sentirme culpable. Ahora sí tenía una tristeza que transmitir, ahora sí tenía algo que contar. La tristeza es mejor compañera a la hora de escribir que la felicidad.

El entierro se celebró dos días después de su muerte. No recuerdo muy bien aquel momento, no tengo ni un solo recuerdo nítido porque estaba drogado hasta las orejas. Entre médicos, psicólogos y aprendices de chamanes lograron que fuera un ser inanimado e incapaz de sentir. No pude retener en mi memoria una imagen de la última vez que vi a Silvia, aunque ya fuera sin vida. Yo no fui quien reconoció el cadáver sino su padre, no pude ni tan siquiera despedirme de ella. Me decían que era mejor recordarla como era en vida, que estaba destrozada… Nunca me he perdonado no darle un último adiós.

Muchas personas se acercaron a mí después del entierro a consolarme, pero en ese momento no oía ni veía nada, únicamente notaba un dolor que me oprimía el corazón y apenas me dejaba respirar. Durante el sepelio mi hermano me sujetó para que no cayera fulminado, fruto de la desesperación y de los narcóticos. No escuché nada de la ceremonia, estaba instalado en una nube de dolor que me impedía cualquier tipo de conciencia.

Aquella fue la última vez que vi a sus padres o a alguien de su familia, ni si quiera en el eterno juicio que más tarde se celebró para determinar la indemnización y el castigo penal que recibiría el culpable del atropello y del agujero negro en que se había convertido mi vida, apareció ninguno de ellos. Silvia y yo no estábamos casados, así que la indemnización fue a parar a su familia. Nunca me impliqué en aquel juicio, no recuerdo prácticamente nada, ni tan siquiera sentir odio por el tipo que atropelló a Silvia, el odio fue creciendo posteriormente. Tampoco quería ninguna compensación económica. ¿Cuánto vale la mujer que amas y tu futuro hijo? ¿Hay dinero suficiente que pueda sobornar a la tristeza que yo sentía en aquel momento? Ni todo el dinero del mundo. Sus padres, mediante sus abogados, quisieron darme una importante suma que yo no acepté bajo ningún concepto. No quería ese dinero, aceptarlo hubiera sido como aceptar que la vida de Silvia tenía un precio para mí. Aun así, parecía como si tuviera el dinero por castigo.

La casa se me vino encima. No podía dormir en la misma cama que había compartido con Silvia, no eran unas simples sábanas y un colchón, eran muchos recuerdos, muchas pasiones, confidencias, caricias y sueños compartidos. Decidí dormir en otra habitación pero el resultado más o menos fue el mismo, debía huir de aquella casa si no quería volverme loco. Eran muchas las vivencias encerradas entre aquellas cuatro paredes, recuerdos que me perseguían y no dejaban que mi vida siguiera adelante. Por aquel entonces no sabía  si quería que mi vida siguiera adelante, porque más que vivir existía y eso requería un gran esfuerzo. Levantarme cada mañana suponía un renacer en el dolor que me hacía el día muy cuesta arriba. Los primeros despertares fueron terribles, rememoraba el mismo momento una y otra vez sin tener muy claro si lo que había sucedido no había sido un simple sueño, o más bien dicho, una cruel y terrible pesadilla; sin embargo, inmediatamente la realidad me golpeaba bruscamente al ver el hueco de la cama que antes ocupaba el suave cuerpo de Silvia.

Finalmente, decidí vender el dúplex y trasladarme a nuestra casa de Sitges. Esas eran las dos únicas posesiones que realmente me pertenecían, pero tenía mucho más dinero del que podía gastar. Resultó que Silvia había contratado un seguro de vida del que yo no sabía nada y del que yo era el único beneficiario, lo más curioso fue que la firma del seguro tenía fecha de una semana antes del accidente. Tuve que contestar alguna pregunta incómoda, pero todo se realizó con la anodina burocracia acostumbrada. Con la venta del piso de Barcelona y el dinero del seguro tenía mucho más de lo que necesitaba, porque por aquel entonces mis necesidades eran ínfimas, bastante tenía con seguir respirando. Intenté contactar con su familia, para darles parte de ese dinero, que pensaba, les pertenecía más a ellos que a mí, pero no fue posible contactar con ninguno de ellos, o probablemente ellos no querían saber nada de mí. Nunca entendí esa postura, pero a decir verdad la prefería, no estaba cómodo con su presencia y en aquellos días lo único que deseaba era estar solo.

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2 thoughts on “Segundo capítulo de El vals de la soledad”
  1. Verónica Lupercio Navarrete abril 20, 2011 on 3:06 pm Responder

    Qué triste, qué triste!!! me dio mucho dolor cuando él NO se emociona cuando Silvia le anuncia su embarazo, y la profunda soledad que lo embarga después del accidente que le arrebata la vida a ella =( Me ha dejado pensando muchas cosas y con un nudo en la garganta.

    • davidcasadoaguilera abril 20, 2011 on 3:17 pm Responder

      Precisamente quería transmitir esa soledad, porque la soledad es la protagonista indiscutible de esta novela. Gracias Verónica

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