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Relato

Carta a un adiós

Estimado Arturo:

Ya no me pertenece el tiempo; la juventud es un recuerdo tan lejano, que duele. Mi pelo se ha tornado del color de un rayo de luna llena y siento que ha llegado el momento de escribir lo que no te dije, de decir lo que nunca había escrito. Es hora de volverte a ver, tú en mi pasado y yo en un futuro que no existe. Escucho los ecos del ayer, cuando te conocí y yo aún era una desconocida para mí. Cuando un barco de nostalgia arriba a un puerto, lo único que le queda es anclarse en la memoria.

Nos conocimos en el ocaso de un inhóspito invierno en Madrid, ¿recuerdas? Hacía un frío intenso, de ese que congela todos los dedos de los pies y los convierte en pequeños bloques de hielo insensibles, pero no por ello exento de belleza. Yo iba caminando cerca del Retiro, buscaba un bar llamado La Montaña, o La Cumbre o algo parecido, o algo muy distinto y que no logro recordar. Hacía muy poco tiempo que había llegado a la ciudad, no era más que una extranjera más en una ciudad que me parecía fría y gris. Yo venía de un mundo donde el calor y el color es signo de identidad, nuestra huella digital climatológica y cromática. El olor a mar aún acariciaba mis fosas nasales al despertarme cada mañana. ¿Recuerdas que te decía “huele a mar”?, y aspiraba profundamente mientras imaginaba que un aroma a salitre y arena calentada por el sol cosquilleaban mis pulmones, como pequeñas mariposas de añoranza con origen en la patria chica. El mar… tan profundo e inalcanzable que se convertía en un espejismo, un oasis en un desierto de pavimento y ruido.

Era joven, alocada, inocente e ingenua, pero eso parecía divertirte. Chocamos uno contra el otro, nunca supimos a ciencia cierta quién se estampó contra quien. Éramos dos trenes encaminándose a la vía muerta del destino. Mi aliento en forma de vaho se entremezcló con tu aliento en forma de asombro. Dos desconocidos se encuentran en una ciudad llena de desconocidos y de caras anónimas, y de todos esos rostros anodinos y fugaces tuviste que ser tú. Madrid nos sirvió de coraza, de excusa particular en un mundo general de abandono. Tu mirada fue lo más conocido que había visto desde que había llegado. En tu mirada estaba concentrado todo mi país, abandonado una noche amarga y triste, más triste que la noche que conocieron las tropas de Cortés. Sin árbol pero perdida en las profundidades cristalinas de tu iris, no me sentí extranjera en el extranjero. No hablaste, usaste el silencio como coartada para recorrer mi blanca cara, blanca como los copos de frío que caían de un cielo azul e infinito. ¿Recuerdas cuáles fueron tus primeras palabras? “hace un frío del carajo”, entonces me di cuenta de que también eras una sombra exiliada, un alma con recuerdos lejanos de una tierra nacida y no muerta. Los recuerdos son el idioma de los sentimientos, dijiste una vez, parafraseando a tu admirado Cortázar. Los recuerdos para mí eran retales de segundos, minutos y horas de un pasado lejano. Quería un lugar en el que los recuerdos fueran inútiles. Quería yacer en el presente porque no hay recuerdos formados con el presente y yo quería vivir el presente y alejarme del ayer. Tú argentino y yo colombiana, tú de Buenos Aires, yo de Cartagena de Indias, tú el tango y yo la cumbia, rodeados de chotis, San Isidro y los sueños negros de Goya. Intentabas camuflar tu acento ya que decías que querías ser como un camaleón, confundirte entre la flora y la fauna que habitaba esa ciudad. Leer más