Categoría: Novela

Séptimo capítulo de El Vals de la Soledad

 Capítulo 7

Me fui del “dulce hogar” a los diez años, la chispa que hizo estallar el arsenal de mi paciencia sucedió una noche en la que mi padre llegó más borracho que nunca. Sabía el estado en el que llegaba por el ruido que provocaba al cerrar la puerta, y esos niveles eran: borracho, muy borracho o tremendamente borracho, aquella noche llegó en el tercer nivel y eso significaba que había que esconderse. Lo hice tras suplicar a mi madre que se escondiera en algún sitio, pero no movió ni un dedo para desaparecer de allí, al contrario, lo desafió manteniéndose todo lo erecta que podía, ante eso mi padre no abrió la boca, se quitó su cinturón y del primer latigazo le abrió el labio inferior, ella retrocedió por el golpe, pero no dejó de mirarle a la cara con una mirada que decía me das asco, me repugnas, pero no me das miedo, en ese momento mi padre levantó de nuevo su brazo ejecutor y le dio otro latigazo que impactó en el cuello, el sonido fue igual que el que escuché una vez que mi madre me llevó al circo, cuando el domador golpeaba a los leones con su látigo, al tercer intento de levantar el brazo, salí del armario donde solía esconderme y me puse delante de él, no le importó demasiado y noté el chasquido en mi cara, que sentí estallar en mil pedazos, poco después de caer al suelo miré a mi madre implorándole para que hiciera algún gesto en mi defensa o me sacara de aquel infierno o matara a aquel cabrón, sin embargo, no hizo nada de eso, se mantuvo quieta sin decir absolutamente nada. En aquel instante, tuve muy claro que tenía que salir de ese agujero si no quería que me mataran, o mi padre con sus golpes, o mi madre con su silencio y su apatía, así que mientras mi padre abrió la nevera en busca de una cerveza, yo con un diente menos y con todo mi orgullo magullado, abrí la puerta y no volví nunca jamás a pisar aquella casa. Leer más

Sexto capítulo de El Vals de la Soledad

Capítulo 6

Me compadecí en cierta manera de Alejandro Doria. Había tenido una vida tremendamente dura, de esas que merecen ser contadas, y que en cierto modo, me atraía, no porque me hubiera gustado vivirla, sino por conocer a alguien con esa experiencia que te detienes a escuchar con cierta admiración, pero siempre desde la lejanía, esa vida que atrae, si la viven otros.

Leyendo esas líneas eché la mirada atrás, muy atrás, a una infancia casi olvidada y me sorprendí al no encontrar muchos recuerdos. Lo poco rescatable era que había tenido una niñez plácida y tranquila sin mucho que contar, posiblemente ese era el problema, que no había nada que contar. Cómo envidiaba a esos escritores con memoria de viejo marinero, con una vida llena de aventuras o simplemente acontecimientos que marcan como cicatrices. No se me escapa que muchos de esos relatos son inventados, pero se escriben desde la propia experiencia o desde la experiencia de la gente que te rodea. La invención total no existe. Yo como escritor, me sentía frustrado al indagar en ese baúl que es la memoria y no encontrar nada rescatable. No hay nada peor para un escritor que la monotonía y la mediocridad. Mi vida era mediocre y aburrida. No me había dado cuenta hasta que leí y releí las palabras de Alejandro Doria y de lo que había escrito sobre la mediocridad. Sentí sus palabras como aguijones de avispa sobre mi conciencia. Leer más