Categoría: Relato

El Dictador Perfecto

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El Dictador Perfecto

El Dictador Perfecto

Contaba tan sólo dos años de edad cuando dio inició su ardua enseñanza, el objetivo era inculcarle como tendría que comportarse, a partir de entonces, el resto de su vida. Todo comenzó como un juego para él, todo era una novedad para sus ojos infantiles, pero esos ojos de niño pronto dejaron de ver el mundo como un inmenso lugar para jugar. Los rostros serios y enjutos que le acompañaban le hicieron ver que aquello no era un juego. Lo primero que sus viejos maestros le enseñaron fue a inclinarse ante su propio padre, al que apenas veía unas cuantas horas a la semana y que debía denominar Dictador Perfecto, ni siquiera sabía su nombre, es más, no conocía ni su propio nombre, allí en Palacio nadie lo tenía.

La primera y la única vez que su padre lo sostuvo entre sus brazos fue cuando nació y se cercioró de que era un niño, el primero que tenía después de dos niñas a las que ya nunca volvió a ver después de su nacimiento y que permanecían encerradas en uno de los palacios de la familia, junto a su madre, a la cual nunca nuestro Dictador Perfecto conoció.

Lo que comenzó siendo un juego se convirtió en una tediosa rutina. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año se le fue cincelando para ser un Dictador Perfecto, era para lo que había nacido, al igual que su padre, su abuelo, su bisabuelo… A los seis años ya no recordaba la última vez que había sonreído, de hecho lo tenía terminantemente prohibido. En el Palacio principal no estaban permitidas las risas, ni siquiera una tenue sonrisa, ya que eso era un síntoma de debilidad, y tal y como le habían enseñado sus maestros, lo último que podía mostrar era debilidad. Su esperanza de vida como Dictador Perfecto estaba ligada a la total ausencia de sentimientos. Poco a poco le fueron extirpados, uno a uno. Comenzaron con el de la compasión, el más peligroso de todos ellos. Jamás podía mostrar compasión porque ese sentimiento tan horrible le haría empequeñecer, y no ocurriría de un modo metafórico, sino literal. Le enseñaron a que si mostraba compasión su figura iría menguando hasta convertirse en una hormiga fácil de aplastar. Esa era una de sus más recurrentes y temibles pesadillas cuando era un niño, ser una hormiga que se extravía y sale de Palacio para atravesar la ciudad hasta acabar en medio del mercado, esquivando suelas de zapato malolientes para concluir muriendo aplastada. La compasión le fue extirpada con éxito. Leer más

Relato: La dama de blanco

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La dama de blanco

Roberto sale de casa de Valentín a trompicones. Se encuentra en un avanzado estado de embriaguez, pero ese no ha sido el motivo principal por el que abandona la fiesta. Lucero no ha ido y eso le ha molestado sobremanera. Pensaba que estaría en la fiesta, seguro su hermana no le dejo ir, sonríe maliciosamente Roberto mientras le da una patada a una lata que provoca que unos perros ladren en la lejanía y se rompa el silencio que cubre el pueblo a esas horas de la noche.

Roberto es lo que se llama un mujeriego. Ya han sido varias las mujeres del pueblo que han pasado por sus brazos, y su cama. Lo más complicado de esa perniciosa actividad es no levantar sospechas, especialmente entre los barones del lugar. Muchos lo matarían si se enteraran lo que hace con sus esposas, hermanas, sus hijas o sus nietas. Lo cierto es que cuando logra que ellas cedan a sus deseos pierden todo su esplendor y encanto, pero hasta ese punto puede cometer las mayores locuras, y ya han sido varias las veces que ha estado a punto de tener un serio percance. Leer más