David Casado Aguilera

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Primer capítulo El vals de la soledad

EL VALS DE LA SOLEDAD

CAPÍTULO 1

Hay algunos pobres de espíritu que temen hablar de los escondrijos del ser humano y, más aun, con mágico respeto si se trata de los muertos. Se les olvida que a éstos les encantaría saber que los vivos se ocupan de ellos, que los reviven, sea para el elogio, la disección o la censura.

Desde donde estoy sentado, puedo contemplar la calle y apreciar el discurrir de un día corriente de la gente que va pasando, con el único rumor de sus propios problemas, ignorando los ajenos e intentando pasar desapercibidos ante la mirada de un mudo testigo, el cual apenas tiene fuerzas para hacer elucubraciones de lo que sucede más allá del cristal que les separa.

La fuerza de mis pensamientos hace que apenas pueda dormir. Me gustaría poder poner en claro todas las secuencias de una película que, en ciertos momentos, he presenciado más como mero espectador que como protagonista. En ocasiones, la fuerza de los acontecimientos nos supera y nos atropella, con tanta brutalidad que apenas podemos reaccionar, y una vez que sucede, no hayamos palabras para poder relatarlo. En un cajón, debajo de la diáfana mesa que hay frente a la ventana, he encontrado un cuaderno y un lápiz, quizás ha llegado la hora de tratar de buscar esas palabras para poder relatar todo lo sucedido. Lo haré de la única forma que soy capaz de hacerlo, escribiendo. Esta es la historia:

Hace apenas siete meses que descubrí a Alejandro Doria y ese espacio de tiempo transcurrido ya me parece toda una eternidad. Soy consciente de que, si no hubiera sido por él, en estos momentos estaría muerto o tratando de encontrar respuestas en lugares vacíos o inexistentes. De lo que estoy seguro, es que sólo desde la más profunda oscuridad puede empezar a nacer la luz, y yo estaba en el umbral de la más absoluta oscuridad.

No sé en dónde quedó la inspiración que un día me llevó a ser escritor, aunque tampoco estoy muy seguro de haberla encontrado alguna vez. De niño quería ser inventor de historias, un cuenta cuentos. Eso lógicamente no me otorgó mucha popularidad entre aquellos aprendices de astronautas, policías, bomberos, doctoras o jugadores de fútbol. Tenía mucha imaginación y nunca he sabido a ciencia cierta si eso era un privilegio o una desgracia. En ocasiones, más valía quedarse en el mundo real y dejarse de cuentos, pero no podía dejar de ser lo que era. Concebía la vida como uno de esos espejos que hay en los antiguos parques de atracciones que deforman el objeto que tienen en frente.

Mi nombre es Sebastián Durango. Soy, o era, escritor, o pretendo, o pretendía serlo, o me gusta creer, o creía que lo soy, o lo era. He publicado dos libros: el primero era una historia sobre unos estudiantes mexicanos que se vieron envueltos en la revolución estudiantil de 1968, la cual concluyó con la matanza de Tlatelolco del dos de octubre. Esa matanza fue llevada a cabo por los militares, que recibieron las órdenes desde las más altas instancias del gobierno del país. Murieron cerca de trescientos estudiantes y todo aquel que en ese momento se encontraba en la plaza. Lágrimas de Silencio se llamó la novela. Tenía veintinueve años cuando se publicó. No había escrito nada nunca antes, o más bien dicho, no había publicado nada anteriormente, a excepción de un pequeño artículo en una revista de una organización no gubernamental, en el que explicaba mi experiencia al ir a visitar, en un pequeño pueblo de Guatemala, a un niño que había apadrinado. Una ñoñería que escribí a los veinte años, influenciado por el espíritu altruista de aquel viaje, que en realidad realicé para encontrarme con una chica que había conocido por Internet. El amor es lo más egoísta que existe y desde luego nada que ver con el supuesto altruismo del artículo. Tampoco escribir es lo más sincero que existe, ser escritor consiste en mentir, pero con mentiras tan bien escritas que el lector, a la hora de leerlas, piense que son verdades como puños, o al menos logren crearle una duda razonable. Un escritor vende ilusiones. Cuando uno compra un libro, lo que está comprando es un viaje, un boleto a otro país, a otro mundo, a otra cultura. Compra un pedazo de olvido para salir del mundo que le rodea por unas horas y ser un pirata malvado, una bella princesa de un lejano reino o simplemente un desconocido con una vida merecedora de ser contada. Con un libro se compra una experiencia. Ser escritor es ser un inconformista con el mundo que le ha tocado vivir, inventarte otros mundos en los que se te hace, o se cree que se te hace, más asumible la existencia.

Aquella historia de los estudiantes mexicanos fue publicada por la editorial Justiniano, afincada en México D.F. Era una pequeña editorial y poco conocida en el mundillo literario, pero para mí fue un sueño hecho realidad. Tenía claro que aquella novela debía publicarse en una editorial mexicana, incluso me trasladé a México durante seis meses para intentar que se publicara. Tenía un par de conocidos en la capital mexicana de mis años de estudiante en la Universidad de Barcelona, los cuales me brindaron una ayuda inestimable. Publicar por primera vez puede resultar una pesadilla, toda una odisea, y yo no estaba mentalmente preparado para ello. Pensaba que lo complicado era plasmar en un papel todo aquello que apareciera por mi cabeza, ordenarlo para que pudiera ser entendido, y hacerlo de una forma más o menos bella. Eso era para mí escribir, pero no sabía que lo complicado ocurría una vez se escribía la palabra fin.

En aquella época estaba lleno de ilusión y esperanza, pero a la vez también de ingenuidad e ignorancia. Ante cualquier sueño, siempre se encuentra un desalmado dispuesto a convertir en dinero las esperanzas y la vanidad del incauto soñador. Son muchas las editoriales que te prometen un pedazo de cielo, palabras falsas envueltas en halagos reconfortantes, dispuestas a inflar un ego totalmente distraído, y por aquel entonces una mentira agradable era muy fácil de creer. Era un mundo que no entendía y que creía que no tenía por qué entender. Yo era escritor, no sabía de relaciones públicas ni de patearme las calles en busca de una editorial; tampoco sabía leer entre líneas si el que me estaba prometiendo la luna era sincero conmigo o no. Afortunadamente contaba con mis amistades mexicanas que me asesoraron, y si bien recibí alguna que otra puñalada, he de considerarme un privilegiado, ya que conseguí publicar la primera novela que escribía y para mí eso ya era triunfar.

Sueños de la otra orilla, fue mi segunda novela. Ésta fue publicada por una pequeña editorial barcelonesa, La Piedra Azul. Esta vez ya estaba avisado y mi experiencia anterior me permitió un porcentaje de beneficios mejor que en la primera. Ninguna de las dos novelas me permitió hacerme rico ni mucho menos. Es más, si sólo hubiera tenido esa fuente de ingresos, probablemente me hubiera muerto de hambre. Vengo de una familia acomodada, el dinero, por lo tanto, no fue nunca una de mis principales inquietudes. Cuando se tiene dinero, se puede comprar un pedazo de libertad. El dinero únicamente es importante cuando no se tiene, abre puertas que, de otra manera, sería muy difícil que se abrieran.

Esa segunda novela se publicó dos años después de la primera. Era una historia de frontera, de dos mundos muy distintos y condenados a no entenderse. Una historia de amor entre un emigrante marroquí y una joven de Tarifa.

Hasta entonces había tenido una vida muy cómoda, nunca me había faltado de nada y desde esa comodidad era complicado escribir y difícil encontrar a ese inconformista que sabía que habitaba en mí. Aun así, lo logré en un par de ocasiones, eso sí, tuve que alejarme de palacio. Huir del reino de mis padres y del regazo de la monotonía. Viajé constantemente, tratando de distanciarme de esa comodidad que era dañina para mi proceso de creación. Para la primera novela me trasladé a México y para la segunda estuve una temporada entre Marruecos, Canarias y Tarifa.

Tenía treinta y un años y dos novelas en la calle. Me había ido a vivir con mi novia de toda la vida, Silvia, justo después de la publicación de la segunda novela, a un hermoso dúplex en pleno corazón del ensanche barcelonés. Nos habíamos conocido en la universidad, en una de aquellas fiestas que se hacían los jueves por la noche, sin que aún hoy tenga muy claro los motivos reales de aquellas fiestas. Recaudar dinero para viajes de fin de curso se decía, pero yo nunca realicé ningún viaje de esos. Estudiaba filología hispánica, Silvia Historia del arte. Ella también pertenecía a una familia bien, incluso de una posición más alta que la mía, cuestión que no gustó nada en su círculo familiar. Vivíamos muy bien, exageradamente bien: palco en el Liceo, una pequeña embarcación amarrada en el puerto de Sitges, con su casa correspondiente, otras dos residencias, una en el pirineo catalán y otra en Mallorca (ésta última regalo de sus padres, casi bajo la promesa de que en breve nos casaríamos). La fortuna parecía sonreírnos, al menos esa cara de la fortuna que más brilla o que primero alcanzamos a ver. Fueron un par de años felices, pero también he de decir que fueron pésimos para mí en cuanto a creación literaria. Con la felicidad, la inspiración parece diluirse, igual que una gota de tinta en un vaso de agua. Poco después de irnos a vivir juntos dejé de escribir, no le encontraba ningún sentido. Durante esos dos años no anoté absolutamente nada, ni una sola línea, había olvidado incluso donde había arrinconado mis libretas. Me aburría sólo de pensar en escribir, me daba pereza agarrar siquiera un bolígrafo e intentar plasmar cualquier cosa. Había perdido la pasión por escribir. Eso era algo que pensaba que nunca ocurriría, que antes se acabaría el mundo a que yo perdiera la ilusión por crear historias, pero lo cierto era que por aquellos días tampoco pensaba mucho en ello, me dedicaba a vivir la vida, que por unas cosas u otras, creía que me había tocado vivir sin hacerme preguntas al respecto, y ese día, cuando dejé de cuestionarme las cosas, se inició mi fallecimiento como escritor. Al principio no extrañé el tacto con el papel ni el proceso de creación de una novela, estaba satisfecho con mis dos novelas publicadas, pero cuando tienes el veneno de la literatura metido en las venas es imposible deshacerse de él, tarde o temprano reaparece, aunque yo por ese entonces no lo sabía.

Silvia tenía una tienda de antigüedades muy cerca de casa, tocando al Paseo de Gracia, la milla de oro como le llaman algunos sin duda influenciados por la palabrería anglosajona. Era una tienda prácticamente exclusiva para turistas de un nivel adquisitivo muy alto. La pieza más barata costaba unos trescientos euros. Más que una tienda parecía un museo. Cuando me pasaba por allí me daba miedo tocar nada, parecía que se fuera a romper todo de un momento a otro. Silvia estaba en la tienda prácticamente todo el día, casi era un objeto más de aquella colección de tesoros de la cueva de Ali Baba. Al principio quise ayudarle, pero aquel definitivamente no era mi lugar. Era torpe, lento y sin reflejos, no tenía paciencia con los clientes que por allí se dejaban caer, la mayoría eran unos payasos snobs que no tenían ni idea de arte. Únicamente parecía preocuparles llevarse la pieza más cara de la tienda. Les daba igual si era un jarrón de la dinastía Ming, una máscara de madera de una tribu de Uganda o una tetera egipcia.

En muchos momentos tuve celos de Silvia porque ella era capaz de pasarse horas y horas en aquel lugar, ensimismada por aquellos objetos. Sentía pasión por su trabajo. Me di cuenta, tras esos dos años, de que yo necesitaba sentir esa misma pasión que en algún momento de mi vida había sentido y que tenía nombre y apellidos: quería volver a escribir, sentirme capaz de explicar una historia y disfrutar escribiéndola. Hacía mucho tiempo que no era capaz de experimentar la sensación de éxtasis al terminar un capítulo.

Quería reanudar lo que aplacé ya hacía muchos meses. Sabía que no sería fácil, me sentía como un paciente recién salido del hospital, aún con los huesos entumecidos y al que le costaba moverse con naturalidad, pero era precisamente esa naturalidad la que tenía que recuperar.

Las cosas comienzan en muchas ocasiones sin un porqué claro, simplemente ocurren, y un buen día me levanté sabiendo exactamente lo que quería de la vida. Estaba cansado de esa existencia superflua y artificial que me estaba llevando a perderme y a no saber dónde encontrarme. Mi cerebro no servía para pensar únicamente qué ropa iba a ponerme ese día o pasear palmito por los gimnasios; quizás era lo que se esperaba de nosotros, pero yo no podía aparentar lo que no era ni podía ponerme cada mañana una máscara y salir a la calle como si viviera continuamente en un baile de disfraces. Silvia lo llevaba con más naturalidad porque no había tenido que cambiar. Era feliz con su tienda y con la vida que llevaba, sus obras de arte y sus relaciones sociales eran lo que más tiempo le robaba. Ni mucho menos se le podía catalogar como una persona ficticia o vacía, porque estaba en el mundo que quería estar, su postura no era falsa como sí podía ser la mía.

Estaba decidido a hacer algo al respecto, no podía dejarme llevar por las circunstancias y vivir una vida de impostura, debía ser yo por encima de todo. Había rebuscado en la habitación de los trastos viejos para recuperar mis antiguas libretas, volver a encender mi ordenador y recuperar algún viejo relato que dejé inacabado, por si acaso no era capaz de empezar de cero. Aquella mañana que decidí dar un vuelco a mi vida, salí de casa con la seguridad del que ha tomado una decisión trascendental y fui a la papelería que hay a una manzana de nuestro piso a comprar libretas de tapa dura, negra, de la marca guerrero, de hojas cuadriculadas. Siempre utilizaba ese tipo de libretas, también compré otras más pequeñas para anotaciones, además de bolígrafos, plumas, lápices, gomas de borrar y todo lo que consideré necesario para volver a escribir. Llegué a casa con mi bolsa llena de intenciones y una sonrisa parecida a la de un niño con todo el material a estrenar para comenzar un nuevo curso. Todo estaba dispuesto, tenía todo lo que necesitaba, pero no había contado con algo que era imprescindible: la inspiración.

Me encontré de frente con un enemigo reconocible, la temida página en blanco. No sabía qué contar, no tenía nada que decir. Eso era lo peor que le podía pasar a alguien que se dedicaba a decir cosas. Nunca me había pasado, me sentí como un gigoló en medio de un gatillazo. Me rebanaba la cabeza noche y día pero de allí no salía nada, era como exprimir una fruta que ya estaba totalmente seca. A partir de ese día todo cambió, mi humor incluso se vio afectado, así como mi relación con Silvia. No hacíamos el amor con la misma frecuencia, estaba tenso, era incapaz de concentrarme e incluso tenía problemas para conciliar el sueño. Me levantaba en medio de la noche, como si la inspiración fuera a visitarme una vez que caía el sol, sin saber que las musas son como una mota de polvo que nunca sabes dónde van a posarse. Amanecía en el sofá, dormido, rodeado de papeles y de frustración. Me había vuelto huraño y retraído.  No quería salir con nuestros amigos, ya no iba a la tienda de Silvia y me quedaba en casa como un jubilado que no tenía nada que hacer. No me reconocía. A pesar de todo, quería recuperar lo único que realmente sabía hacer, si no escribía no era yo, tenía que intentarlo aunque el proceso pudiera ser doloroso, tanto para mí como para los que me rodeaban, aunque todo escritor que se precie sabe que lo peor para escribir es querer escribir. Las palabras han de salir con naturalidad, sin presiones de ningún tipo. A la inspiración no se le fuerza ni se le llama, no se le atosiga, no se le busca, simplemente está o no está.

Inmerso en ese proceso de creación frustrada estaba cuando una tarde Silvia llegó antes de lo acostumbrado, ella solía cerrar la tienda como muy pronto a las ocho de la tarde. Estaba abriendo la puerta cuando vi que el reloj marcaba las seis y media, me extrañó, pero no le di mayor importancia. Estaba encerrado en mi despacho y no quería que ninguna distracción traspasara aquella puerta. Silvia sabía que estando en aquella habitación nada ni nadie podía molestarme, por ese motivo me sobresaltó el ímpetu con el que abrió la puerta, sin decir una palabra entró y se sentó en mis rodillas con una sonrisa de oreja a oreja. No me dio tiempo ni de mostrar mi enojo y sorpresa ante aquella interrupción, no me dio opción de musitar una sola palabra, ella lo dijo todo: estaba embarazada.

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4 thoughts on “Primer capítulo El vals de la soledad”
  1. Marta Abril 13, 2011 on 3:39 pm Responder

    Hola

    Esto empieza muy bien. Pondras más capitulos??

  2. davidcasadoaguilera Abril 13, 2011 on 3:53 pm Responder

    Hola Marta, me alegra saber que te ha gustado. Subiré más capítulos en estos días.
    Mañana el segundo, el viernes el tercero y el sábado el cuarto. El lunes 18, si todo va bien, se publicará la novela en http://www.bubok.es.
    Gracias,
    D

  3. Verónica Lupercio Navarrete Abril 19, 2011 on 5:44 pm Responder

    Me ha encantado este primer capítulo. No he querido leer los cuatro de un jalón para darle su espacio a cada uno. Me envolvió la historia y me vi reflejada en varias partes. Seguiré leyendo.

    Saludos =)

    • davidcasadoaguilera Abril 19, 2011 on 5:47 pm Responder

      Muchas gracias Verónica, espero que los siguientes capítulos puedan cautivarte.
      Saludos,
      David

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